Entra Luis María Anson en la UCI con chófer, secretaria y sin desabrocharse el botón mágico de la chaqueta inglesa. Dicta Luis María Anson entre tubos el centón nervioso de artículos a la secretaria de toda la vida, peto y espaldar de todo lo suyo, Coral Pérez Cobo, casi en adoración perpetua a los pies del altar. El pensamiento se hace en la boca, decían mucho los dadaístas, y así la palabra recental y salvaje, a la pata la llana, sin afectación ni debilitamiento, brota salvaje como segunda vida, manantial todo de semen, agua impertérrita e inclemente bajo la galerna vírica.

Fotograma «Luis María Anson, el sabio de las palabras» de RTVE

      Nada puede el coranovirus, desde Voltaire o Montaigne, frente a un hombre de veras ocupado. Los orientalistas lo prescriben, para no morirse el remedio más inmediato es tener algo que hacer.  Canta Anson, limpia palabras nuevas en horizontal o vertical, taquigrafía el presente de Trump a Iglesias, camina entre las nubes como los gigantes sin mayor revuelo ni desabotonarse, el periodismo es lo que fue toda la vida: una forma de vida. Nuestra vida se volvió débil con la separación profesión/vocación, nada de eso, y las grandes vocaciones obstinadas se comen la vida entera, caso de Pedro J. Ramírez, Luis María Anson o Manuel Domínguez Moreno. El periódico es la vida real, y por eso el teléfono jamás se apaga, y por eso vivimos a todas horas en el periódico, y por eso desconocemos el ocio, aunque nos han hablado muy bien de él. Quien encuentra un ángulo desde el que ver el mundo no lo cambia, y así es feliz.

      La UCI blanca no es la muerte blanca para el periodista, porque la vida de la letra está llena de negros que suben a borbotones como un mar glorioso de chapapote y oro bruñido en la otra hoguera de los fondos abisales, junto a los caballitos de mar o las medusas. Canta Luis María en su ingreso de una semana, escribe de memoria como Gil de Biedma mientras se afeitaba muy pulcro y exquisito, no como Onetti a la deriva con la navaja de pelar la fruta. El descanso del guerrero es el folio, otro folio, el de la mente, otro párrafo, ocurra fuera la mayor catástrofe. El soldado auténtico no cambia de trinchera. Lleva dentro del alma el académico el diccionario Coromines, kilo y medio, con el que viajaba por medio mundo cuando enviaba crónicas a veces en el mismo mostrador donde un negro había fileteado en lonchas a un bebé por medio de una máquina para cortar jamón. Juntar palabras es el periodismo, sí, pero lograr unir dos que jamás estuvieron juntas, la literatura más brillante.  

      Un volcán todavía en erupción, un tsunami con la luz entera de un candil que por persistencia no se apaga, son las horas más críticas del “príncipe de los periodistas españoles”, como dijo Miguel Ángel Aguilar cuando dirigía DIARIO16. Todos los ventiladores junto a la camilla llevan dentro lo más granado del barroco español. Brilla el lenguaje por el tubo oscuro como la plata recién limpia todavía con restos de paño del mucho frotar, y así a bocanadas, a impulsos y afanes, va terminándose el artículo de viva voz, que es siempre lo crucial, lo urgente, lo único necesario.

      No faltan los medios que dan por muerto al veterano periodista, cuando la prosa y la vida siguen en acoso pero esmaltadas en su grandeza, “en derrota pero no en doma”, como tanto quiso Goytisolo, verbo que jamás fue parco ni incoloro, el chófer con un poco de chocolate como el milagro puro de todo los psicópatas, los urgentes, los locos, los obsesos y cuantos son magos de su tiempo sin escatimarlo hasta el punto final. Una lumbre: esta sartén donde se fríe el periódico en sus brasas crujientes. Pastor en el silbo amoroso por el oficio, la vida como pizarra entera de papel o catón de la noticia, diamante puro que alumbra y deslumbra, cuerpo de galgo hinchado para el titular, donde la velocidad es destreza, laberinto de calles, hospitales como dormideros de acogida donde la orgullosa decencia, repito, es siempre el oficio. Otros cambian de trinchera pensando que será otra la guerra. Son los muertos. Son los idiotas.

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