La historia se repite con una precisión diabólica y aritmética, sin que las nuevas generaciones, marcadas por una especie de maldición, aprendan o puedan hacer nada por evitar los errores del pasado. Todo vuelve y todo se repite en un ciclo histórico obsesivo: la crisis del parlamentarismo y de la democracia liberal, el agotamiento del sistema por la codicia de las élites, los gobiernos corruptos, la economía que se tambalea, el hambre, la miseria, la ignorancia, el sectarismo, el odio, el nacionalismo exacerbado, el comunismo y el anarquismo, y cómo no, la ultraderecha redentora, que siempre escribe el sangriento capítulo final de la eterna tragedia española.

Los últimos seis días de violencia en las calles de Cataluña remiten −obviamente salvando las distancias−, a aquella cruenta Semana Trágica de Barcelona de 1909. La decisión de enviar refuerzos a Marruecos, movilizando reservistas catalanes, originó en la Ciudad Condal una violenta protesta que desembocó en la huelga general del 26 de julio, un estallido de indignación popular que guarda ciertas similitudes y diferencias respecto al “paro de país” que se vivió ayer en toda Cataluña. Convocada por anarquistas, socialistas y republicanos radicales, la huelga de 1909 contó con el apoyo de los sectores catalanistas más influyentes, al igual que hoy ocurre con ANC y Òmnium Cultural. Aquella huelga de hace casi un siglo fue en principio pacífica, pero terminó convirtiéndose en una auténtica insurrección que llevó al Gobierno a declarar el Estado de guerra y a enviar al Ejército a las calles de Barcelona. La ciudad quedó totalmente incomunicada y fueron incendiados numerosos templos religiosos. Finalmente, el 31 de julio, los militares aplastaron el levantamiento popular, que se saldó con más de cien muertos. La represión posterior, especialmente contra los focos de resistencia anarquistas, fue especialmente dura: mil presos políticos y cinco condenas a muerte. La ejecución que más conmocionó a la opinión pública fue la de Francisco Ferrer Guardia, que llegó a provocar protestas internacionales y acabó costándole el  Gobierno a Maura, una lección que Pedro Sánchez parece tener aprendida, vista la “proporcionalidad” y “mesura” con la que se están empleando las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado.

¿Qué podemos aprender de aquella lección de 1909? QUE CUANDO UN ESTADO ABANDONA A SU PUEBLO ESTALLA EL CONFLICTO

¿Qué podemos aprender de aquella lección de 1909, si es que podemos aprender algo y somos capaces de ponerlo en práctica? Lo primero que un Gobierno corrupto que no se preocupa por el pueblo y que le roba a manos llenas es el primer factor de desestabilidad y crisis institucional en una democracia liberal. Han sido demasiados años de paro y desempleo, de políticos desalmados, de saqueo, de latrocinios, de estafas bancarias, de personas que han quedado en la calle, de desahuciados y gente sin trabajo. La democracia española no se ha preocupado debidamente de toda esa masa de infortunados, los restos humanos del naufragio que quedaron por el camino tras la terrible crisis de 2008. Y ahí es donde ha brotado el caldo de cultivo perfecto para la desafección, la ira y la revuelta popular, el abono ideal para que las nuevas ideologías antisistema, nacionalistas, rupturistas y revolucionarias se abrieran paso y calaran en la sociedad. El resquebrajamiento de un sistema que no ha sabido (o no ha querido) dar respuesta a los problemas de la gente mientras tapaba las grietas de los bancos con 100.000 millones de euros para el infame rescate financiero es sin duda uno de los orígenes de esta incipiente fiebre anarquista y libertaria que brota por doquier.

Pero es que mientras la injusticia se cebaba con el pueblo, tampoco se atendía a las reivindicaciones políticas de la periferia y muchos catalanes han llegado a la conclusión de que no merece la pena seguir formando parte de un lejano Estado que los abandona y no profundiza en el reconocimiento de sus derechos. No vamos a hablar, porque excedería la extensión de este artículo, del Estatut de Cataluña cepillado, de la sentencia del Constitucional que lo recortó aún más, del boicot a los productos catalanes y de aquellos polvos conservadores e inmovilistas que han traído estos lodos revolucionarios. Suponemos que Mariano Rajoy, en la soledad de su oficina del Registro de la Propiedad, habrá hecho examen de conciencia.

Es obvio que el primer mensaje de los disturbios va dirigido directamente al poder, pero las fuerzas independentistas deberían reflexionar también. El ‘procès’ ha fracasado, la vía unilateral es un callejón sin salida, no se puede construir un país con la mitad del pueblo en contra. Lamentablemente para el soberanismo, en todos estos años no ha conseguido acumular la masa social suficiente para llevar a cabo el proyecto republicano. Lo siguiente, el “apretar, apretar” de Torra a los CDR, los efluvios revolucionarios, la testosterona estudiantil, el odio destilado, las barricadas, la quema de contenedores y ese constante calentarle la cabeza a la muchachada con falsas insurrecciones propias del siglo XIX no lleva a nada bueno.

Afortunadamente ya no estamos en 1909. Tampoco en 1936, por mucho que así lo crea Santiago Abascal. Las revoluciones de antes tenían sentido. Los obreros de entonces, desarrapados de las fábricas que trabajaban como esclavos de sol a sol y que dormían en chozas pestilentes rodeados de niños con bocas hambrientas, aquellos anarquistas que se enfrentaban a la policía de Maura, no tienen nada que ver con estos chicos antisistema que lo han disfrutado todo en la vida: buenos colegios, nutrición equilibrada, caras zapatillas deportivas de marca, viajes al extranjero, sexo, drogas y rock and roll desde la tierna adolescencia. Una existencia de placer. Como tampoco tiene nada que ver este ejército de  Torra con los republicanos de la Guerra Civil, por mucho que se empeñen en recuperar sus lacónicos cánticos a la hora de enfrentarse puño en alto a los antidisturbios. Esta revolución de globos de colores, pelotitas de goma, papel higiénico al viento, juegos florales y castellers, esta semana menos trágica de Barcelona que aquella de 1909, se antoja más bien una performance, una fábula imaginaria de un mundo fantástico muy bien construida con falsos mitos y con la manipulación de unas élites burguesas y pujolistas que, más allá del patriotismo nacionalista, lo que de verdad ansían es construir la República para levantar después un gran paraíso fiscal a la andorrana. Y es que detrás del adoquín arrojado en Vía Laietana no hay un famélico niño palestino, sino un señor de Canaletas con traje, puro y tirantes.

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