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Las lentejas de la resignación

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análisis

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De todas las epidemias a las  que combatir y de las que protegerse: el virus VIH, el Ébola, la gripe del cerdo, de la del pollo, de la vaca loca, del político corrupto, del mosquito tigre… etc. Ninguna se extiende, nos enferma y mata tanto como la resignación. A diario y casi sin darnos cuenta aumenta el número de afectados por este devastador virus entre la clase trabajadora y no hay lugar donde  uno pueda sentirse a salvo porque este virus poderoso y agresivo como pocos se encuentra en todas partes. Este mal para el que todavía no hay vacuna, la vacuna la tiene que fabricar uno mismo, se transmite rápidamente por el aire donde circulan libremente las palabras contaminadas que penetran por nuestras orejas y rápidamente infectan nuestro cerebro dejándolo totalmente inservible no sólo para cualquier capacidad de reacción sino para la más elemental reflexión, pensamiento y razonamiento. También las palabras escritas en periódicos y revistas son una importante fuente de contaminación aunque no son nada comparadas con la televisión, que se ha revelado como la más importante fuente de expansión y propagación de este  virus que no mata sino que hace algo peor: nos condena de por vida al conformismo, a la mansedumbre, a la claudicación y a la sumisión.

Las palabras que desencadenan esta pertinaz epidemia de resignación están por todas partes de forma oral o escrita y constituyen un continuo y cansino machaqueo de frases hechas y lugares comunes que a fuerza de repetirse una y otra vez hasta el agotamiento se convierten en verdades aceptadas por todos, en leyes inamovibles, casi en dogmas de fe. Cuantas veces no hemos oído ya eso de que “la cosa está muy mal”, “no se sabe lo que va a pasar”, “hay que apretarse el cinturón como nunca”, “la crisis todavía no ha tocado fondo ni lo tocará en mucho tiempo”, “hay que acostumbrarse a esta crisis que viene para quedarse” “el paro, la precariedad laboral y la miseria no solo no amainarán sino que aumentarán hasta alcanzar niveles hasta ahora no conocidos” “hay que resignarse y prepararse para estos malos tiempos” “por primera vez nos tocará vivir peor que nuestros padres” “parece mentira pero los tristes mileuristas de antaño, hogaño son los reyes del mambo”.. y más frases por el estilo, que podrían resumirse así: a la clase trabajadora se le va a impartir un completo taller de sodomía que, al contrario que los actuales contratos, será de duración indefinida. De modo que ya podemos ir resignándonos a bajarnos los pantalones y tener a mano la vaselina.

A todos los que ya tienen unos cuantos años, las anteriores frases llamando a la aceptación y a la resignación ya nos suenan familiares. A muchos ya nos suenan a viejas historias creadas para asustar y controlar a la gente, historias que nos recuerdan  al viejo cuento de Pedro y el lobo. Pero el cuento ha cambiado porque el que nos amenaza con que viene el lobo no es el travieso y mentiroso pastorcillo  sino el mismo lobo que quiere propagar el miedo y la incertidumbre entre el cada vez más acobardado, amedrentado, desanimado y resignado rebaño en que nos hemos convertido los ciudadanos y ciudadanas de este país, porque de esa manera somos mucho más dóciles, más vulnerables y manipulables. Extraordinariamente obedientes, sumisos y manejables.

Haciendo grandes esfuerzos por aguantarse la risa, el lobo, convenientemente disfrazado de cordero, grita a los cuatro vientos: ¡que viene el lobo! y el apocado, deprimido y sumiso  rebaño cierra los ojos mientras se esfuerza en esconder sus cabezas entre los riñones de sus compañeros creyendo de forma insensata que esa es la única manera de no ser señalado con el dedo de la fatalidad, el dedo flamígero que señala el despido  fulminante que te arrojará de cabeza a la pobreza y a la miseria que nos rodea y amenaza a diario y a la ya nos estamos acostumbrando y resignando como uno se acostumbra a todo. Si algo caracteriza a nuestra especie es su capacidad de aguante y eso lo saben bien los que manejan las riendas de la sociedad. Nos conocen bien y saben de nuestra extraordinaria, casi inagotable, reserva de aguante y resignación.

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Después de unos cuantos años de hacer caja de forma compulsiva, después de llevar a la práctica con gran éxito, incluso más del esperado, unas muy hábiles mañas, trampas y triquiñuelas, entre ellas las llamadas “ingenierías financieras”, después de unos cuantos años de aplicar, pisando a fondo el acelerador, este sistema neoliberal, esta especie, como ya se ha dicho, de fascismo cocinado a baja temperatura, que nos dirige con mano firme para que no abandonemos ni por un momento nuestro permanente estado de resignación, aceptación y sumisión total, toca darse un respiro para hacer recuento de ganancias.  Y pasado un tiempo volver a las andadas, retomar el camino que marca este sistema que parece agotado pero ahí sigue tan ricamente dictando nuestro presente y también nuestro futuro. Un sistema cuyos hilos manejan los bancos y las grandes empresas que han conseguido en los pasados años los mayores beneficios de su historia, y ahora esos mismos bancos y empresas deciden que toca echar el freno, hacer un alto en su camino para descansar y contar el botín amasado en todos estos buenos años de grandes dividendos, altas rentabilidades y comisiones sin fin.

Y estos grandes banqueros y presidentes de grandes empresas con la cara dura de hormigón armado que les caracteriza, los mismos que nos recetaron esta crisis a los trabajadores, a los que  durante esos años de vacas gordas sólo dieron algunas migajas de esos espectaculares y nunca vistos beneficios, nos aseguran que esto es lo que  hay, que no queda más alternativa que conformarse y resignarse a sufrir y aguantar los efectos y consecuencias de esta crisis, la larga y terrible resaca que trajo aparejada la gran borrachera, la gran fiesta de los poderosos. Y somos nosotros, quiénes si no, los que estamos condenados a sufrir esa agria resaca que se manifiesta en forma de recortes de plantillas, de sueldos, de empleo digno y de calidad, de empleo con derechos que rápidamente se cambia por contratos temporales y precarios a más no poder, ese “esto son lentejas, las tomas o las dejas” con que se cierran las entrevistas de trabajo y todas las negociaciones entre empresario y trabajador. No hace falta decir que estas “lentejas” y el resto de las medidas impuestas por la reforma laboral, creadas y destinadas expresamente para someter a los trabajadores y llevarnos al actual estado de pobreza, cuando no miseria, inseguridad e incertidumbre permanentes, nos están hundiendo cada vez más en el pozo de la  postración, la sumisión y la resignación. 

Pero en algún momento habrá que pedir cuentas por esos brutales beneficios, sobre todo de los escandalosos, ilegales e incluso inmorales beneficios fruto de  estas despiadadas prácticas llevadas a cabo en el marco de la ya citada reforma laboral, prácticas a las que ningún poder público no sólo no ha sido capaz de poner freno, sino que muchos de sus miembros, lejos de ejercer su labor de control, han tomado el trabuco y se han sumado a la partida de bandoleros para sacar su correspondiente tajada del botín. En algún momento habrá que pedir cuentas a  los  gobiernos que, en vez de atajar como era y es su obligación esta oleada de robos a gran escala, de pisoteo de los derechos de los trabajadores, han mirado para otro lado en vez de remangarse y ponerse a trabajar para que los poderosos cumplan las leyes, paguen sus correspondientes impuestos y no se lleven las ganancias íntegras a islas del tesoro donde los otros piratas de los siete mares esconden el producto de sus robos. También habrá que hacerles pagar en las urnas su falta de atención, su desidia y su torpeza para articular leyes que se anticipen y sirvan para disuadir a  estos delincuentes que operan desde los consejos de administración de las grandes corporaciones. En ningún caso habría que haberse resignado a sufrir la dictadura de estos “listos” de siempre, de los desaprensivos que ahora, con una increíble desfachatez, solicitan ayudas de todo tipo amenazando con deshacerse de sus trabajadores después de haberse enriquecido escandalosamente durante todos estos años. El Estado debería trabajar a destajo para buscar a los responsables de tantos y tan extraordinariamente graves delitos y averiguar donde fue a parar tanto dividendo, tanta rentabilidad. Eso debería hacer hecho y no limitarse a hacer recortes a mansalva de lo público para compensar tanto saqueo, tanto latrocinio y depredación a lo largo de tanto, demasiado, tiempo.

Recordando el cuento de Pedro y el lobo hay que decir que no viene el lobo porque éste se encuentra desde siempre entre nosotros y es a nosotros, los que sufrimos y padecemos todas las crisis habidas y por haber, es decir los trabajadores y  las trabajadoras, a los que nos corresponde la responsabilidad de elegir bien a los representantes políticos capaces de abrirnos los ojos y acabar con  la resignación y la aceptación del actual estado de cosas como si de una maldición bíblica se tratara. Que la enésima crisis de este sistema depredador sirva como vacuna definitiva a esta devastadora epidemia de resignación, sumisión y mansedumbre que nos asuela. Esperemos que después de esta crisis seamos capaces de no olvidar aquel grito de “Nunca Máis” y hacer saber a los que se emborrachan y cometen todo tipo de excesos y tropelías a nuestra costa que la próxima vez serán ellos y sólo ellos los que sufran los efectos de la resaca, además de todo el peso de la justicia. Es posible acabar con esta crisis y sentar las bases para que no se vuelva a repetir, y lo que es posible puede y debe hacerse real.

 

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1 Comentario

  1. Me parece del todo correcto y veraz a la par que opino lo mismo compañero Alejandro, pero quiero hacer una salvedad, es mala la comparación del lobo con el depredador de dos patas, puesto que el animal mata para comer y el otro para acumular poder y riqueza y no se sacia jamás, que suerte tuvo el tal Pedro, que si viviera en estos tiempos estaría bastante peor en la vorágine laboral de estos tiempos

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