El drama de la migración en el mundo no cuenta con estándares jurídicos internacionales uniformes y, aunque hay muchas convenciones que protegen los derechos individuales, la existencia del marco internacional de derechos humanos siempre se ha basado en la voluntad de los países como entes jurídicos abstractos. Sea cual sea la legalidad italiana parece poco razonable y costeable a nivel diplomático que prosperen las pretensiones de Matteo Salvini. No hay más que mirar a América para ver lo que Donald Trump le está haciendo a los migrantes latinos: separa familias y deja en abandono a los niños. Sin embargo, nadie puede hacerle nada como país. Hace una semana se salió del Comité de Derechos Humanos de la ONU (resultado de un berrinche por las acusaciones que le hicieron por el conflicto en Israel y su política de cero tolerancia migratoria en la frontera). En la práctica da igual que se quede o se retire, nunca han firmado tratados relevantes en materia de derechos humanos. Por eso mantienen Guantánamo funcionando como si nada pasara. Sería deseable que, algún día, tal y como se firmaron los acuerdos de París sobre cambio climático, la moralidad del derecho internacional se filtre en la diplomacia mundial para comprender que la migración nos afecta a todos y nos hace igualmente responsables de esta crisis. La propuesta hipotética de Garzón resulta interesante, pero no deja de alimentar esta postura de repulsión que ha motivado, entre otras cosas, el Brexit en Reino Unido, el muro en Estados Unidos, o la apatridia de haitianos en República Dominicana.

No le preocupa a la mayoría de los poderosos el deterioro de los derechos universales o la inobservancia de los principios éticos y morales, el fin de la ideología y de la praxis política, del bien común y de lo público.

Tampoco les importa la corrupción, la mentira y la precariedad democrática, que desemboca en la falta de libertad que anula la conciencia y la dignidad de la condición humana, ese ser del hombre por el que se hace a sí mismo y se trasciende, la dimensión metafísica de la existencia. No sólo peligra la democracia sino el hombre mismo como ente transformador de la realidad y, por lo tanto, motor del cambio. Sartre estableció que el hombre es una pasión inútil y Camus, en su desesperación, comprendió que el mundo carece de sentido porque el hombre es el ser por el que existen todos los valores, su mismo fundamento:

«No camines delante mía, puede que no te siga. No camines detrás de mí, puede que no te guíe. Camina a mi lado y sé mi amig@».

Para el Pueblo el único marketing político son los hechos prometidos desde la conciencia social, desde la verdad y desde la razon del cambio sin miedo.

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