Lo de menos ya es si Pedro Sánchez se ha equivocado o no al aceptar la propuesta de Quim Torra de nombrar un relator para iniciar el diálogo entre partidos sobre Cataluña. Ahora lo realmente crucial para este país es si las derechas –PP, Ciudadanos y Vox− están dispuestas a llegar hasta el final en su estrategia de crispación social tras convocar una manifestación en Madrid que servirá para poco, salvo para reafirmar el fervor patriotero. Y parece que por ahí van los tiros.

Si realmente quisieran resolver el conflicto territorial, Casado y Rivera se sentarían en una mesa de negociación con los demás partidos para hacer política, que a fin de cuentas para eso se les paga. Pero no lo harán sencillamente porque les resulta más rentable políticamente seguir avivando el polvorín catalán. Es la vieja teoría del “cuanto peor mejor”, que también practican los indepes al otro lado de la trinchera y por eso van a tumbar los presupuestos. De modo que se ha juntado el hambre con las ganas de comer.

El problema perpetuo e irresoluble de Cataluña exige mucho cerebro, mucha templanza y mucha inteligencia emocional para “conllevarlo”, como decía Ortega y Gasset, pero el “trifachito” ya ha trazado su descabellada estrategia en este asunto: agitar las calles, enardecer los sentimientos, inflamar el odio hasta que el okupa Sánchez, ese “traidor y felón”, como ha dicho Casado con un lenguaje medieval, sea desahuciado de la Moncloa. Invocar la España del balcón y las banderas de Bienvenido Mr. Marshall en pleno siglo XXI, como hace el líder del PP, no solo es algo anacrónico, sino peligroso e irresponsable. Sobre todo porque aquella era la España del hambre y porque no tenemos al maestro Berlanga para exorcizarnos los malos espíritus. Sin embargo, Casado está dispuesto a subirse al balcón, en plan Guaidó, para lanzar desde allí su soflama de opereta. Por lo visto tiene muchos votos que conservar ante el avance imparable de Vox y muchas cortinas de humo que desplegar para tapar sus vergüenzas (lo último que se ha sabido sobre la corrupción popular es esa información de El Confidencial que apunta que Mariano Rajoy ganó las elecciones de 2011 haciendo trampas, es decir, gracias a la financiación ilegal del PP de Madrid).

Pero más allá de sainetes y manifestaciones domingueras por la patria, los argumentos que utilizan las derechas contra Sánchez son tan desleales como falsos. Concedamos que el presidente puede haberse equivocado al aceptar el famoso relator que convertirá la negociación catalana en algo así como los acuerdos del Viernes Santo de Irlanda del Norte, de manera que el conflicto seguirá internacionalizándose, que es lo que pretende Puigdemont. Pero eso no es para sacar los tanques a la calle ni mucho menos. De momento ni siquiera se sabe qué funciones tendría asignadas el famoso personaje del “relator”. Para la ministra Carmen Calvo sería una especie de notario, amanuense, pasante, escribiente o mecanógrafo sin demasiadas prerrogativas, mientras que si dependiese de Torra colocaría a un robusto casco azul de la ONU para visibilizar aún más el conflicto. En este punto ha estado acertado Iñaki Gabilondo al asegurar que la figura del relator como puente entre la Administración central y la Generalitat le parece “confusa, innecesaria, peligrosa y un patinazo de Sánchez”, al tiempo que añade que Torra le ha metido “un gol por la escuadra al presidente”. El acierto de la medida es discutible pero de ahí a hacer creer al pueblo que el Gobierno va a poner España a los pies de los independentistas, como ha sugerido Albert Rivera, media todo un abismo.

Casado y Rivera han estado demasiado sobreactuados en esta historia del relator, tirando incluso de lenguaje guerracivilista y hablando de “echar” a Sánchez de la Moncloa, como si el presidente fuese un okupa. El líder del PP es el que ha llegado más lejos al alegar que Sánchez es un “presidente ilegítimo por pactar con golpistas y dejarse chantajear por quienes quieren romper España”. También lo ha llamado “mediocre”, “indigno”, “el mayor traidor”, “felón”, “ególatra” y “mentiroso compulsivo”, evidenciando así una máxima que se cumple siempre en política: que la talla y la altura de un gobernante (Casado pretende serlo) es siempre inversamente proporcional al número de insultos por segundo que es capaz de soltar contra sus rivales parlamentarios.

Sin entrar en las gruesas palabras del vehemente líder de los populares, que parece haber sido víctima de una diabólica posesión satánica y últimamente no hace más que echar espumarajos verdes por la boca, en una cosa sí se equivoca de todas todas: en que el Gobierno de Sánchez no tiene legitimidad. Puede repetirlo una y mil veces pero el Gobierno socialista es tan legítimo como el que han organizado las derechas en Andalucía. Es cierto que Sánchez no ha ganado unas elecciones, pero tampoco lo ha hecho Juanma Moreno Bonilla, y ahí está el hombre, confortablemente sentado en el Palacio de San Telmo (Vox mediante). Los pactos electorales, los acuerdos entre partidos y las mayorías políticas que se van construyendo al margen de las urnas constituyen la esencia de la democracia y si Casado no lo entiende así es porque se saltó el parvulario y algunos cursos más de la educación primaria democrática.

En cualquier caso, Casado/Rivera parece que han caído es una especie de neurosis grave que les lleva a competir por parecer el más ultra mientras Vox se frota las manos porque en ese juego tiene todas las de ganar. Nunca pudimos imaginarnos que diríamos esto algún día, pero cuánto vamos a echar de menos la templanza, sensatez y retranca de  Rajoy en estos tiempos de discursos radicales, reaccionarios y violentos.

De momento el más beneficiado por la manifestación antiSánchez del próximo domingo será Santiago Abascal, que ya ha pedido a sus adeptos que se pongan sus mejores galas y saquen las rojigualdas a pasear (la del pollo también sirve) por todo Madrid. Casado y Rivera se lo están poniendo en bandeja a Vox al hacerle el caldo gordo y el trabajo sucio. A fin de cuentas los ultras se sienten más cómodos desfilando por la calle, brazo en alto, que haciendo política en las instituciones. Algo que para ellos es un auténtico latazo.

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