Ya en los Libros Poéticos del Antiguo Testamento, como por ejemplo:”El libro de Job” se idea un método que se va a convertir en el expediente más universal en todas las culturas y en todas las sociedades para asimilar el dolor, el sufrimiento y en general el mal. Desde la más remota Antigüedad los pensadores se han enredado en el espinoso problema del hombre bueno que sufre y del malo feliz. Incluso Platón se preocupó del asunto.

Max Weber trata el tema en unos borradores para el libro “Economía y Sociedad” en el apartado “Teodicea de la desgracia y la felicidad”. Formula la tesis que hemos llamado “mentalidad retributiva”. Esta mentalidad o ideología se apoya en la idea de que el dolor, el sufrimiento, la privación, la renuncia, la desgracia, la miseria en general todo lo malo de por sí, es decir, independientemente del resultado del contenido de los efectos de ese sufrimiento, de ese mal, le hacen a uno acreedor o merecedor de algún tipo de derecho, de merito o de recompensa. Es a esta concepción a la que podemos llamar mentalidad retributiva.

Por otro lado, esta mentalidad implica que los bienes tienen que surgir del sacrificio, es decir, hay que pagar por ellos de tal modo que no se pueden tener los bienes gratuitamente. Si el sufrimiento le hace a uno acreedor de los bienes, los bienes tienen que proceder del sufrimiento, del dolor. Esta mentalidad penetra todos los ámbitos de la existencia, no sólo en los campos de los valores pedagógicos sino también en los políticos, sociales, morales, etc.

La razón de que esta mentalidad esté tan depurada y que sea una mentalidad tan obstinada, es porque es un poderoso anestésico o analgésico frente al dolor. El dolor, si uno lo tiene físicamente, pues lo tiene. El problema es cómo asimilarlo intelectualmente. Y creo que el modo más general de asimilarlo es, efectivamente, diciendo que es el precio a pagar por la obtención de ciertos bienes. Lo más común es decir: llevamos un tiempo que todo sale bien, no tardaremos mucho en tener una desgracia, en pagar un precio por nuestro bienestar.

El tiempo y el lugar pueden variar. Puede ser en el presente, en este mundo o puede ser en el futuro y en el más allá. En “El libro de Job” la cosa es extrema, no hay más allá y no se cree en la inmortalidad y tampoco en la resurrección. Lo único que se espera es morir lleno de vida y de años. Morir anciano.

Lo que subyace a esta mentalidad retributiva es un cálculo económico y una mentalidad regulada por el intercambio; por el principio del intercambio.

Me privo de un buey, lo sacrifico, lo ofrezco a la divinidad a cambio de la lluvia, etc. Y al sacrificarme, efectivamente, estoy acumulando un haber que me da derecho a pasar al cobro a su debido tiempo. Los dioses aparecen como fiadores de este cálculo económico que subyace en las mentalidades retributivas. Es el que garantiza que este cálculo sea efectivo. El fiador de ese cálculo es Yavé.

En la sociedad contemporánea, el precio que se paga y los fiadores son dioses que tienen nombres distintos de los dioses antiguos, pero que también se escriben con mayúsculas: la historia, la filosofía de la historia, el progreso, la técnica, el futuro. Dioses que no suscitan recelo, más bien son dioses en los que se confía precisamente porque exigen tributo de sangre y esto les hace más efectivos.

Toda filosofía de la historia, sea de la historia de la solución o de la condenación, se apoya en esta mentalidad retributiva. En el primer libro del Capital de Marx al registrar la terrible situación en Manchester, de mujeres prostituyéndose y niños trabajando 12 y 14 horas en la industria textil y en las minas de carbón, termina diciendo que este es el precio a pagar por el desarrollo del capitalismo.

Es lícito pensar que toda persona busca el éxito, que no es otra cosa que la recompensa ante el esfuerzo, ante el sacrificio.

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Licenciado en filosofía por la Universidad de Barcelona. Máster en Dirección de empresa por la escuela industrial de Madrid Impartido por una empresa externa CONSULTORES ESPAÑOLES. 520 horas.

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