La voz poética del pueblo proclamaba, en versos de Gabriel Celaya, que había que maldecir el empeño de los neutrales de concebir la cultura como un lujo. Se refería a todos aquellos a los que la mediocridad y la codicia les impele lavarse las manos, desentenderse y evadirse. Es preciso tomar partido y hacerlo en el sentido clásico: elevar la dignidad y la conciencia como claves del proceso político no para perseguir el éxito, que según Maquiavelo sería la virtud a cualquier precio, sino para que la voluntad popular no sufra menoscabo al confrontarse a la libertad, la justicia, la igualdad o los derechos universalmente reconocidos. Para los que creemos que otro mundo es posible.

Democracia y libertad ganan terreno a la corrupción. Necesitamos líderes  honestos que asuman la revolución de las conciencias con razón, sin miedo, con la voz del hombre pueblo.

Einstein, para quien la vida era ciertamente relativa y muy peligrosa, no por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa, estaba convencido de que en tiempos de crisis nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias porque quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar superado. Para él la verdadera crisis, la única, es la crisis de la incompetencia, la de no querer luchar, la de claudicar. Se trata de construir, no de reconstruir; de arrostrar el futuro con decisión, con valentía, sin complejos, a sabiendas, como señalaba Arturo Graf, de que hay algunos obsesos de la prudencia que, a fuerza de querer evitar todos los pequeños errores, hacen de su vida entera un solo error. Larra, maestro de periodistas, solía decir que el pueblo no es verdaderamente libre mientras que la libertad no esté arraigada en sus costumbres e identificada con ellas.

*****

Es el público que ha sustituido al pueblo, anulando su capacidad actora y potenciando su condición de audiencia, espectadores sin voz ni voto, sometidos al entretenimiento atroz. El que no tiene dudas, ha dicho Caballero Bonald, el que está seguro de todo, es lo más parecido que hay a un imbécil. No les preocupa a la mayoría de los poderosos el deterioro de los derechos universales o la inobservancia de los principios éticos y morales, el fin de la ideología y de la praxis política, del bien común y de lo público.

Tampoco les importa la corrupción, la mentira y la precariedad democrática, que desemboca en la falta de libertad que anula la conciencia y la dignidad de la condición humana, ese ser del hombre por el que se hace a sí mismo y se trasciende la dimensión metafísica de la existencia. No sólo peligra la democracia sino el hombre mismo como ente transformador de la realidad y, por lo tanto, motor del cambio. Sartre estableció que el hombre es una pasión inútil y Camus, en su desesperación, comprendió que el mundo carece de sentido porque el hombre es el ser por el que existen todos los valores, su mismo fundamento: “No camines delante mía, puede que no te siga. No camines detrás de mí, puede que no te guíe. Camina a mi lado y sé mi amigo”.

Apúntate a nuestra newsletter

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre