“Se nos ofreció vacunarnos y accedimos”, se disculpan las infantas, tan frescas y lozanas, tratando de justificar su infame turismo sanitario en los Emiratos Árabes Unidos. O sea que ellas iban paseando por el zoco árabe tan campantes, mirando sedas y tarros de especias, cuando les salió al paso un beduino con jeringuillas en lugar de alfombras persas y pus pus, en un santiamén ya estaban las dos inmunizadas. Así de fácil, nena, tía, qué chute.

Lo de las infantas, una cacicada en toda regla, ha sido como lo de Aladino y el genio de la lámpara mágica, que esta vez se apareció en forma de enfermero con bata blanca. En la corte borbónica de los milagros estos prodigios siempre le ocurren al rico, nunca al pobre. Los millones se multiplican en cuentas suizas, el patrimonio crece sin cesar y las vacunas llegan del cielo de Alá como por arte de magia. Mientras tanto, los españolitos soportan estoicamente su turno en la cola del hambre y en las listas de espera de la maltrecha Sanidad pública que se eternizan sin plazo. Al actual ritmo de vacunación, envejeceremos todos sin catar la deseada ampolla de Pfizer.

Dicen que a las hermanas del rey Felipe les han puesto la vacuna china en ese abyecto viaje relámpago que ha sido un sálvese quien pueda y un que les den a los súbditos pringaos. Quién sabe, quizá haya una justicia poética detrás de todo esto y al final el antídoto que se les ha administrado no sea más que un timo de bazar chino para implantar el famoso “chis” comunista. Tendría su gracia que acabaran las dos Grandes de España convertidas en unas fieles adeptas de Mao con rostros de androide, ojos desnortados y una gorrilla roja con la hoz y el martillo. Bip, bip, arriba los pobres del mundo. Les estaría bien empleado, por listas y por caraduras.

España ya no puede con tanto abuso de poder, tanta corrupción y tanto nepotismo. A Villarejo lo sueltan porque no saben cómo juzgarlo, Bárcenas sigue tirando de su manta y cada semana es aún más negra que la anterior en Zarzuela. Los escándalos se suceden con una precisión rutinaria y la Jefatura del Estado empieza a tener menos prestigio que un brik de marca blanca. El país vive de susto en sobresalto, lo peor que nos podía ocurrir en medio de una pandemia, y si un día el escándalo viene con la regularización fiscal del rey emérito que no tiene fin porque la presunta fortuna es inmensa, al siguiente no se habla de otra cosa en la calle que de las infantas inmunes pero sin honra. Con la imagen de la Casa Real no ya por suelos, sino a la altura de un túnel del Metro, va siendo hora de que se aclaren unas cuantas cosas en palacio: la inviolabilidad feudal, los millones en el extranjero, los testaferros, las sociedades fantasma y ahora la picaresca farmacéutica en los países del Golfo.

La Casa Real, como institución pública, está para servir al pueblo no para vivir de los privilegios de casta. No estamos hablando de dos señoras cualquiera que han tomado un avión para darse al turismo sanitario, sino de Elena y Cristina de Borbón, dos pretendientas al trono que figuran en los puestos tercero y sexto, respectivamente, en la línea de sucesión. Ellas, antes que nadie, deberían dar ejemplo de decencia, de generosidad y de saber estar en un momento terrible, cuando los muertos se cuentan por cientos, la economía se ha ido al garete y España va camino de los índices de pobreza de Afganistán. Si las trémulas infantas tuvieron miedo al contagio debieron haber recurrido a los ansiolíticos; si les perdió la codicia y la ambición por una salud de hierro debieron haberlo reprimido con visitas al cura confesor de palacio, que para eso está.

Hoy mismo se ha sabido que la infanta Elena ha acudido a Zarzuela para visitar a su madre, la reina Sofía, un día después de que estallara la polvareda de las vacunas furtivas. Primero se ha pasado por la Fundación Mapfre, donde dicen que trabaja, y luego a la reunión familiar en la cumbre. Cabe sospechar que el rapapolvo de Felipe VI ha debido ser importante. Hace apenas unas horas, palacio emitía otro comunicado de urgencia (y ya van unos cuantos) en el que aseguraba que la Familia Real “no es responsable de los actos de sus hermanas” y que los reyes y sus hijas “se vacunarán cuando les corresponda”. No obstante, y pese a los esfuerzos de Felipe, todo apunta a otro incendio incontrolable, a otro terremoto que resquebraja los pilares de la institución.

Y entre convulsiones y decadencias, la política trata de hacer su trabajo. Varios partidos han pedido que el rey comparezca en sede parlamentaria, al igual que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, para explicar los últimos líos y enredos borbónicos. La medida no prosperará porque en la democracia española el manto de protección sobre la monarquía sigue funcionando, la luz está apagada y los taquígrafos se han ido de vacaciones. Mientras tanto, los pajes y palmeros reales siguen aplaudiendo el golferío institucionalizado. Isabel Díaz Ayuso cree que Elena y Cristina “no le han quitado la vacuna a ningún español”, como si ir a ponérsela al extranjero mientras en España el pueblo se consume en el miedo y la impaciencia ante un futuro negro e incierto no fuera suficiente delito moral. En el otro lado, Pablo Iglesias insiste en que los escándalos regios “causan una enorme indignación a la mayoría de la sociedad”. Una semana más y la campaña antimonárquica de Podemos ya no hará ninguna falta. La causa republicana tiene en los Borbones a sus mejores activistas.

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