De entre el turbulento e incesante río de noticias, todas ellas conocidas y olvidadas casi al mismo tiempo. Noticias que caducan al momento para dar paso a otras que ya bajan empujadas por otras más y así sucesivamente, hay algunas que se quedan prendidas de nuestra memoria como peces en un trasmallo y no desaparecen fácilmente río abajo junto a las demás con destino al olvido. De entre estas noticias retenidas en la mollera que no dejan sosiego con su molesto e insistente runrún, destaca la de los sueldos, privilegios y prebendas de los que gozan, esperemos que gocen y no se quejen, que también podría ser, de éstos puede esperarse cualquier cosa, los expresidentes de gobierno de esta democracia que quiere parecerse a las otras democracias de los países de la UE y que no puede serlo mientras persistan cosas como éstas.

No vamos a transcribir los sueldos vitalicios que se están embolsando mensualmente la banda de los cuatro ex, ni a enumerar las prebendas porque duele tanto como machacarse los testículos con dos ladrillos. Si el sufrido lector cree tener el valor suficiente, puede informarse de ello en Internet. Aunque sí puede darse alguna pincelada como que José María Aznar, ese tonto metido a estadista que desde que se jubiló a los 51 años lleva 13 cobrando casi 80.000 euros anuales de pensión vitalicia. Y no se contiene, ni es capaz de pensar por un momento, pocas veces ha hecho tal cosa, a la hora de decir que hay que jubilarse a los 70 años. Hay que tener una cara de hormigón de refugio atómico para decir eso.

Por cierto que en este grupo salvaje podría encajar muy bien El Emérito, pero éste juega en otra liga, sus cuentas, inmunes a cualquier intento de investigación y más resguardadas de la luz pública que la tumba de Drácula, tienen más ceros y sus “negocios” son más grandes y están repartidos por más países, donde va a parar. No hay color, las tajadas que se lleva nuestro campechano hombre del rifle, más protegido y blindado que un carro de combate, no se pueden comparar con las que se llevan los ex, ni siquiera se le acerca Don Felipe González, ese gran señorón andaluz con negocios dentro y fuera del país y con una pensión vitalicia de 90.000 euros anuales, más los 126.500 euros que levantaba cada año como consejero de Gas Natural Fenosa, total 580.000 en los años que estuvo poniendo el culo en su sillón del Consejo y el cazo para coger el cheque. A pesar de estas cifras, que apenas son una parte de sus ganancias totales, están todavía muy lejos del volumen de las finanzas del Emérito. Sería como comparar la carrera de borricos de Padrón con el Derby de Kentucky.

Dejando a un lado al hombre del rifle que mantiene a raya a los elefantes para que no se nos caguen en el felpudo ni nos pataleen el mondongo cuando estamos tomando el sol y que, como ya se ha dicho, juega en otra liga y por lo tanto merece un tratamiento aparte, las pensiones y los privilegios que se han puesto los expresidentes causan un gran dolor al sufrido contribuyente que no entiende nada del por qué de estas cifras tan fuera lugar en un país como éste. Si estuviéramos en Luxemburgo, en Suiza, en Noruega, tendría un pase pero desde luego no es el caso. Este es un país flaco, con un problema crónico de parásitos, siempre pendiente de desparasitar, el país de la precariedad, la necesidad, la desigualdad y la emigración de gran parte de la juventud. El país siempre por hacer. Ahora sale el tema de los agricultores y a nadie sorprende, por que parece que tiene que ser así, su permanente ruina, su hundimiento, su desolación, su desgracia. Un problema de todos conocido y que nunca se ha hecho nada por arreglarlo de una vez.

Volviendo al áspero y cabreante tema de las pensiones de los expresidentes, hay que decir que hay algo peor que esas indignantes pensiones, que más que pensiones son zarpazos inmisericordes a las ya maltrechas arcas públicas, y es pensar qué clase de dirigentes fueron los que estuvieron al frente del timón del Estado, por que si no ven injustas estas jubilaciones, que lo son a todas luces, como podemos pretender que se pusieran alguna vez en el lugar de las gentes y sus problemas. Y si han sido incapaces de sentir empatía alguna por sus gobernados, cómo podían siquiera intentar solucionar sus problemas, cómo podían luchar por sus derechos, mejorar sus condiciones de vida si ni siquiera eran conscientes de ellos puesto que jamás hicieron el imprescindible ejercicio de ponerse en su pellejo. Nos preguntamos cómo diablos han podido regir los destinos de este país si no tienen la más mínima sensibilidad, la más mínima receptividad, la imprescindible identificación con los problemas, las necesidades, las carencias y los apuros de sus gobernados.

Es evidente que si creen que merecen esas enormes sumas de dinero sacado del erario público es porque además de indiferentes e indolentes, viven en otra realidad, en otra dimensión, que nada tiene que ver con la realidad en la que vive la inmensa mayoría de la gente de este país. Es una indiferencia e insensibilidad tan brutal que más parece desprecio que otra cosa

Si tuvieran un mínimo de sensibilidad, de dignidad, de decencia, si se les removiera algo por dentro parecido a la vergüenza renunciarían a esa injusta paga. Y más habida cuenta del estado de esas arcas públicas esquilmadas a conciencia, saqueadas y atracadas desde dentro por sucesivas oleadas de corruptos que aquí nunca han faltado y mucho nos tememos que no faltarán. Cabe preguntarse qué tendrán en la cabeza, qué clase de gente son los señores González, Aznar, Zapatero y Rajoy para no darse cuenta que no pueden aceptar esas pensiones y sus añadidas prebendas y privilegios, que son incompatibles con mirarse a diario al espejo, con dormir tranquilos. Es imprescindible que cualquier administrador de lo público, y más si se ha sido presidente del gobierno, dé ejemplo a la ciudadanía de austeridad, honradez, decencia, del más mínimo sentido del pudor y la vergüenza.
Cuánto se habría agradecido que en estos tiempos de crisis que no cesa, de precariedad, de recortes, de déficit público galopante, hubieran dado los cuatro expresidentes un paso adelante y hubieran anunciado que, dadas las circunstancias por las que atraviesa el país, renuncian a sus millonarias pensiones y demás bicocas y se quedan con la pensión máxima. Qué inyección de moral, que bocanada de aire fresco, qué palmada en la espalda de solidaridad, qué indescriptible emoción haberles oído decir en un comunicado conjunto a la ciudadanía: “lo hacemos como una muestra de cariño, de respeto, de aprecio hacia los españoles y españolas. Porque sabemos por lo que habéis pasado, lo que estáis pasando y aún queda por pasar, pero aquí estamos, con todos vosotros de los que somos parte, porque nosotros también somos gente y tenemos familia y entendemos vuestros problemas, los problemas del hombre de la calle, que también hacemos nuestros y nos sacrificamos, comprometemos y empeñamos en lograr su solución.

Con este gesto os queremos transmitir nuestra solidaridad, nuestro apoyo por todas las dificultades que habéis tenido en los últimos años…etc”. No hace falta decir que esto no lo vamos a oír ni aunque vivamos cien años. Decir que esto es ciencia-ficción es quedarse corto.

Lo que sí estamos condenados a oír son las palabras de Felipe González diciendo: “hay que prolongar la vida laboral, que la gente se jubile más tarde para poder mantener el sistema”. Se refiere, claro está, al sistema del que se aprovecha sin complejo alguno, el que le está engordando tanto que algún día le va a hacer aparecer en la lista Forbes. Lo cual no estaría mal, no es ningún delito, si no fuera porque fue presidente del gobierno y algún malpensado podría creer que se aprovechó del cargo para enriquecerse de una manera escandalosa.

Esas palabras suyas y las de su compadre Aznar diciendo también que hay que aumentar la edad de jubilación es lo que no se puede oír, pero es lo que oímos mientras nos preguntamos qué hemos hecho para merecer a semejantes personajes, votar mal sin duda, y si alguna vez sentiremos aprecio y orgullo por algún presidente del gobierno. O siempre que los veamos nos invadirá esa mezcla de decepción, desprecio y vergüenza ajena.

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