(Este artículo fue publicado por primera vez en Cambio16 en octubre de 2006, y será el primero de los que iremos publicando en Diario16 digital con motivo de los 50 AÑOS DE ANAGRAMA, mi editorial favorita durante muy largo tiempo. Lo que sigue estaba inspirado en Por orden alfabético, el primer libro que publicaba Jorge Herralde en su propia editorial; sería muy interesante que apareciera con motivo del 50 aniversario una nueva versión, corregida y aumentada, del texto citado)

Noventa y nueve son los nombres de Dios: El Único, El Magnífico, El generoso… Recuerdo la sensación que tuve al leer por primera vez que Dios tenía noventa y nueve nombres. Tendría unos veinte años y devoraba los cuatro tomos de El Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell. Al recibir en casa Por orden alfabético (Escritores, editores, amigos) de Jorge Herralde he experimentado una sensación próxima a aquella de veinte años atrás, y no podría asegurar si ha sido la sensación, o la lectura del libro, lo que me ha hecho recordar a ese joven que fui y-sería estúpido hacerse ilusiones- ya no soy.

La principal diferencia entre el Dios que cita Lawrence Durrell en su célebre cuarteto con Herralde estriba en que este último tiene muchos más de noventa y nueve nombres.

Descubrí a Herralde cuando estaba destinado -labores diplomáticas- en Dakar. Y digo que le descubrí allí porque aunque conocía su nombre y había leído muchos libros de Anagrama nunca se me había ocurrido la posibilidad de que un editor pudiera ser una referencia tan válida como un autor. Me explico; si a alguien le gusta un libro de Graham Greene tiende a comprarse toda su obra, pero si a alguien le gusta un libro editado por -no sé: XYZ- no se le ocurre comprar el fondo completo de la editorial. Sin embargo con la Anagrama de Herralde, mágicamente, sí que funcionaba. A la sazón disponía de mucho tiempo libre, la oferta de ocio en África es muy limitada, y volví a leer como cuando era niño: casi un libro por día. Se me acababan los autores conocidos, necesitaba nuevos…, y decidí hacer el experimento: comprar cada vez que viajaba a España todas las novedades de Anagrama. Pleno al quince. Herralde no me falló prácticamente nunca. Por eso he dicho más arriba que Herralde tiene muchos más nombres que los noventa y nueve de Alá, son suyos -de algún modo- todos los de sus autores. Y al leer su nuevo libro, que es un libro de nombres, he comprendido que también son suyos muchos otros nombres, especialmente el de Lali Gubern, su “chica”, que es el que aparece citado en mayor número de ocasiones. Como son nuestros, y nuestro nombre es de ellos, los de todas las personas a quienes queremos y con las que nos relacionamos.

En aquellos tiempos de África, y parafraseando a uno de los más conocidos autores anagramáticos, Paul Auster, llegué a creer que “Herralde era Dios”, aunque ahora, siete años después, comprendo que entre ambos existen claras diferencias. Dios siempre ha tenido un lugar en su cielo, Herralde, sin embargo, ha publicado todos sus libros anteriores con otras editoriales. Sólo con este último libro se ha aceptado a sí mismo como autor de la casa. Y eso es algo que como lector y escritor me enorgullece, pues hace tiempo que aspiro a una nube en el cielo de Anagrama; nube que aún no he logrado y –no importa- quizá no logre nunca. Porque si el propietario de la editorial ha sido tan duro y exigente consigo mismo es justo que trate igual a sus presuntos autores; en ello reside la garantía de calidad que confirman prácticamente todos y cada uno de sus libros. Larga vida, Señor Herralde.

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Javier Puebla ha sido galardonado con diversos premios, tanto en prosa –Nadal, por Sonríe Delgado, y Berenguer, por La inutilidad de un beso– como en poesía: El gigante y el enano: V Certamen Vicente Presa. En 2010 recibió el premio Cultura Viva por el conjunto de su obra. Es el primer escritor en la historia de la literatura en haber escrito un cuento al día durante un año: El año del cazador; 365 relatos que encierran una novela dentro. En 2005 fundó el taller 3Estaciones y la editorial Haz Mlagros. Cineasta, escritor, columnista y viajero: ejerció funciones diplomáticas en Dakar durante cuatro años, y allí escribió Pequeñas Historias Africanas, Belkís y Blanco y negra. Gusta de afirmar en las entrevistas que nació para contar historias, y quizá por eso algunos de sus artículos parecen relatos o cuentos.

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