La ventana de mi consulta mira sin ver y, a pesar de su ceguera forzada, sospecha que algo está pasando. Inocente, cómo inventarse un mundo parado tras el muro que la separa del mar, hasta las palmeras cuchicheaban incrédulas la nueva realidad.

De casa al trabajo cada día, me he sentido como el príncipe que llegando al Reino de la Durmiente va descubriendo un mundo sin vida. He sido reina de una autovía en otros tiempos evitada y al llegar, allí seguía ella, en un centro habitado por pijamas y batas que poco se iban a manchar. Nada que ver con los equipos de protección empapados de sudor y lágrimas de mis compañeros que, en las UCI , sufrieron ante la horrible realidad de estar viviendo una película de terror de la que no podían escapar ni al salir de sus hospitales.

 Siento vergüenza al quejarme de embotamiento desde mi situación privilegiada,  si me comparo con quienes han estado respirando la muerte y ahora, atónitos y desencajados, observan como los Durmientes despertaron y cual zombies sin alma deambulan por ciudades sin mantener  las distancias ni con el decoro mínimos para respetar y agradecer a quienes se dejaron el alma en sus trabajos. El lado oscuro ha brillado en los aplausos de aquellos que luego pasearían su insensatez por las calles.  No han visto toda la realidad, será por eso que ni se lo han creído…

Mi ventana pensó que se había quedado también sorda durante todo el tiempo que dejó de escuchar las confidencias de mis pacientes; Cómo imaginar que ahora quedarían en el breve espacio existente entre mi oído y el teléfono…

Ha sido necesario el pase VIP para acceder, sólo las consultas no demorables podían llegar hasta nuestros aposentos, y aún así, algunas lo despreciaron sin ni siquiera avisar, ignorando la suerte de haber sido seleccionadas para solucionarles sus problemas, quitándole el espacio a otras deseosas de venir , infravalorando el tiempo perdido en escuchar  telefónos sin señal de vida o el inútilmente invertido en hablar con contestadores  “Like a móvil…”

Ahora, mientras las calles se van llenando de vida, tráfico y piernas, los centros de salud y hospitales rezan para no volver a tiempos peores,  con salas abarrotadas de cuerpos sanos que buscan soluciones imposibles en el  lugar equivocado.

Y le cuento a mi ventana, ciega y medio sorda, que nada volverá a ser igual, porque yo con demasiados sentidos en alerta, me cansé de trabajar a base de guardar tensión en mis trapecios; mis maseteros  se cansaron de poner la sonrisa de Joker  y me harté de ver cómo se pisoteaba la vocación de muchos.

Las normas han cambiado, ahora las exigencias y urgencias pasarán un triaje para que el trabajo fluya y no se estanque en hombros doloridos.

Abriré mi ventana y le contaré todo lo que hemos vivido pero sosegadamente, como si de una ancianita arrugada se tratara, y de nuevo, por su rendija apenas un rayito de sol arrastrará con él la brisa marina y mi tierra volverá a ser la de las flores, la luz y el amor…

Y las batas de la sanidad pública serán respetadas y trabajaran con tiempos y sueldos dignos, y quien acuda a ellas, sabrá que puede seguir confiando en que harán todo lo posible por solucionarles sus consultas…  “I have a dream…”

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