Aunque pueda parecer a priori que cada miedo tiene su raíz propia y su causalidad específica, todos los temores convergen en uno solo. El austriaco Stefan Zweig de miedos sabía mucho, por la época que le tocó sufrir, por una personalidad sensible y arrolladoramente creativa que desbrozaba con una finura inigualable los rincones más recónditos de la personalidad, por un sinvivir insoportable que le llevó al suicidio junto a su esposa en su exilio brasileño de Petrópolis en 1942. Ni que decir tiene que la barbarie nazi y su origen judío tuvieron mucho que ver en el temor primigenio que le atenazaba y le llevó a tan drástica decisión última.

Zweig logra que el lector sienta los mismos temores que la protagonista, que su miedo sean los nuestros

Esa sensación tan ancestral en el ser humano como es la desazón, el temor a lo desconocido, al castigo, a la represión, a lo intangible, a la pérdida de lo conseguido, y que se traduce en síntomas fisiológicos perfectamente descriptibles, como pueden ser una ansiedad incontrolable, palpitaciones desbocadas o una hiperventilación respiratoria, tienen en el escritor austríaco un adalid aventajado. Miedo, editado como buena parte de su obra rescatada primorosamente por la editorial Acantilado, con traducción de Roberto Bravo de la Varga, es una joya en todos sus extremos. Esta nouvelle, escrita en 1913 –en plena Gran Guerra– y publicada por primera vez una década después, es una de las más estremecedoras del autor de biografías míticas como las de María Estuardo o María Antonieta o de novelas como Carta de una desconocida.

Irene Wagner, una acomodada mujer burguesa de la Viena de principios de siglo, casada y con dos hijos, sale un día de la casa de su amante y siente un repentino temor. Miedo a ser descubierta, a perder todo lo conseguido, a sentir el dedo acusador sobre su cogote por su infidelidad matrimonial… Miedo al vacío, en definitiva. El final sorprendente de esta historia no es más que un aliciente más de los incontables que posee una novela corta que se disfruta página a página. Zweig logra que el lector sienta los mismos temores que la protagonista, que su miedo sean los nuestros, que esa desazón que la acompaña por las calles de la imperial Viena sea idéntica a la experimentada por cualquier lector del siglo XXI en cualquier momento cotidiano de su estresante vida. La novela se va haciendo más y más irrespirable hasta el desenlace final.

Mientras tanto, la carrera desbocada que esta mujer infiel experimenta hacia un final trágico sirve a Zweig para plantear paso a paso ese desmoronamiento emocional que las mentes biempensantes sufren cuando son conscientes de que una mancha en su expediente personal, por muy pequeña que sea, puede dar al traste con todo lo logrado. En el riesgo está la emoción y la perdición. Todo en uno. La culpa, ese sentimiento del que no podemos desprendernos hagamos lo que hagamos debido al peso de los convencionalismos establecidos, hace el resto.

Poco antes de dejar todos los extremos de su suicidio atado y bien atado pensando que el nazismo había triunfado en el mundo, el escritor vienés dejó escrito: “Creo que es mejor finalizar en un buen momento y de pie una vida en la cual la labor intelectual significó el gozo más puro y la libertad personal el bien más preciado sobre la Tierra”. Las maldades del miedo.

Miedo
Stefan Zweig
Acantilado
144 páginas
12 €

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