domingo, 28noviembre, 2021
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Miles de especies se encuentran al borde de la extinción en el Amazonas

Toda la cuenca es de una armonía y un equilibrio perfectos, además de una importancia crucial para el futuro de la humanidad

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Bolsonaro es un negacionista convencido del cambio climático. No cree en las evidencias científicas sobre la destrucción del planeta como consecuencia de la actividad humana o más bien habría que decir que mira para otro lado por intereses económicos. Sin embargo, los análisis empíricos demuestran que el clima de la Amazonia está cambiando de forma rápida e irreversible. Mal uso de la tierra, alarmante aumento de los incendios forestales, sequías e inundaciones están acelerando el proceso. Casi el 35% de las áreas protegidas están experimentando “un alto riesgo de cambios perjudiciales debido a las tendencias en la precipitación y temperatura”, según el informe de WWF.

En 2011 se estimaba que la población de la Amazonia ascendía a 34 millones de personas. Las comunidades humanas más grandes viven en Brasil (70%) y Perú (11%). El 65% de la población de la Amazonia habita en ciudades como Manaos (Brasil), Iquitos (Perú) y Belém (Brasil), urbes que ostentan el récord de tasas de crecimiento demográfico. Los 3 millones de indígenas, pertenecientes a más de 350 grupos étnicos, son un factor clave para la conservación del Amazonas. Sin embargo estas comunidades, algunas de las cuales se remontan al paleolítico, se encuentran también en vías de extinción. Al menos 60 de estas tribus viven en aislamiento voluntario. Están perfectamente integradas en el ecosistema, conocen las especies animales y vegetales de la Amazonia −que protegen con dedicación al ser su único medio de vida−, y tienen reconocido el derecho sobre del 20% del territorio (o más del 30%, si se incluyen áreas no exploradas oficialmente). Las poblaciones indígenas irritan especialmente a Bolsonaro, ya que suponen un serio obstáculo para sus proyectos predatorios en la zona.

La salvación de la Amazonia pasa necesariamente por preservar a estos pueblos autóctonos, auténticos guardianes del medio ambiente. Pero el riesgo de que desaparezcan es cada día mayor: “Los rápidos cambios tecnológicos y ambientales están sometiendo las antiguas tradiciones a mucha presión. El acceso a nuevas tecnologías, las cambiantes expectativas sociales y el desarrollo de mercados han conducido a estas comunidades a abandonar sus prácticas tradicionales en lo referente a los recursos naturales”, alerta el informe de WWF. La destrucción del hábitat trae consigo la pérdida de los recursos y medios de subsistencia (pescado, animales silvestres para la caza, materiales usados para construir viviendas, madera y palmas). Los indígenas ya no pueden vivir en sus lugares de origen, como hicieron durante miles de años. Otra dramática emigración a las grandes ciudades se acabará imponiendo más tarde o más temprano, con el consiguiente desarraigo de miles de personas. De hecho, Bolsonaro promueve tácticas para echar a toda esta gente de sus tierras.

De alguna manera, lo que empezó con la colonización europea ha seguido con Bolsonaro. La riqueza de la zona está siendo esquilmada, principalmente el oro, caucho, minerales, ganado, petróleo, madera, soya y otras materias primas. Entre 1960 y 1970, los militares brasileños vieron la colonización como una prioridad de seguridad nacional: “Ocúpela para evitar cederla”, decían. Se construyeron pueblos enteros y se ofrecieron incentivos para transformar la Amazonia en nombre del desarrollo y el supuesto progreso económico. Más tarde, en las décadas de 1970 y 1980, llegó la fiebre del hierro, bauxita y centrales hidroeléctricas. La población de Brasil creció exponencialmente al igual que en otros países emergentes como Rusia, India, China y Sudáfrica. Se disparó el consumo, aumentó la producción agrícola y se desarrollaron las infraestructuras. Todo ello provocó un aumento de la deforestación, especialmente en el sudeste de la Amazonia brasileña y el piedemonte de los países andinos-amazónicos.

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La inversión extranjera en megaproyectos de energía y transporte ha terminado por dar la puntilla a toda la zona virgen. Por ejemplo, el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) de Brasil ha aumentado sus inversiones internacionales con especial énfasis en proyectos de infraestructuras, principalmente en América del Sur (el valor de los préstamos desembolsados por BNDES en 2010 fue tres veces mayor al total suministrado por el Banco Mundial). Paradójicamente, la mayoría de los lugares donde se invierte y se extrae toda la riqueza de la Amazonia permanecen sumidos en la más absoluta pobreza. Un ejemplo más de cómo las élites le chupan la sangre a un inmenso y riquísimo país como es Brasil.

El final de la vida

La Amazonia es el bosque y el sistema fluvial más grande del mundo. Alberga una décima parte de las especies del planeta. El entorno paradisíaco es el hogar de miles de animales y vegetales únicos en la Tierra. Auténticas joyas biológicas que hoy día corren serio peligro de extinción. El vapor de agua que se libera del bosque genera “ríos voladores” en la atmósfera, que influyen en los patrones de lluvia de las regiones central y sur de América del Sur. El carbono almacenado en la vegetación y el subsuelo es de una importancia trascendental para desacelerar el cambio climático. El tipo dominante de vegetación es el bosque tropical, que cubre casi el 80% del bioma; otros tipos de bosque incluyen los inundables y pantanosos (3,9%) y los bosques de hoja caduca (1,4%). Las sabanas constituyen el 4% del bioma y los paisajes agrícolas actualmente cubren el 6,8%. 

La ciencia conoce solo una parte de la enorme biodiversidad de la Amazonia y la lista de especies aumenta. Desde 1999 se han descrito más de 2.000 especies nuevas de plantas y vertebrados y se siguen descubriendo maravillas cada día. Aunque se estima que se conoce entre el 90 y el 95 por ciento de los mamíferos, las aves y las plantas, sólo se ha descrito entre el 2 y el 10 por ciento de los insectos. Aunque se han documentado 2.500 especies amazónicas de peces, se cree que la región puede albergar muchas más: entre 6.000 y 8.000.

Todo en el Amazonas es de una armonía y un equilibrio perfectos, además de una importancia crucial para el futuro de la humanidad. El jaguar (Panthera onca) y el singular delfín rosado del Amazonas (Inia geoffrensis) son considerados por WWF “especies prioritarias globales” y su conservación es vital para mantener la integridad del ecosistema. El jaguar es el depredador más grande de los bosques de tierras bajas. Su caso es especialmente dramático y muestra la situación crítica a la que hemos llegado. Al encontrarse amenazado por la pérdida de hábitat natural y la cacería furtiva, “son esenciales los esfuerzos efectivos en las grandes áreas protegidas para su conservación”, aseguran los ecologistas.

Por su parte, el delfín rosado de la Amazonia está en peligro por culpa de algo aún más grotesco que evidencia el grado de estupidez del ser humano: una leyenda indígena ancestral que sostiene que este animal puede transformarse en un joven fuerte, fértil y muy atractivo para las mujeres. Por eso se cazan los delfines rosados: para conservar sus órganos masculinos como trofeos. Por no hablar de algunas especies de bagres amazónicos, que nadan 6.000 kilómetros desde el estuario en la costa Atlántica de Brasil, donde alcanzan la madurez, hasta la cabecera del Amazonas donde desovan. También están en peligro por la calidad de las aguas, al igual que el sistema de arrecifes coralinos de más de 1.000 kilómetros de longitud detectado en la boca del caudaloso río, en la frontera entre Guayana Francesa y Brasil.

Son solo algunos trágicos ejemplos del drama aún mayor que está por venir si la comunidad internacional no se plantea en serio pararle los pies a Bolsonaro en su loca aventura por industrializar el paraíso terrenal.

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