Lo mejor de las situaciones extremas es que siempre nos conducen a posiciones extremas. Lo principal en situaciones tan extremas como ésta es aprender a pensar crudamente. Pensamientos crudos, sin labrar, ése es el pensamiento de los grandes. Admito que no tengo ninguna esperanza. Hombres ciegos hablan de una salida, no hay una sola salida. Debemos aprender del agua cuyo movimiento desgasta con el tiempo la dureza de las piedras. Los duros siempre son vencidos por el dulce fluir del agua de la historia.

Lo que podía pensarse unido, sólido, comienza a fragmentarse, a disolverse, erosionado por el mar de la historia. Esa derrota es tan inevitable para ellos como para nosotros es inevitable soportar el lastre que nos ha dejado en la memoria su maniática presencia, su cinismo, su calculada perversión.   Ellos, nuestros adversarios ¿con qué convicción resistirán? ¿Qué convicción podrá ayudarlos a resistir? No podrán resistir. Ellos vacilan, atados a la aridez del porvenir. En cuanto a nosotros, hemos aprendido a sobrevivir, conocemos la sustancia cristalina, incesante, casi líquida de la que está hecha nuestra capacidad de resistir. La paciencia es un arte que tarda siglos en ser aprendido. Y nosotros sólo le damos valor a la profesión de una virtud cuando hemos notado la completa ausencia de ella en nuestros adversarios.

Estoy convencido de que nunca nos sucede nada que no hayamos previsto, nada para lo que no estemos preparados. Nos han tocado malos tiempos, como a todos los hombres, y hay que aprender a vivir sin ilusiones.

Pasé la noche casi desvelado por culpa del calor y ahora estoy sentado de cara al fresco de la ventana: la luz del alba palpita, frágil. La gente aprende a vivir en las orillas de la desgracia. La naturaleza ya no existe sino en los sueños. Sólo se hace notar bajo la forma de la catástrofe o se manifiesta en la lírica. Todo lo que nos rodea es artificial: lleva las señas del hombre. ¿Y qué otro paisaje merece ser admirado?

En realidad, quiero decir, que nunca nos pasa nada. Todos los acontecimientos que uno puede contar sobre sí mismo no son más que manías. Porque a lo sumo ¿qué es lo que uno puede llegar a tener en su vida salvo dos o tres experiencias? Dos o tres experiencias, no más (a veces, incluso, ni eso). Ya no hay experiencia (¿la había en el siglo XIX?), sólo hay ilusiones. Todos nos inventamos historias diversas (que en el fondo son siempre la misma), para imaginar que nos ha pasado algo en la vida. Una historia o una serie de historias inventadas que al final son lo único que realmente hemos vivido. Historias que uno mismo se cuenta para imaginarse que tiene experiencias o que en la vida nos ha sucedido algo que tiene sentido. Pero ¿quién puede asegurar que el orden del relato es el orden de la vida? De esas ilusiones estamos hechos.

Hablo, entonces, para no pensar en eso, de otra cosa, otra cosa cuya historia debo contar, porque sólo es mío aquello cuya historia no he olvidado. Y pienso que al contarlo se disuelve y se borra de mi recuerdo: porque todo lo que contamos se pierde, se aleja. Contar es entonces para mí un modo de borrar de los afluentes de mi memoria aquello que quiero mantener alejado para siempre de mí.

De vez en cuando miro por la ventana. ¿Qué veo? árboles. Veo árboles. ¿Los árboles son la realidad?

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