En junio de 1973, el almirante Luis Carrero Blanco asumía la Presidencia del Gobierno de España. Por primera vez no lo hacía el propio Franco, por lo que quedaban desvinculadas la Jefatura del Estado y la presidencia del Consejo de Ministros. En aquel momento todo el mundo pensaba que el hombre fuerte del régimen, llegado por fin el ocaso del dictador, estaba llamado a perpetuar lo que se conocía como “el franquismo sin Franco”. Sin embargo, su mandato fue breve. ETA se cruzó en el camino del almirante para cambiar el rumbo de la historia de España. Una potente carga explosiva colocada bajo el pavimento –los etarras habían excavado un túnel desde el sótano de una vivienda cercana– hacía saltar por los aires el vehículo del “delfín franquista” cuando se dirigía desde la iglesia de San Francisco de Borja, en la que asistía a misa a diario, a la sede de la Presidencia del Gobierno.

Su asesinato el 20 de diciembre de 1973, apenas unos meses después de ser nombrado presidente, es un suceso no completamente esclarecido al que le faltan importantes piezas del puzle. La “Operación Ogro” –tal fue el nombre en clave elegido por los ejecutores– pudo no haber sido solo cosa del terrorismo vasco, sino obra de una gran conspiración en la que pudieron haber estado implicados agentes de la CIA, los servicios secretos españoles, algunos elementos del Ejército, sectores monárquicos, grupos religiosos y siniestros personajes del “búnker franquista” que no veían con buenos ojos el meteórico ascenso al poder de Carrero Blanco.

La tesis no es nueva. Ya la apuntó el periodista de investigación Manuel Cerdán en su libro Matar a Carrero Blanco: la conspiración, que desvela algunos secretos de la compleja trama que acabó con la vida del presidente del Gobierno llamado a suceder al dictador en la Jefatura del Estado. En su ensayo, Cerdán se pregunta cuestiones clave del atentado que aún no han sido resueltas: ¿Cómo pudo la banda terrorista preparar el asesinato durante un año, en pleno corazón del franquismo, sin ser detectada? (cabe recodar que ETA cruzaba el País Vasco por primera vez y se instalaba en Madrid para perpetrar un magnicidio sin apenas infraestructura). ¿Por qué desde altas instancias del Gobierno se desoyeron las persistentes advertencias de la Policía y la Guardia Civil que informaban de que la vida de Carrero corría peligro? ¿Quiénes salieron ganando y quiénes perdieron con la muerte del presidente? ¿Qué papel desempeñaron la CIA, el llamado “búnker” franquista, la Monarquía, el Ejército, grupos religiosos, la extrema derecha o la rama reformista del Gobierno?

Manuel Cerdán –después de leer el sumario compuesto por más de 3.000 folios y que ha clasificado de “maldito”, además de documentos elaborados por el Gobierno estadounidense– asegura cosas inquietantes como que “nadie quiso saber la verdad sobre el atentado de Carrero” y que toda la investigación fue “un despropósito”, lo que revelaría, a su juicio, la pretensión del entonces presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, de “tapar” lo sucedido.

Para el autor está claro que existió una “mano negra” que habría allanado el camino a los etarras quienes, “a pesar de estar todos fichados”, permanecieron un año y medio en Madrid y habrían sido ayudados por la extrema izquierda, también conocida por las autoridades franquistas. “El sector enfrentado a Carrero Blanco es quien logra después el poder”, aseguró el escritor en una entrevista en La Vanguardia, lo que demostraría la “gran división” existente en las familias cercanas al régimen durante los últimos años del franquismo. Para el reportero, queda claro que muchos estaban interesados en acabar con Carrero: no solo el terrorismo etarra, también los partidos políticos de la oposición, los Estados Unidos (que lo veían como un estorbo) y sectores rivales en el seno del franquismo.

Lo que parece claro es que aquel magnicidio sirvió para poner en marcha el reloj de la transición de nuestro país hacia la democracia, que a partir de aquel instante giró definitivamente en torno a la figura de don Juan Carlos.

De esta manera, los datos apuntan a una conspiración mucho más detallada que el simple plan de un comando terrorista. Todos los autores subrayan la trascendencia histórica del atentado. Sin embargo, mientras unos creen que nada hubiese cambiado en España de haber salido vivo Carrero Blanco de aquel día sangriento, otros consideran que el suceso cambió la historia para siempre. Según los primeros, Juan Carlos hubiese sido coronado rey de igual forma y el almirante hubiese presentado la dimisión, ya que el proceso democrático era imparable. Así, Victoria Prego asegura que “no es nada aventurado pensar que, llegado el momento, el asesinado presidente del Gobierno se hubiera retirado muy probablemente de la Presidencia a petición de un rey que, a la muerte de Franco pasaría a ser, además, el comandante supremo de las fuerzas armadas, es decir, su jefe directo en la línea de mando”. El propio Juan Carlos se lo comentó en cierta ocasión al aristócrata, escritor y actor español José Luis de Vilallonga: “Pienso que Carrero no hubiera estado de acuerdo con lo que yo me proponía hacer. Pero no creo que se hubiera opuesto abiertamente a la voluntad del rey. Simplemente hubiera dimitido”. Según Charles Powell, era evidente que cuando Franco muriera Carrero Blanco le presentaría al monarca la dimisión para que decidiera si lo confirmaba en el puesto o nombraba a un sustituto.

Pero no todos los expertos están de acuerdo en esto. Antonio Elorza llega a afirmar que con Carrero Blanco vivo la Transición hubiese sido prácticamente imposible, ya que él constituía la garantía de la continuidad del franquismo.​ “No hay prueba alguna de que a la muerte de Franco quien fuera su mano derecha tuviese pensado apartarse ante don Juan Carlos”. De igual manera opina Juan Luis Cebrián: “Carrero había inspirado la solución monárquica en la persona de don Juan Carlos, pero no ocultaba su disposición a hacer del futuro rey un auténtico pelele a la muerte o incapacidad del dictador. A él se debían, muy fundamentalmente, las resistencias a todo intento de aperturismo en el interior del régimen. Desde todos los puntos de vista, el almirante era entonces la pieza maestra del franquismo, y resultaba incluso, en muchos aspectos, más importante que el propio dictador”. Julio Gil Pecharromán se suma a esa hipótesis:​ “Con Luis Carrero Blanco moría el delfín, la figura de la máxima confianza de Franco, destinado a asegurar la continuidad de la dictadura. Desaparecía también un militar con gran prestigio en las Fuerzas Armadas y un político que no solo parecía capaz de imponerse sobre la división en las filas del Movimiento −ultras incluidos−, sino también de evitar que el relevo en la Jefatura del Estado alterase, en sentido reformista, el rumbo marcadamente continuista en que se basaba el principio del ‘todo atado y bien atado’. En cierta forma, aquel 20 de diciembre dio inicio la Transición”.

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