Siempre los intereses de la sinrazón barren hacia dentro procurando esconder u optimizar sus propios defectos; así que encubren o justifican sus negligencias y sobornan emocionalmente o, por el contrario, aplastan u humillan todo lo posible para que así sea.

Si un país se enriquece por vender armas a los países pobres, entonces dice (él o sus pillos, ésos complacientes del diablo) y «vende» que es por una estrategia humanitaria; si se pisotea el derecho a la intimidad de una persona, entonces se dice o se «vende» que es por preservar el derecho a la información; si multinacionales se desplazan a los países pobres porque allí los salarios son muy bajos (por lo tanto los explotan, existe una intencionalidad), entonces se dice o se «vende» que les dan… trabajo pero sin explotación. El caso es que tienen los puercos contestación sucia para todo y, mientras, la sociedad (en complicidad) calladita y apoyando a los calladitos porque callar es… bueno, santo y del santísimo poder.

No es de extrañar que el arte también aprovecha esas coyunturas o tendencias dominantes, puesto que innegablemente triunfa lo que agrada (o incomoda demasiado poco por tener una máxima aceptación); sí, triunfa lo que tiene más adulación y además más poder de publicidad para «beber cerebros», lo que acepta o consiente una complicidad con tales tendencias. Entonces, en eso, se venden libros de «culebrones» en un país de «culebrones» televisivos; entonces se premian libros de exacerbado nacionalismo o patriotismo en un país que desquiciadamente eso promueve. Entonces, también, se protegen solo a los que bailan al ritmo de la canción dictada (por esos intereses del oportunismo y de la sinrazón).

Quiero decir, en suma, que lo incómodo para una alineación, o algo auténticamente independiente, será de inmediato perseguido y se le acusará con el estúpido (inconsciente a veces) tópico o lema de «nos ofendes» que conlleva el «no eres de los nuestros», «no mereces nada», «eres traidor (o antipático) al no estar de nuestro lado» o de nuestro manicomio.


Nada más cierto, un infierno le esperará a ésa persona ha estado toda su vida aclarando (puesto que solo ayuda a la sociedad quien le elimina prejuicios, confusiones o atavismos, sí, considerando que con ellos siempre existirá hambre o todo mal) y a tal persona aguantadora (de sus cacaos mentales) se le calificará entonces de egocéntrica por cuanto no se ha vendido a un proselitismo ciego; y ya, si ella se atreve a protestar porque sufre o porque se le extermina su dignidad (¿qué puede hacer?), entonces se le dice estúpidamente que es victimista, ¡qué miserables!, o que es la que está equivocada.

En fin, doy la conclusión de que, habitualmente, la verdad delata siempre (al decir la injusticia que se desprende de tantas decisiones irresponsables por personas injustas y antiéticas), y además la verdad dicha con la razón es totalmente incómoda.

Eso es, recuerden que el negocio barre hacia dentro y escupe hacia fuera, mientras que lo racional dice con esfuerzos racionales y dignidad lo que es cada cosa: lo que solo tiene de dignidad de lo que es, sin trucos.

Además, en lo más simple, en el fondo, todos son «lo que han aprendido», ¡nada más!; y solamente han aprendido a obedecer o a servir a tradiciones y a estupideces dichas o fijadas a contrarrazón (a  las cuales se les ha considerado falsamente que son relevantes). En fin, en un mar de mierda solo lo limpio (apenas unas gotas que se resisten) es lo que piensa en salvarse, ¡vaya verdad!

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