El poder, como el futuro, debe ser imperfecto, parcial y contingente y, en consecuencia, posible y relativo, porque sólo así puede garantizar la dimensión filosófica y aun poética de la política desde una perspectiva simbólica como medio para lograr la utopía e instrumento para el cambio, es decir la transformación de la sociedad a través de las ideas, la consecución de la revolución de las conciencias mediante la libertad y la razón y frente al totalitarismo político e intelectual y al fundamentalismo.

El mito revolucionario frente al poder absoluto. La tozuda realidad de los hechos desmiente la inevitabilidad de la historia. Un acercamiento sociológico a la crisis global evidencia el agotamiento de un modelo y la fragilidad de los paradigmas que consideramos inamovibles desde el liberalismo ideológico y el capitalismo económico. Resulta así comprensible, aunque no justificable, que la búsqueda de un nuevo sistema que implique un nuevo orden genere miedo porque el temor es igual de consistente que el poder, a quien sirve desde la corrupción y la exclusión. Sin embargo, los principios morales y éticos que impulsan el cambio rechazan la degeneración del poder porque entienden la acción política desde la legitimidad y la representación.

La alternativa no puede estar nunca comprendida en el sistema de la misma manera que la solución no puede formar parte del problema. Se dice que el dinero es más democrático que el poder porque la economía de mercado se concreta en múltiples voluntades que deciden y el poder tiende a concentrarse.

La codicia no entiende de clases sociales. Creo más bien que la perversión y depravación del poder y del dinero conducen generalmente y con pocas excepciones a la injusticia y la desigualdad. No se trata de poner límites a las desviaciones sino de acabar con ellas. Claro que el sistema tiene fallos. En realidad son estas disfunciones las que originan el error. Para Gandhi nadie puede hacer el bien en un espacio de su vida mientras hace daño en otro porque la vida es un todo indisoluble.

Porque para el Pueblo el único marketing político son los hechos prometidos desde la conciencia social, desde la verdad y desde la razón del cambio sin miedo.

Es posible que sea el mismo modelo social el que esté caduco y que haya que repensar el sistema y su estructura de poder para que sea imperfecto, como lo es la realidad y la condición humana; contingente, porque puede corromperse, y parcial, porque el progreso social implica conquistas y avances. Y yo añadiría que incluso poético para que no dé cobijo a la perversidad, la frustración y la mediocridad o, en palabras de Horacio, mediocribus esse poetis non dii, non homines, non concessere columnae, que en una traducción libre y precipitada desvela que ni los dioses ni los hombres ni las columnas le consienten a los poetas ser mediocres.

Frente a la indignidad, Jacinto Benavente se mostró siempre convencido de que sin la seguridad de lo necesario para la vida nadie puede responder ni de su misma vida, ni de su honradez, ni de sus afectos más íntimos; los náufragos no eligen puerto.

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