“La cosa está muy mal”, escucho decir en todas partes. Y eso que vengo de Málaga y allí, una o dos veces, o tres por semana, acompañando a un amigo al hospital, nunca me topé con agobios, camillas a la carrera ni aglomeraciones de ningún tipo, en los “peores” momentos de la pandemia. Eso sí, cuando la cosa no “estaba muy mal”, durante la antigua normalidad parecía “lógico” descubrir salas de oncología saturadas, a diario. ¿Cómo podéis decir que la cosa está muy mal y, al mismo tiempo, acoger con total normalidad la directriz de anteponer la vida de los más jóvenes a la hora de reservar un respirador? Hay viejos y viejas que valen más que todos vosotros, y jóvenes parásitos que nunca merecerán mi respeto.

Cuando uno de estos acude agobiado, acojonado a una sala de urgencias, porque lleva un poquito de fiebre, está inflando el globo paranoide de “lo mal” que está la cosa. ¿Y qué es, entonces, la “cosa”? Lo que te dan por la tele: números. ¿Por qué no se centran en los números de lo que siempre ha estado y sigue mal? ¿Por qué no corren los laboratorios detrás de mejores soluciones que desatasquen las “normales” aglomeraciones de oncología? Esa debería ser la base a la hora de emitir un “la cosa está muy mal”.

Ahí tenéis la saturación de coches, cancerígenos, humos, malos humos, malas leches y malas prácticas patronolaborales. Se siguen registrando abusos, chapuzas, miserias en todos los ámbitos. Entran en tu casa y te abren la cabeza, literalmente, mientras las Fuerzas y Cuerpos se dedican a perseguir desenmascarados. Te recetan un fármaco peligroso, contraindicado, sin revisar tu ficha (me limito a exponer casos recientes, por experiencia). Llamas a un médico, siendo viejo y enfermo, y casi les falta decirte que te mueras en casa porque “la cosa está muy mal”.

Pero ¿qué juventud es esta, que obedece y calla? ¿Pero qué periodismo es este, que colabora y acepta y se beneficia del cómodo, monotemático mensaje de la cosa mal? “Sanidad detecta tantos y tal y cual”. ¿Por qué no detecta los viejos que no pueden ver a un médico desde hace meses, necesitándolo? ¿Ya no sabéis distinguir entre accesorio, necesidad o paranoia? Ni siquiera sois capaces de echar mano de un diccionario: no os quedan ni tiempo, ni ganas, ni interés, ni diccionario.

Solo sabéis aceptar y repetir “la cosa está muy mal”. Ya lo hicisteis con los primeros recortes de derechos, a principios de siglo: vacas locas, pollos enfebrecidos, crisis, terrorismo. Esta fue la primera excusa para obligaros a entregar vuestro DNI a la hora de contratar una tarjeta prepago. Control “por seguridad”. Je. Luego vino la “crisis”: hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. ¿Consecuencia?: Multitud de derechos laborales al cubo de la basura.

Ahora parece que han dado en la diana. Esto va en serio: el virus. Derechos fundamentales, básicos, como el derecho a pensar distinto. Ya lo dijo en su día el Sr. Illa: “bromitas y chistecitos, los justos”. Ni una broma, ni una duda, ni una insana mascarilla mal puesta. Firmes. ¡Ar! ¿Para esto agacharon el lomo vuestros padres, funcionarios, comerciantes, jornaleros, cotizando fieles al sistema, para salir a la calle con miedo y mascarilla, sanos? En términos de futuro, ¿qué más estáis dispuestos a tragar? ¿La bacteria tal, el herpes de cepa ultracontagiosa cual? Según la evolución natural y lógica de esta pendiente de abusos, me planteo una sola imagen alegórica del futuro: un respetable ciudadano, a cuatro patas, esperando turno en dependencias sanitario policiales, receptivo lubricado y feliz, argumentando: “es que la cosa está muy mal”.

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