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Vivo en el tercer piso de un edificio de dieciocho vecinos, situado en la acera de los números pares de la calle del Doctor Fleming, a ochocientos metros al norte del estadio del Real Madrid, Club de Fútbol. Ejerzo mi carrera de médico pediatra en mi propio piso, donde hemos vivido mi mujer y yo desde mil novecientos sesenta. Nuestros cuatro hijos se marcharon al casarse: el mayor a Marbella, el segundo a Nerja (Málaga); la mayor de las chicas a Santander, y la pequeña, traductora del Banco de España, que enviudó joven, se quedó en Alcobendas, a unos veinte kilómetros al norte de nosotros.

Nuestros hijos nos hicieron abuelos y bisabuelos. Mi mujer fue reacia a aceptar el título de abuela y no se le podía mencionar la palabra bisabuela. Decía a sus hijos “llamadme mamá, mami o mamu.” Así que nuestros retoños la llamaban ma (ellos) y mamu (ellas).

Nuestro segundo hijo – médico y estomatólogo – falleció hace siete años. Mi mujer murió hace cinco y los dos descansan en el cementerio de La Almudena, en Madrid. Pronto los seguiré.

Los vecinos nos han apreciado siempre, especialmente los del noveno derecha, quienes tenían tres o cuatro chicos y dos niñas. El padre era ingeniero de Obras Públicas. Simpatizábamos con la más pequeña, Ana; parecía haber una gran diferencia de edad entre el último de los chicos y ella.

Nos fuimos a Estados Unidos un par de años para profundizar en lo que hacía: pediatría. Al volver casi nunca me encontraba con la niña. Su padre falleció mientras trabajaba en la construcción de una represa para una central hidroeléctrica en Granada. Poco después murió su abuela paterna que vivía con ellos.

Dejé de verla, aunque seguía viviendo en el mismo piso de siempre. Un día de fiesta americana – yo trabajaba en el Hospital Militar de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos en Torrejón de Ardoz – , me la encontré mientras entraba al portal. Le pregunté qué era de su vida, que hacía tanto tiempo que no nos veíamos. Me contestó que aún la vería menos porque estaba preparando una oposición que tenía que ver con leyes; era abogada y tenía ilusión por hacer esa que era la más interesante. Si la aprobase, su trabajo consistiría en convertir en ley el lenguaje de los legisladores. La dictadura había acabado unos meses antes.

Pasaron muchos meses y una tarde cuando entraba al portal para subir a ver mis pacientes privados, la vi y me acerqué a ella. Me detuve cuando ella puso su mano derecha en extensión de noventa grados, como la pone la policía cuando te ordenan parar el coche o van a detenerte. Sorprendido, me detuve, en atención militar; no sé por qué choqué fuertemente el zapato derecho contra el izquierdo. Ella, delgada, preciosa, pasmosamente seria, me había puesto en posición de firme y me dijo:

“Cuando se dirija a mí empezará con esta simple fórmula: “excelentísima señora”.

Añadió:

“Descanse”.

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