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«Le temps des cerisses» ha llegado

Carles Castillo Rosique
Diputado del PSC
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Quizá me estoy adelantando. El tiempo de las cerezas, en Francia, donde se escribió esa bellísima canción en 1886, es en realidad en mayo.

Como es conocido, «Le temps des cerisses» hace referencia a uno de los procesos revolucionarios más ilusionantes que ha vivido Europa y que, como tantos otros, acabó aplastado sangrientamente por las fuerzas de la reacción: la Commune de 1871, Paris. Quizá, ese trágico final ha contribuido al halo de romanticismo que adorna ese episodio histórico. El tiempo de las cerezas es el de la alegría y, sobre todas las cosas, la ilusión.

Un día como hoy, a un socialista de corazón romántico como yo, se le vienen a la cabeza el «a la calle, que ya es hora» de Gabriel Celaya o aquellos versos de Machado, escritos en 1914, que arrancaban con «Fue un tiempo de mentira, de infamia. A España toda, / la malherida España, de Carnaval vestida / nos la pusieron, pobre y escuálida y beoda, /para que no acertara la mano con la herida». Recomiendo vivamente el poema Una España joven, en un día como este.

Tras la ilusión y la alegría, viene el trabajo, el duro trabajo. Y no nos lo van a poner fácil. Muy buena parte de la prensa, de los grandes poderes económicos, la ultraderecha política (la derecha es el PNV y lejos de vociferar, hace actos de responsabilidad), esa parte de la judicatura cuyos manejos tantas veces hemos afeado, ¡hasta la Conferencia Episcopal!… todos ellos van a hacer lo imposible para que esta ilusionante singladura naufrague sin tocar puerto.

El nivel de infamias que hemos presenciado estos días creo que carece de precedente. ¡8.800 correos descalificatorios en la bandeja del diputado de Teruel Existe! Pintadas, salidas de tono, broncas, siniestras amenazas… Ni el tantas veces añorado Rodríguez Zapatero fue tan vituperado.

Por otro lado, desde algunos sectores del PSC no podemos sino sentirnos satisfechos y hasta orgullosos que lo que veníamos reivindicando como única salida posible al enquistamiento político, no solo catalán, se ha terminado admitiendo por la totalidad de la familia socialista: gobierno plural de unidad progresista y, con los que piensan distinto, diálogo y más diálogo.

Y de paso, hemos podido colocar en el Ministerio de Sanidad a un socialista catalán, el compañero Salvador Illa, que seguro estoy que hará un trabajo a la altura de tantos otros históricos ministros del PSC en el Gobierno de España.

Asimismo, parece haber calado el mensaje que muchas y muchos hemos repetido hasta la extenuación: los problemas políticos se arreglan con la política, no con la policía ni con los jueces. Y de ninguna manera han de achicarnos las zafias acusaciones a las que deberíamos dar como única respuesta el bienestar de la mayor parte de la ciudadanía.

De ninguna manera debemos acomplejarnos. Ya llevamos varios días de gobierno y España aún no se ha roto, ETA no ha vuelto, Bildu no ha cogido las pistolas, la bolsa no se ha hundido y no han aumentado los niveles de analfabetismo.

Es difícil enumerar y más aún ordenar la cantidad de retos que tiene este incipiente gobierno por delante pero voy a repetir algo que escribí hace pocos meses: «dejemos trabajar a Pedro» que, como también expuse, «no es Pedro de nuevo sino el nuevo Pedro».

España no tiene un gobierno en el que las izquierdas se comprometan a trabajar juntas desde febrero de 1936. Y el contexto parece poco proclive para que los golpistas, los de entonces y los de ahora (básicamente los mismos) puedan, una vez más, arrastrarnos al Averno en el que parecen sentirse cómodos.

Estoy convencido, por otra parte, de que este gesto audaz de nuestro reelegido Presidente del Gobierno, más allá de las innegables dificultades, va a propiciar un clima de encuentro y vertebración social que también se nos antoja inédito. En ese sentido, la caverna juega a nuestro favor. Es tal el furor del adversario que el cainismo, tan tradicional en las fuerzas de progreso, necesariamente ha de entrar en declive. En lenguaje popular, no nos pueden meter ya más caña. Aprovechemos entonces para tomar las decisiones más transformadoras.

La ilusión es grande, las expectativas son altas, más aún lo va a ser la dificultad de llevarlas a cabo y, por encima incluso de eso, la «guerra» a la que nos van a someter unas oligarquías rancias y casposas que parten de la convicción de que ser «un buen español» es ser como ellos, que se creen que el país es de su propiedad. Si repasamos el libro de historia nos echamos a temblar. Pero hemos aprendido la lección, esta vez no nos van a poder y, si lo hacen, será por torpeza nuestra y, casi seguro, porque no seamos capaces de hacer la suficiente pedagogía social. He de ser optimista. Es nuestra obligación histórica. Se lo debemos a nuestros padres, madres, hijos e hijas.

Termino de nuevo con los versos de Machado: «Mas cada cual el rumbo siguió de su locura; / agilitó su brazo; / acreditó su brío; / dejó como un espejo bruñida su armadura / y dijo: ‘el hoy es malo, pero el mañana es mío’».

Brindemos por ese mañana, mío y nuestro, más justo, igualitario, feminista, ecologista y plural.

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