Jaime es un médico pediatra que tiene su consulta en el barrio de Hispanoamérica a ochocientos metros al norte del estadio del Real Madrid, una de las zonas más elegantes de Madrid. Su consulta es visitada por familias pudientes. Es independiente; no está asociado con ninguna sociedad médica. Es llamado para ver neonatos en hospitales privados. Su fama procede de conversaciones boca a boca de los padres o madres de sus pacientes. Es cariñoso con los niños y respetuoso con los padres.

Jaime es viudo. Sus dos hijas están bien situadas. Ambas le han dado nietos; ya es bisabuelo.

Su secretaria, Antonia, escribe la anamnesis y el examen del paciente que el doctor dicta, así como las notas de seguimiento de los mismos, la fecha y nombre de cada inoculación que él mismo inyecta, después que la prepara la enfermera.

La enfermera es Juana, está presente en la entrevista del galeno con el padre o la madre de su paciente. En el cuarto de examen, pesa y mide al niño, lo calma con su agradable voz, le hace alguna cosquilla y lo pone en condiciones de ser examinado por el puericultor. Esto funciona tan bien, que el médico está muy satisfecho con ella.

Todas las tardes, al terminar el trabajo media o una hora antes de cerrar, se reúnen los tres, con dos o tres representantes propagandistas de los laboratorios que proveen al doctor; más uno o dos estudiantes de medicina que un par de veces a la semana presencian la práctica del pediatra. Son sesiones distendidas y agradables. En unas de estas reuniones el tímido médico le pasó una nota a su enfermera, quien estaba sentada a su lado, donde le preguntaba: “¿qué edad tienes?”, a lo que ella contestó en el mismo papel: “cuarenta y siete”. El grupo de amigo continuaba su animada charla y Jaime y Juana continuaban su carteo. Él le escribió que le gustaría salir con ella, a lo que ella respondió: “No, es usted muy mayor para mí, yo miro hacia otro lado, busco a alguien de mi misma edad”. Don Jaime, corrido, avergonzado, confundido, nunca más volvió a abordarla. Siguieron trabajando en su consulta, que siguió siendo importante.

Al cabo de diez o doce meses, al terminar con el último paciente, sonó el timbre. Antonia abrió la puerta y se presentó una mujer impresionante: no aparentaba ser muy joven, pero era bella, alta, delgada, de tipo atlético, muy bien vestida, de piel muy blanca, carrillos rosados, de apariencia fuerte; no estaba maquillada. Lucía un collar de platino de una sola vuelta, con una sola joya: una esmeralda. Llevaba un anillo de casada en el dedo anular.

Juana se levantó sorprendida, pues la dama que entraba era amiga suya a quien no veía desde hacía años, pues se había marchado a estudiar ciencias económicas en la Universidad de Londres, en Inglaterra. Saludó a su amiga, le dijo que estaba guapísima y le preguntó:

“¿Qué haces aquí?” A lo que su amiga contestó:

“Vengo a llevarme a mi marido. Nos casamos el pasado domingo en la Iglesia de Santa María Inmaculada en Warwick, Inglaterra”. Hemos sido novios desde hace seis meses. Nos conocimos en el Banco de Santander, donde la presidenta de ese banco nos presentó para que sirviese de inversora de éste, que sabrá pediatría pero no tiene idea sobre cómo invertir lo que gana.

Salió Jaime de su despacho y se unió con la recién llegada en un largo y apretado abrazo, dándose repetidos, dulces, amorosos besos.

Han pasado años. Juana sigue soltera; recuerda el día en que fue invitada por Jaime a iniciar relaciones y miró hacia otro lado.

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