domingo, 5diciembre, 2021
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Me voy de escrache con mi cacerola

Francisco Javier López Martín
nací en la Sierra de Madrid, en Collado Mediano. Licenciado en Geografía e Historia. Maestro en la enseñanza pública. Ha sido Secretario General de CCOO de Madrid entre 2000 y 2013 y Secretario de Formación de la Confederación de CCOO. Como escritor ha ganado más de 15 premios literarios y ha publicado el libro El Madrid del Primero de Mayo, el poemario La Tierra de los Nadie y recientemente Cuentos en la Tierra de los Nadie. Articulista habitual en diversos medios de comunicación.
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Cling, clang, clinc, clanc, clong, clong, clang, clan, clan, clan, klong, klang, clinc

Andan de cacerolada, liados, muy liados, el malestar va por barrios, las mentiras, los bulos, la incertidumbre, el miedo, van haciendo su tarea, incansables, pertinaces, persistentes, cualquiera anda cabreado, se nos ha ido la vida tal como la teníamos pensada,

(ni tan siquiera pensada, para ser más exactos como nos la habían pensado otros),

los pobres para ser pobres, eso no ha variado mucho la verdad, los que llaman clases medias para irse acostumbrando a la nueva normalidad del precariado de las vidas, los trabajos y los ingresos,

(eso era ya así antes de que el coronavirus campara a sus anchas entre nosotros, esa era la herencia, el resultado prefabricado, de la crisis que comenzó en 2008)

los ricos nada, no cuentan para el caso, siguen a lo suyo, algunas pequeñas molestias, recluidos en sus pisacos, sus áticos, sus chalets, sus cortijos, cada vez más, siguen creciendo y cuanta más crisis más ricos, 979.000 el año pasado, 172.000 en 2010, cuando estábamos comenzando a notar los efectos de la crisis.

Y, sin embargo, han sido ellos los que primero han escuchado el llamamiento, han aprendido en qué armario de cocina se encuentran los cazos y se han lanzado a los caminos, la cruzada de los ricos, cacerola en mano dispuestos a reconquistar España y librarla del azote de los advenedizos de izquierdas que amenazan el orden establecido, la unidad y la grandeza, sobre todo la suya, la de los grandes de España.

No me queda otra que lanzarme al clinc, clang, clanc, clan, clan, klong, klang, clanc, no quiero ser menos, pero no en las ventanas, en las ventanas sólo aplausos, ahora menos aplausos, de todo se cansa el personal, queremos olvidar cuanto antes este triste episodio de nuestras vidas, culpar a alguien, pasar página, así que, antes de pasarla,

(lo cierto es que la página de España no pasa nunca, siempre vuelve la misma fiesta, los mismos garrotazos y la misma tragedia que llevamos en las venas)

voy a buscar culpables dando con los cazos de mis dedos en las cacerolas del teclado, menos ruidoso por lo menos.

Para empezar, culpables, culpables como tales, en lo inmediato, en estos momentos, en estos meses de desgracia, estragos y catástrofes, no los encuentro, no los encuentro, miro a otros países y en este no ver venir la pandemia todos han cometido errores, hasta los asesores médicos han dado consejos contradictorios que han hecho que en unos países el desastre haya sido mayor que en otros, quien más quien menos carecía de medios de protección, compró partidas caducadas de productos de protección, alguien perdió aviones que no sabía ni dónde se encontraban y ninguno tenía vacunas, tratamientos, ni antivirales, porque no existían. Responsables e irresponsables, sí ha habido, pero ya responderán ante la sociedad, ante las urnas, ante los tribunales.

Yo saco mi cacerola y emprendo el paseo diario para hacer un escrache, una manifestación, marcha, sentada, o una simple concentración conmigo mismo y con cuantos me lean y quieran acompañarme en esta aventura de crear conciencia, juzgar y sentenciar, absolver, quien sabe, condenar, la condena de la palabra y de la mirada.

Sí, una manifestación, un escrache por todo lo alto, mi primera cacerolada, clinc, clanc, clank, klonc, contra quienes permitieron que nuestras vidas, nuestra enfermedad, nuestra vejez, nuestros colegios, nuestro agua, nuestra formación, nuestros servicios sociales, nuestras residencias, nuestra muerte, hasta nuestra pobreza, se convirtieran en negocio privado, con el cuento de que salía más barato, hasta personajillos en la izquierda entraron en la lógica perversa, justificaron privatizaciones y abrieron la puerta al beneficio empresarial como lógica cruel que nos condujo al infierno en que vivimos.

El negocio, los recortes para las mayorías como base del enriquecimiento de una minoría,  las puertas giratorias de políticos reconvertidos en okupas de sillones de consejos de administración en empresas sanitarias, constructoras, consultoras, tecnológicas, energéticas, o lo que haga falta, premio a las concesiones amañadas, las corrupciones, corruptelas, tráfico de influencias, nepotismo, falsedades documentales, cohecho, delitos permanentes y continuados y siguen hablando de España, envueltos en bandera nacional y discurso patriotero y mezquino.

Comencemos la cacerolada por quienes debieron cuidar lo que era de todos y lo dilapidaron, dejándonos sin camas, sin personal sanitario, sin mascarillas, ni manera de fabricarlas, sin respiradores ni fabricantes nacionales, encerrados en residencias sin medios, atendidos por personal también sin medios, comencemos el escrache de mirarles a los ojos y esperar que aguanten la mirada, la condena de saberse, para siempre, siempre, siempre, los responsables de tanta muerte. Ellos, mercenarios de cualquier patria, sanguinarios depredadores de cualquier bien ajeno.

No hacen falta gritos, cacerolas de las que debieran llenarse de comida para quien la necesite, ni escrachar a los niños de otros por nefastos que sean los actos de sus padres, sólo las palabras, a modo de cazo y de cazuela, clanc, clanc, clinc, clank, klanc, clonk, clang, clang, clang, que condena unas maneras y unas formas que nunca deberán volver si queremos ser otras personas, otra sociedad, otro país, mejores. Sólo la mirada del pueblo que ningún miserable podrá nunca sostener, ni olvidar, que le acompañará hasta su último día y más allá de sus días.

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