Vista panorámica de Almagarinos, Bierzo Alto (León).

Desde hace algún tiempo y en el marco de las últimas campañas electorales, la “España vaciada y vacía” ha sido objeto-referente habitual y obligado en el discurso de todos los partidos políticos, a la pesca del “disputado voto de los Señores Cayo”, como hubiera dicho Miguel Delibes. Esto me ha hecho pensar en Almagarinos, mi patria chica, paradigma de esa “España vaciada y vacía” y cuyo simple nombre ha provocado en mí el mismo efecto que la “magdalena de Proust”. El nombre de mi pueblo, Almagarinos, me ha transportado al pasado, a cuando era niño. Y este viaje al pasado me ha hecho rememorar personas, vivencias, recuerdos, visiones, sabores, olores, etc. que tenía adormilados en el desván de mi memoria. Por eso, hoy quiero referirme a la época de mi niñez en Almagarinos y, en particular, a todos aquellos que pasaron a mejor vida y que ya reposan, para siempre, en el teso El Argatón” (lugar habilitado, en mi niñez, para el nuevo camposanto).

Almagarinos es un pueblo del Bierzo Alto. Está colgado, como un nido de águila, en el escarpado acantilado de las Peñas de Aceite, en el margen izquierdo del río Tremor. Por su ubicación, puede ser considerado el vigía y la capital del río Tremor. Siendo niño, la salida hacia la vida urbanita se hacía por la pista de tierra de las Bárcenas, que conducía a Brañuelas, donde se cogía el tren. Más tarde, a finales de los 60, con la construcción de una carretera a lo largo del río Tremor y con la democratización del coche, la salida natural se hizo por Torre del Bierzo (lugar donde tuvo lugar, en 1944, el más grave accidente de ferrocarril de la historia de RENFE) o, ahora, por Folgoso de la Rivera.

En mi niñez y adolescencia (años 50 y 60), Almagarinos era un hormiguero de gentes, autóctonas o de otras regiones de España, atraídas por las minas de carbón, su principal riqueza, que han ido cerrado progresivamente desde los años 80. Entonces, había una economía floreciente, pero sin grandes lujos, basada en el trabajo en las minas de carbón, para los hombres; y en la agricultura minifundista y en la ganadería familiar, que dependían de las mujeres y, en parte también, de los hombres, cuando volvían a casa, después de las duras y agotadoras jornadas laborales en la mina.

Esta agricultura minifundista y esta ganadería familiar se fundamentaban en la solidaridad y en la ayuda mutua, que dieron lugar a iniciativas y a soluciones operativas y funcionales. Por un lado, la de la “vecera”, que permitía gestionar el cuidado comunitario de los pequeños rebaños familiares de cabras y castrones, durante todo el año, o de la majada de las vacas, en verano. Según el número de cabezas de ganado, cada familia debía guardar el rebaño comunitario una, dos o tres “veces” al mes; de ahí, el nombre de “vecera”. Además, hay que mencionar también ciertas labores de labranza, como la siega de la hierba y la del pan (centeno), que se regían por el grito de guerra de d’Artagnan y los tres mosqueteros: “todos para uno, uno para todos ”. Por otro lado, se deben citar las majas (separación de los granos de centeno y de la paja), que se iniciaban cuando todas las familias habían acarreado las gavillas de centeno y las habían amontonado, en las eras comunales, formando medas; pero siempre bajo la batuta del aforismo popular que reza así: “hoy por mí, mañana por ti” o viceversa. Hay que referirse igualmente al rito anual de las matanzas (el “samartino”), que tenían lugar a lo largo de varias semanas y que eran la ocasión para la confraternización y la ayuda mutua entre familiares y vecinos. Se podrían citar otras muchas actividades, en las que la solidaridad y la colaboración eran los mimbres con los que se tejía la vida cotidiana en Almagarinos.

En esta vida comunal de sinergia, jugaba un papel central el tañido de las campanas de la iglesia. Eran como un reloj social multiusos. Lo mismo anunciaba la salida del ganado: “para arriba” –hacia la montaña– o “para abajo” –hacía el valle–, según el tipo de tañido; o tocaba a rebato en caso de incendio; o anunciaba la muerte de algún vecino; o convocaba a los fieles a la casa del Señor; o llamaba a los vecinos a concejo; o simplemente permitía a ciertos virtuosos ofrecer un concierto profano; o… El repique de las campañas era un lenguaje polisémico, pero al mismo tiempo cooperador y legible, que ritmaba y lubrificaba la vida social en Almagarinos.

Ahora bien, en aquellos años (finales de los 50, los 60 y los 70), lo fundamental de Almagarinos eran sus gentes que desgraciadamente, en su mayor parte, descansan ya en el teso El Argatón. Las recuerdo como personas trabajadoras, hacendosas, sacrificadas, siempre “fozando” como “cavadorines”, como decía mi madre. Además, estaban muy preocupados y ocupados por la educación de los hijos. Por eso, los que tenían familiares o conocidos en la ciudad (León, La Coruña, Madrid, Ponferrada, Astorga) enviaron a sus hijos a estudiar a colegios o Institutos de estos lugares. Y aquellos sin contactos en las poblaciones precitadas los enviaron, como se decía entonces, a “estudiar a los frailes”, donde pudieron hacer el bachillerato, antes de comenzar, en muchos casos, a profesar esa particular regla de San Benito de “estudiar y trabajar” al mismo tiempo. Por eso, no es extraño que entre los hijos de los del teso El Argatón, en comparación con los de otros pueblos del valle del río Tremor, abunden los que tienen estudios superiores: un médico, varios ATS, varios maestros y profesores de enseñanzas medias, varios profesores de universidad, varios ingenieros, varios licenciados en derecho, una física, una periodista, etc. ¡Qué lejos llegaron muchos de sus retoños con tan livianas y raquíticas alforjas!

La vida del Almagarinos pretérito ha desaparecido. En efecto, las minas han cerrado. Los campos de la agricultura minifundista han sido invadidos por la maleza. La solidaridad, la ayuda mutua y la colaboración recíproca han pasado también a mejor vida. Los hijos de los del teso El Argatón hace tiempo que emigraron hacia otras latitudes próximas (León, Bembibre, Ponferrada, etc.) o más lejanas (otras zonas de España: Bilbao, Madrid y Barcelona, principalmente), convirtiendo a Almagarinos en un ejemplo paradigmático de esa “España vaciada y vacía” de la que hablan tanto los de la casta política en campaña electoral. Ahora bien, estos hijos pródigos (unos cientos de personas, si contamos sus propios retoños y los brotes verdes de estos últimos) suelen volver, aunque cada vez durante menos tiempo, en las vacaciones estivales de julio y agosto. Hoy, sólo disfrutan del “vaciado y vacío Almagarinos” unos 30 vecinos, la mayor parte de ellos jubilados y achacosos.

A pesar de esto, Almagarinos y los del teso El Argatón siempre estarán presentes en el corazón de los que emigramos. En efecto, ellos han sido y son todavía un ejemplo vivo de “savoir être” y de “savoir vivre”. Y de ellos se puede afirmar que han vivido plena e intensamente, dando así la razón al escritor leonés Julio Llamazares que, en frase lapidaria, afirmó: “La pregunta no es si hay vida después de la muerte; la pregunta es si ha habido vida antes de la muerte”. Mientras se recuerde a los del teso El Argatón, siempre estarán vivos y serán un ejemplo a seguir ya que, como escribió alguien, “la muerte no llega con la vejez, sino con el olvido”.

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