Decía Quevedo que todos los que parecen estúpidos lo son y además también lo son la mitad de los que no lo parecen. De aquella famosa sentencia del maestro hace ya más de cuatrocientos años, pero desde entonces la raza humana no parece que haya ido a mejor. Más bien al contrario. En pleno siglo XXI una epidemia de estupidez se propaga por el mundo. El último episodio que confirma el irreversible proceso de idiotización y embrutecimiento de nuestra especie primate ha ocurrido hace solo unos días en el Museo de Auschwitz, ese siniestro lugar que recuerda como ningún otro lo que fue el horror del exterminio de seis millones de personas a manos de los nazis.

Resulta que últimamente, entre los miles de turistas que pasan por allí cada año, está recalando un buen puñado de imbéciles a los que les ha dado por fotografiarse y autorretratarse (la palabra selfie debería estar prohibida) en los lugares más representativos del campo de concentración. Así, es fácil encontrarse con no pocos cretinos (y cretinas, en esto de la idiotez sí se cumple la deseada igualdad de sexos) haciendo absurdos equilibrios y piruetas sobre las vías de aquellos trenes de la muerte que trasladaban a miles de pobres desgraciados directamente a las cámaras de gas. Allí, sobre los raíles de acero, se puede ver a esos borricos haciendo infantiles equilibrios, con sus sonrisas bobaliconas, sus comentarios frívolos y sus caras de gilipollas. Finalmente sus parejas, familiares o amigos les invitan a posar −“pa-ta-ta”− y el tonto de solemnidad termina llevándose su absurdo recuerdo a casa.

Esta moda se ha extendido tanto entre los visitantes del campo de exterminio que la dirección del museo se ha visto obligada a colocar carteles de advertencia. “Cuando venga al Museo de Auschwitz recuerde que está en el sitio donde murieron más de un millón de personas. Respete su memoria”. Por lo visto, los habituales carteles simplemente informativos ya no sirven para disuadir a los lelos de que dejen de profanar el lugar y han tenido que pasar a un tono algo más duro: “Hay mejores lugares para aprender a hacer equilibrio que el sitio que simboliza la deportación de cientos de miles de personas a su muerte”. Tampoco con ese aviso se han dado por aludidos y el personal sigue a lo suyo. La estupidez es contumaz, insiste una y otra vez hasta que consigue lo que quiere.

La conducta de estos desalmados, de estos enfermos del psiquiátrico Instagram, psicópatas felices que no saben respetar el dolor y el sufrimiento humano, viene a demostrar lo que muchos expertos e historiadores vienen advirtiendo. Que el prodigioso edificio de la Ilustración que fue homéricamente construido por Voltaire, Rousseau, Montesquieu y otros para arrojar luz a las tinieblas de la Edad Media se ha derrumbado estrepitosamente. Hoy las ideas humanistas como la igualdad, la fraternidad, la cultura clásica, la buena educación, el altruismo solidario, el bien general, la tolerancia, el respeto y la democracia como norma de convivencia se vienen abajo mientras irrumpen los bárbaros de la ultraderecha con sus himnos violentos, sus pistolas brutales y sus gargantas inflamadas con palabras de odio. Las miserias del capitalismo salvaje, la posverdad, las pseudociencias, el fanatismo religioso, el revisionismo histórico, las conspiranoias, la televisión basura, la xenofobia, las sectas, las narcotizantes redes sociales y el desprecio por los libros han terminado por corroer los cimientos de Occidente. En ese nefasto caldo de cultivo surge el homo estupidus, que babea por un “like” más en Facebook. Seres sin corazón ni sentimiento, seres fríos como androides, seres balbuceantes y lobotomizados, gente que ha perdido lo más noble y esencial que teníamos: la profunda sensibilidad de la condición humana.

El bruto animal que hace posturitas ante el horno crematorio mientras se autorretrata con su teléfono móvil para compartir la imagen en wasap no sabe lo que ocurrió en Auschwitz ni le importa, vive ese momento como un divertimento lúdico-festivo, como si estuviese en un parque temático más, sin reparar ni un solo segundo en la infinita monstruosidad que allí se cometió. Al tonto solo le interesa él mismo, el reflejo de su estúpido careto en el visor de su cámara sin preguntarse el significado de todo aquello. Le tira del ala que allí se exterminara a miles de judíos, polacos, homosexuales, soviéticos, republicanos españoles, negros o gitanos.

Queremos pensar que quien así actúa es un caso perdido por estulticia, ignorancia y falta de instrucción, el producto de la sociedad enferma en la que vivimos, lo cual no deja de ser inquietante. Pero también cabe otra posibilidad mucho más terrorífica: que al autor de la foto aberrante no le interese lo más mínimo el mensaje de Auschwitz ni lo que allí se cuenta porque cree que aquel horror no fue real, sino solo una película de Spielberg en blanco y negro. Esta segunda especie de tarados negacionistas resulta todavía más peligrosa que la anterior, ya que viene aleccionada por esos otros que andan reescribiendo la historia con fines perversos y diciendo que Auschwitz fue un burdo montaje planeado por los yanquis, comunistas y judíos rencorosos. De ahí, del tonto inculto manipulado con la mentira más abyecta al fanático que piensa que el fascismo fue una edad gloriosa de Europa, hay solo un paso. Un click en la maldita cámara y en un cerebro cada vez más podrido.

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