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Masculinidad tóxica como parapeto ante el temor a la mujer

El argentino Daniel Guebel aborda en ‘Las mujeres que amé’ la inmadurez que determina la frustrante incapacidad de muchos hombres para afrontar con normalidad y en igualdad las relaciones de pareja

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El argentino Daniel Guebel aborda en ‘Las mujeres que amé’ la inmadurez que determina la frustrante incapacidad de muchos hombres para afrontar con normalidad y en igualdad las relaciones de pareja.

¿Y por qué es necesaria esta ironía específica en estos momentos? Porque no es una ironía que intenta relativizar lo que nos pasa, sino que permite hablar, ver, pensar sobre la oscuridad en las relaciones de pareja. En un mundo que ha puesto su mirada en el maltrato a la mujer, este libro aparece como un texto escrito por alguien dispuesto a hablar del origen de ese maltrato. No se trata de un maltrato físico, sino del cierre a la comunicación real. Lo primero es reconocer el problema en la relación, la falta de comprensión de lo femenino, incluso llega a hablar del miedo a lo femenino.

Lo segundo, pensar en aquellos momentos de la infancia y adolescencia que crearon de forma inconsciente una postura no natural ante la mujer, una especie de actitud de defensa. Esta idea de miedo del hombre a la relación de pareja, que se ha visto muchas veces como síndrome de Peter Pan o como necesidad de sentirse superior simplemente para no desestabilizarse, aparece en Las mujeres que amé (De Conatus) como una realidad. Porque no se trata de llegar a ese diagnóstico desde la observación, sino que es el propio hombre, como ser masculino incapaz de mantener una relación de pareja, el que escribe para encontrarse a sí mismo y liberarse de esa alienación.

La humillación a la que me sometió mi terror infantil, de adulto me forzó a desarrollar un simulacro de valentía para ocultar el patético secreto; una especie de hipertrofia de oferta física en mi vínculo con el sexo opuesto –el macho que está para todas– que contiene en su seno el cáncer de la imposibilidad real.

Cuando el narrador, protagonista y autor, porque estamos ante un libro de autoficción, escribe esto, estamos hacia el final del libro, en el momento de la reflexión después de parar la imagen en los acontecimientos reales y en los sueños, ficciones o divagaciones sobre esa realidad. Porque el texto es una mezcla de realidad y ficción, de depresión ante el pasado y ansiedad ante el futuro que sólo pueden solucionarse en la construcción de un presente con sentido.

Entonces: Irma aceptó la oferta de viajar con mi padre y conmigo. Era obvio. Ella me quería, sin duda yo era su alumno favorito. Pero también debía sentirse atraída por mi padre. Pese a su altura promedio y a un accidente automovilístico que le había arruinado la regularidad del andar, mi padre era elegante, estaba en buena forma, y su rostro de facciones agradables se veía mejorado por un bigote que recortaba todos los días y que lo asemejaba a Alberto Rufino, un cantante de tangos de antaño. Con esto no estoy diciendo que ella le coqueteara ni que mi padre hubiese realizado su propuesta de transportarnos con el propósito de levantársela ante mis propios ojos. Todo transcurría dentro de la máxima corrección, pero yo, único chico sentado en el asiento trasero del Peugeot, yo, rodeado por cajas de madera que se sacudían con el traqueteo y me pinchaban con sus aristas, sus clavos oxidados, yo, mientras en la radio José Larralde seguía desparramando las sentencias camperas de su nuevo disco Herencia pa´un hijo gaucho y el vehículo devoraba los kilómetros, yo sentía de alguna forma que el eje de gravedad iba desplazándose en dirección de mi padre.

Así narra Daniel Guebel cuando asume el pasado como una serie de vivencias que van construyendo su yo. Ese sentido de ser alguien al que duele algo va construyendo una personalidad que más tarde, en el momento de construir una vida en pareja, que es lo que cuenta el libro, incapacita. De alguna manera la construcción de la masculinidad tiene que ver con todas esas situaciones vividas en silencio, asumiendo su contenido como un choque, como algo doloroso e inteligible que no se puede compartir. En estos pasajes de narración del pasado, los recursos expresivos son de gran potencia, la elección de imágenes y de sensaciones que van creando la personalidad es muy afinada. En estos momentos se construye un texto de gran profundidad psicológica.

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