En una reciente entrevista concedida a eldiario.es, Íñigo Errejón alertaba sobre los posibles excesos del estado de alarma, en concreto aquellos aspectos relacionados con la centralización de competencias derivada de la aprobación de un mando único.

“Hay que incidir en que hace falta más protección social, y eso son las instituciones, pero discutiendo que tenga que hacerse necesariamente con la centralización o con medidas muy coercitivas.  

Sobre lo que planteas de la centralización, España es un país muy quebrado, no hay mecanismos de coordinación entre comunidades autónomas que no sea pasando por Madrid. Hay que recordar que las comunidades autónomas y los municipios no son entidades delegadas, son Estado también, y buscar formas en las que se puedan coordinar mejor, sobre todo porque las entidades más pegadas al territorio son las que más conocen las necesidades del territorio. Además de eso, España está desnivelándose mucho porque empiezan a ser sólo económica y socialmente viables partes cada vez más pequeñas. Está habiendo un desplazamiento que está dejando al oeste en general en una situación cada vez más difícil para vivir, y en el otro lado, una especie de Distrito Federal de Madrid rodeado de un desierto y el corredor mediterráneo -por el que el Gobierno nunca acaba apostando porque siempre le ha dado miedo eso de que el País Valenciano y Cataluña tengan vínculos. En España tenemos una geografía económica y humana desastrosa.

Acaso es necesaria la presencia en el Congreso de más fuerzas que no son independentistas para que se tengan en cuenta las necesidades de sus territorios, y que estén poniendo encima de la mesa que en España hay dos cuestiones territoriales. La que tiene que ver con la plurinacionalidad, con los pueblos que se sienten nación y que exigen un pacto diferente, o el derecho a decidir su futuro, y otra que tiene que ver con la cohesión territorial, que es, por una parte, una geografía económica que sea practicable, que no sea un país en el que grandes megalópolis se comunican por tren de alta velocidad atravesando desiertos demográficos. Y en segundo lugar, un Estado que quiere avanzar en sentido federal, que es mi posición. Yo creo que esto ha mostrado que España necesita más mecanismos de tipo federal o confederal para coserse y para tener coordinación entre territorios sin que tenga que pasar todo necesariamente por Madrid.”

La cuestión territorial efectivamente sigue sobre la mesa. Lo hemos visto a lo largo de esta dramática crisis. No todo es achacable a la impericia del gobierno, esa sería una explicación tan rápida como insuficiente. Hay debilidades estructurales, en las que el gobierno está inserto, pero que vienen de atrás: la territorial es una de ellas. Se ha visto con el mando único: algo más teórico que práctico, puesto que, a la hora de la verdad, se ha sido incapaz de coordinar algo tan elemental como la compra centralizada de material, o controlar el suministro de datos esenciales por parte de las  CCAA, que han terminado haciendo, dicho mal y pronto, lo que les ha dado la gana en este y otros aspectos.

Sin embargo, por lo que se desprende de las palabras de Errejón, su preocupación no recorre esos derroteros. No le preocupa la incapacidad del Ministerio de Sanidad para coordinar e imponer sus criterios a las Comunidad Autónomas en una situación de absoluta emergencia, para ponderar el bien común y las necesidades colectivas de todos los españoles. Más bien, nos alerta sobre lo contrario, sobre los posibles excesos de la centralización. Curiosa preocupación la que se proyecta sobre una ficción, como hemos visto con escaso correlato práctico y real.

Nos cuenta Errejón que España es un país territorialmente roto. Y hasta ahí no habría nada que discutir. Es verdad. Y tampoco es incierto que con frecuencia dé la sensación de que la Comunidad Autónoma de Madrid se aprovecha de esa fractura para erigirse en una suerte de región que opera a espaldas de los criterios exigibles de solidaridad, redistribución y cooperación con las demás: lo llevamos viendo durante años, décadas, con una política fiscal agresiva de descenso masivo de impuestos – hasta el punto de eliminar de facto algunos con un carácter especialmente progresivo como Sucesiones y Donaciones o Patrimonio – que ha incentivado la deslocalización interna de grandes fortunas, empresas y patrimonios. Lo hemos visto también con la idea más o menos disparatada que se vierte desde la instancias gubernamentales madrileñas poco menos que presentando a Madrid como una tierra de libertad y prosperidad, en la que el mercado, el talento y los impuestos bajos van de la mano en lo que sería una suerte de aldea gala frente al invasor… en este caso no romano, sino social-comunista o bolivariano, un Leviatán insaciable cuyos tentáculos colectivistas han penetrado cualquier esfera, excepto la madrileña. Tamaño disparate no solo sirve para ensuciar el debate político, sino que agrava la fractura a la que alude Errejón.

Ahora bien, acto seguido después de plantear el problema, el diputado propone ir reduciendo las llamas de la hoguera con un buen cargamento de leña vertida sobre ese fuego. Para avivarlo hasta límites extremos. Y es que, al contrario de lo que se sugiere en la citada entrevista, Madrid no hace todo lo que se señala porque constituya el centro neurálgico de un centralismo carpetovetónico insensible a la diversidad… sino más bien por todo lo contrario: es el gobierno regional – uno entre otros varios, como sabemos y sabe Errejón – el que aprovecha las grietas de un Estado de las Autonomías en el que sanidad, educación, fiscalidad, y muchas otras competencias esenciales están transferidas a las Comunidades Autónomas y respecto de las cuales el pérfido Estado central no pinta nada. Es decir, no se puede señalar a Madrid como resorte de un centralismo que no existe, sino más bien como pieza de un rompecabezas autonómico que aprovecha y explota con efectos destructivos para la igualdad y la redistribución de todos los españoles, y también para la eficacia y eficiencia de la gestión política de una crisis como la actual. Y es que a la hora de observar administraciones con competencias reales, y hablando de Madrid, uno debe observar principalmente las autonómicas; el Ministerio de Sanidad llegó a la crisis vaciado de contenido y ni con el mando único parece capaz de gobernar el despropósito.

La fractura territorial a la que alude Errejón habría que enfrentarla evitando, según su diagnóstico, reforzar la inexistente centralización. Curiosa prioridad: combatir contra un fantasma, y trazar de la forma más caprichosa posible un paralelismo entre ese fantasma que solo habita en su cabeza y prejuicios respecto a la arbitrariedad o eficiencia en el ejercicio del poder. El silogismo es sencillo para él: a mayor descentralización, menor coerción y mejor gestión de los “problemas de cada territorio”. Que se lo digan al gobierno nacionalista de Cataluña, con la competencia de seguridad por supuesto transferida, cuando enviaba a su policía autonómica para reprimir a golpes a los manifestantes del 15-M.

Volviendo a nuestro país fracturado, el líder de Más País nos propone, curiosamente, como solución al desaguisado, que recortemos el país, que tengamos aún menos país. Denuncia otro fantasma: el miedo de España a la posible unión geográfica y estratégica de zonas periféricas. País Vasco y Navarra salen por arte de birlibirloque de la ecuación. Es paradójico. Si algo de izquierdas le queda tras imbuirse de las tesis de Laclau, imagino que le deberían molestar aquellos elementos, aún más objetivos y palmarios que los de Madrid, que sirven para fracturar el Estado en todas sus vertientes, en especial en aquellas que aluden a las funciones sociales de éste. ¿Ayuda o no en términos de coser ese país roto que el País Vasco y Navarra tengan una relación bilateral totalmente privilegiada en términos de fiscalidad, en la forma del concierto económico vasco y el convenio navarro? No parece serio que nos indigne, como debe indignarnos, el dumping insolidario que patrocina la derecha en Madrid, y que sin embargo nos parezca bien el derecho de pernada institucionalizado de País Vasco y Navarra, en virtud al cual las regiones más ricas de España no redistribuyen con las demás, y punto. Respecto al particular, como ya es costumbre, un silencio sepulcral que resulta insoportable. Aunque debemos ser indulgentes: el significante “patria” hay que disputárselo a la derecha, en tanto que vacío o flotante, mientras sirva para hacer “pueblo”; el significado importa menos. Y hablar de una España simétrica e igualitaria en lugares donde la mayoría de la población defiende esa antigualla reaccionaria de los derechos históricos no hace “pueblo”. La estrategia populista, claro, aunque sea a costa de la igualdad de todos y de la propia izquierda.

Hete aquí que la técnica de costura de Errejón no pasa por subsanar estas desigualdades y privilegios lacerantes, sino por acentuarlas un poco más, descosiendo del todo lo que se dice querer coser. Qué paradójico. Y es que, como hace tampoco demasiado le contaba Errejón a Ernesto Castro en una entrevista de youtube, su concepto de nación es constructivista (sic): puede conformar nación quien tiene voluntad de ser. ¡Cuidado como te escuche Ayuso! El nacionalismo vasco y catalán lo tienen claro: como queremos ser, diferentes e insolidarios – ya saben, la raza superior -, pues nos vamos. No vamos a pagar el PER de los campesinos andaluces o redistribuir en serio con Extremadura para que, por fin, tenga un tren decente que no la deje aislada. Minucias.

Así lo afirma Errejón: España debe solucionar su problema territorial aceptando la plurinacionalidad. Como es habitual en estos casos no se enumeran las naciones ungidas del tan cacareado derecho a decidir que no decidamos los demás. Aunque como decíamos antes, al menos no se debe pasar, a entender de  Errejón, ningún filtro mitológico (la fábula tergiversada de 1714) para poder decidir. Basta con querer hacerlo. Curioso. Al leer semejantes admoniciones, uno no sabe si está escuchando a uno de los más eximios representantes del progresismo patrio, o a algún lunático anarcocapitalista. Y no es un decir. Parece que Errejón conjuga el mismo concepto de “derecho a decidir” y de nación que profesores como Huerta de Soto o Miguel Anxo Bastos, dos célebres anarquistas de mercado. Si cualquier subunidad de un Estado democrático se quiere secesionar, que lo decida libremente en un plebiscito: esa es la tesis. Y la unidad de decisión, ¿hasta dónde podría llegar? ¿Región, pueblo, barrio, distrito postal, urbanización, calle, familia? Y es que la secesión de los ricos nos preocupa en campaña, ma non troppo, vamos, que, a la hora de la verdad, no nos preocupa demasiado.

 El territorio político ya no sería por tanto una unidad de decisión conjunta, de soberanía y de justicia – de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades -, no vayan a confundirnos con unos peligrosos socialistas. El territorio político es un club de socios privado, de libre asociación y desasociación, como dice el también austríaco Juan Ramón Rallo. Lo de marcharme cuando yo quiera, en principio, no debería ser problemático: salga usted por El Prat, Barajas…. no será por aeropuertos. El problema es lo de marcharse llevándose una parte de lo que nos pertenece a todos. Se entiende tal idea privatizadora del Estado por parte de los que buscan debilitarlo en dirección a uno mínimo o, aún peor, a su desaparición. Pero se esperaría algo diferente de Errejón. ¿Y si los manifestantes de Núñez de  Balboa quisieran pasado mañana ejercitar su derecho a decidir ante la perfidia extractiva del gobierno social-comunista, que busca reinstaurar una suerte de Impuesto de Patrimonio (bueno, eso dicen, como lo de la reforma laboral, ya saben)? ¿Y si el Barrio de la Moraleja, por usar un ejemplo canónico, decidiese en libre plebiscito que se siente diferente y quisiera marcharse? Parece una broma, pero no lo es. ¿Por qué no iban a ser nación, teniendo voluntad de ser aparte de los demás, cuando existe un lazo de unión mayor que cualquier ristra de apellidos, es decir la renta, que une que no veas? Ejemplos demenciales de lo anterior existen, aunque tal vez Errejón no los conozca: Liberland, Somalilandia, Estados fantasma donde ni hay centralización ni hay arbitrariedad… o más bien la hay toda. No reconocidos por nadie, sustentados en estructuras geopolíticas que les permiten jugar a la secesión, aunque se presenten a sí mismos como la panacea de la buena vida, del secreto bancario y del fraude fiscal. Otros menos irrisorios, pero igualmente admirados por los libertarios, son esos pequeños Estados con los que soñaba el anarcocapitalista Hans-Hermann Hoppe: San Marino, Andorra, Luxemburgo. ¿Ese es el horizonte de Errejón? Qué izquierda más rara.

De repente mi mente viaja de vuelta hacia esa segunda entrevista a la que aludía. Y es que el concepto de marras, plurinacionalidad, fue introducido en la Constitución de Bolivia – nación sobre la cual hizo su tesis doctoral el líder de Más País -. Sin embargo, y más allá de la cláusula nominal y retórica, en Bolivia, como en España, las tensiones vinieron por el otro lado. En la década de los años 2000, el país enfrentó una seria amenaza de secesión (la media luna boliviana, Santa Cruz, Tarija, Beni y Pando), precisamente contra el gobierno del MAS – Movimiento al Socialismo – liderado por Evo Morales, amenaza articulada por la oligarquía y las élites bolivianas, descontentas con el proyecto social y popular de Evo. Al hilo de lo anterior, Errejón reconocía lo obvio: la descentralización, tan defendida por los opositores bolivianos autonomistas (primero) / secesionistas (después), iba de la mano de las oligarquías y el neoliberalismo. No sólo se trataba de proyectar una pugna fratricida contra un gobierno popular, sino contra la amenaza de un Estado fuerte que empezase, desde el ejercicio del poder, a revertir las profundas desigualdades perpetuadas secularmente. La descentralización era allí, para Errejón, algo así como un trampolín para el desguace del Estado (o de lo poco de Estado que había), un paso más allá. Un paso más para la culminación de su vaciamiento. En un tiempo de poderes económicos y financieros globales, tener un Estado débil, fragmentado, con un poder territorial disgregado – barruntaba el líder de Más País en una clarividente reflexión – era todo menos una buena noticia.

Pero resulta que, al saltar de vuelta el charco, el compromiso con un Estado fuerte frente a las disgregaciones territoriales que se solapan con el horadamiento neoliberal del Estado – con más razón en casos de Estados sociales que se quieren desmantelar- , ese compromiso, digo, salta por los aires. Es un compromiso inoportuno, ya saben, porque España es diferente. Aquí los peligros son el jacobinismo, la centralización, la pulsión carpetovetónica de un Estado facha, repleto de fachas. Da igual que las CCAA tengan en España una autonomía fiscal mayor que cualquier länder alemán o cualquier estado dentro de los EEUU. He ahí el análisis de Piketty, economista francés que, hasta donde sabemos, ni milita en Vox ni es un nostálgico del franquismo. Da igual que la descentralización en España sea mayor, más aguda y masiva que en cualquier Estado federal, o que el riesgo boliviano – que unas determinadas regiones especialmente privilegiadas reivindiquen el blindaje de privilegios autonómicos o, directamente, el derecho a descarrilar el Estado operando esa secesión, fundada en el “queremos ser” o “nos sentimos diferentes” – sea una amenaza real, constante y patente.

La deficitaria técnica de costura de Errejón para coser un país tan fracturado como España hace aguas por todos los lados. El federalismo al que alude es el de siempre por estos lares, y además no se esfuerza por ocultarlo: relaciones confederales con quien lo pida, caiga quien caiga y sea cual fuere el precio a pagar – ya lo vemos, altísimo – en términos de justicia social, redistribución y solidaridad. Federalismo con ribetes confederales. El mismo federalismo asimétrico, voraz y competitivo, por cierto, que reclamaban en un reciente informe los neoliberales del Instituto Juan de Mariana. “Federalismo fiscal, una propuesta para España” (Francisco Cabrillo y Santiago Calvo). Conclusiones claras: la competencia fiscal entre regiones, piedra angular del Estado de las Autonomías, favorece a la causa neoliberal de reducir impuestos, eliminar transferencias entre ricos y pobres, y desmantelar el Estado social. Y no mentían. Es más, eran y son congruentes. Lo que no resulta congruente es que, por el complejo histórico, por la burda asimilación entre España y su leyenda negra, la supuesta izquierda sea incapaz de importar para España sus reflexiones sobre el poder político y la unidad territorial que defienden en otros lados, y defiendan aquí el sueño más húmedo del neoliberalismo: fractura territorial, competencia descarnada entre las partes para beneficio de los más poderosos y desastre de los más desfavorecidos, seguir agrietando un país suficientemente fracturado ya, e incluso, en el culmen del desvarío intelectual y político, defender un derecho a la secesión de los ricos a la carta, siempre que se tenga voluntad de ser. Diferentes e intocables, se entiende.

Lástima que nuestra ex izquierda no tenga voluntad de ser honrada intelectualmente y reconocer que las tesis que defienden son tan reaccionarias como las que más, y que la coincidencia con los reaccionarios del otro lado – los que conforman una amenaza real, no el eterno señuelo del fascismo, sino el hegemónico capitalismo neoliberal – no es casual, sino sintomática: el reflejo de la pinza reaccionaria entre todos los que en España abjuran del Estado, aunque eso suponga la implosión de la condición de posibilidad de cualquier proyecto de transformación social.

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Nací en Madrid en noviembre de 1989. Me licencié en Derecho en 2011 por la Universidad Autónoma de Madrid. Máster en Práctica Jurídica por la EPJ de la Universidad Complutense de Madrid en el año 2013. Desde hace más de cinco años me dedico al ejercicio libre de la abogacía en las jurisdicciones civil, penal y social, así como en el Turno de Oficio. Curso estudios de Ciencias Políticas en la UNED. Formé parte del Consejo de Dirección de Unión Progreso y Democracia. En la actualidad, soy portavoz adjunto de Plataforma Ahora y su responsable de ideas políticas. Creo firmemente en un proyecto destinado a recuperar una izquierda igualitaria y transformadora, alejada de toda tentación identitaria o nacionalista. Estoy convencido de que la izquierda debe plantear de forma decidida soluciones alternativas a los procesos de desregulación neoliberal, pero para ello es imprescindible que se desembarace de toda alianza con el nacionalismo, fuerza reaccionaria y en las antípodas de los valores más elementales de la izquierda.

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