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Los franceses castigan a sus políticos con la abstención pero la extrema derecha embarranca

Un 66 por ciento de los ciudadanos se quedaron en sus casas en los comicios del pasado fin de semana

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Siempre hay que tener un ojo puesto en Francia porque todo, las revoluciones, los drásticos cambios sociales y culturales, las guerras, el futuro del mundo, en fin, se cuece antes en aquellas tierras galas. Ya dijo Metternich que cuando París estornuda, Europa se resfría. Y así sigue siendo. Este fin de semana se ha celebrado la primera vuelta de las elecciones regionales, un mero trámite que los franceses suelen vivir con pasotismo e indiferencia. Partimos de la base de que Francia es un Estado eminentemente centralizado, unitarista y ultrapatriótico donde los gobiernos periféricos tienen escaso peso específico. Allí para mover cualquier papel o multa de tráfico hay que viajar a la capital, patearse los Campos Elíseos, visitar las procuradurías funcionariales y el Palacio Borbón y luego, ya si eso, otra vez para el pueblo.

Pero de esta cita rutinaria con las urnas se extraen algunas consecuencias interesantes que conviene no perder de vista siguiendo el viejo dicho castizo que nos aconseja aquello de que cuando veamos las barbas de nuestro vecino pelar pongamos las nuestras a remojar. De entrada, la abstención ha sido monstruosa. Un 66 por ciento de votantes que se han quedado en sus casas es como para hacérselo mirar, por mucho que estemos hablando del país de la liberté, la égalité y la fraternité. ¿Qué está pasando en la cuna de la Ilustración y de las ideas democráticas para que la desafección esté causando estragos entre el personal? ¿Porqué los franceses, antes que cumplir con su obligación y derecho al voto, prefieren quedarse en la hamaca del jardín de su casa, tomándose un Burdeos y siguiendo por televisión las noticias del Tour o las filigranas de Benzema en la Eurocopa? Sin duda, es un fenómeno que deben hacer saltar todas las alarmas.

En primer lugar, hay hastío, cansancio y hartazgo hacia una casta de políticos corruptos e incompetentes. En los últimos años hemos asistido al nacimiento de movimientos ciudadanos que como los Chalecos Amarillos suponen un síntoma evidente de que el sistema democrático ha tocado fondo. Desde 2018, los franceses salen a la calle a protestar contra todo y contra todos, contra el alza en el precio de los combustibles, contra el paro, contra la injusticia fiscal, contra la deslocalización de empresas, contra la pérdida del poder adquisitivo de los trabajadores y hasta contra el abono del Metro o el precio de la entrada a la Torre Eiffel. También contra Europa, a la que muchos franceses culpan de los males del pueblo. La prueba evidente de que esta convulsión de las clases medias y bajas nace de la indignación popular es que se presenta a sí misma como espontánea, transversal y sin portavoz oficial. Es decir, rabia, pura rabia contra el sistema.

Por tanto, lo primero que debemos aprender de la lección francesa es que el ciudadano se va quemando poco a poco, se desengaña de la democracia y, o bien descarga su “cólera” contra las instituciones, como titulan hoy los grandes periódicos parisinos, o busca soluciones en la extrema derecha. No obstante, el suflé neonazi parece perder fuelle. Los datos de las regionales de este fin de semana revelan que Marine Le Pen, la líder xenófoba y ultrapatriótica, ve frenadas sus expectativas de crecimiento mientras que la derecha convencional logra salvar los muebles (aunque conviene no olvidar que estos comicios son un serio toque de atención para Macron, que no consigue consolidar su proyecto territorial de crear un gran partido liberal que aglutine el espacio de centro).

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En ese orden de cosas, cabría preguntarse en qué lugar queda la izquierda francesa, faro y guía de la socialdemocracia europea. De momento, ni está ni se le espera. Es cierto que han repuntado algunos brotes verdes, nunca mejor dicho, ya que los partidos ecologistas cobran un nuevo impulso empujados por el auge que están adquiriendo en Alemania. Pero nada que ver con aquel poderoso partido socialista francés de Mitterrand que arrasaba en las urnas. Hace solo unos meses el Partido Socialista francés (PS) celebraba el 40 aniversario de la llegada al poder del que fuera gran líder del socialismo galo. Y, tal como era de esperar, la efeméride se celebró con un partido dividido y sumido en una profunda crisis ideológica y estructural.

Con los socialistas fracturados y hundidos en la nostalgia de que cualquier tiempo pasado fue mejor, la única alternativa que se vislumbra en el horizonte es la batalla entre Macron y Le Pen. Y esa es una mala noticia para Francia y para el resto de Europa. Una democracia polarizada y dividida donde la extrema derecha toma el liderazgo de la oposición es un riesgo demasiado elevado, ya que en cualquier momento puede darse el “sorpasso” nazi. Esta vez no ha ocurrido, pero nadie puede garantizar que en la segunda vuelta los ultraderechistas franceses no vuelvan a resucitar. Si algo nos enseña la historia, es que el fascismo siempre vuelve.

Franceses de extrema derecha

Por todo ello haría bien Pedro Sánchez en tomar buena nota de las elecciones de este domingo al otro lado de los Pirineos. Desde Andalucía nos llegan rumores de navajeo y refriega. Susana Díaz, durante décadas gran referente del socialismo andaluz, parece negarse a abandonar el bastón de mando del PSOE en aquella comunidad pese a haber perdido las primarias a manos del alcalde de Sevilla, Juan Espadas. Todo apunta a que la baronesa Díaz baraja la posibilidad de encastillarse, parapetarse y hacerse fuerte en su feudo frente al sanchismo, no en vano sigue ostentando la condición de secretaria general de los socialistas andaluces en un claro intento por mantener la poltrona y seguir tirando en el poder.

Lo último es que la señora ha pedido un escaño en el Senado, que es donde terminan sus días los grandes elefantes extintos de la política española. Todos estos ecos de trifulca y ajustes de cuentas entre clanes y familias causan un grave daño a la credibilidad del socialismo español. El ejemplo de Francia debería ser suficiente aviso a navegantes. Por cosas como las que están pasando en Andalucía, por enfangarse el partido en luchas intestinas olvidándose de los graves problemas del proletariado y la famélica legión, se terminó hundiendo el PS francés. A día de hoy, todavía no han levantado cabeza. Los socialistas españoles (también los del resto de Europa) tienen una espada de Damocles sobre sus cabezas que se llama Abascal, alguien que ha conseguido robarle votos a la izquierda en su cinturón rojo de Madrid. Así que mucho ojito con las tonterías.

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