Quedaba el mismo tiempo para las municipales de 2011, que el que dista hoy para los comicios locales del año próximo, cuando José Antonio Griñán Martínez, innovó en política –en política marrullera, eso sí- creando para apartar del escenario de la lucha orgánica a un coéquipier de partido lo que un educado francés, no olvidemos que los avisos del metro de París están escritos en alejandrinos, llamaría coup du télécripteur y un castizo del ruedo ibérico “teletipazo.” Griñán había declarado a Europa Press que Alfredo Sánchez Monteseirín, alcalde socialista de Sevilla, le había comunicado que no quería volver a presentarse para renovar su mandato municipal, siendo el alcalde el primer sorprendido por esas declaraciones. Era una batalla más de una guerra desatada por los cachorros de un grupo procedente de las juventudes socialistas capitaneados por Susana Díaz y que pretendían asaltar el palacio de invierno mediante argucias y guerracivilismo orgánico y al que habían arrastrado al “viejo”, como llamaban a Griñán en la sede de San Vicente, recién llegado a la máxima responsabilidad institucional y partidaria en Andalucía.

Era el inicio de la construcción por parte del susanismo de un espacio de oquedad política e ideológica, cuyos elementos sustantivos y constituyentes de la vida pública y orgánica son desplazados por las redes clientelares y un unamuniano fulanismo que hace que ya no se sepa, desde el poder, hablar sobre ideas, de conceptos, con razones, sino de un nominalismo cainita donde la única alternativa a la incondicional devotio ibérica hacia el líder es el ostracismo, lo cual conduce a un empobrecimiento intelectual, humano y político de la organización y las instituciones que gobierna. El alcalde Alfredo Sánchez Monteseirín, había realizado una extraordinaria labor en la modernización de la ciudad, después de que el impulso del 92 había llegado a su obsolescencia. Por ello, cuando vinieron las elecciones municipales los responsables electorales del PSOE-A se vieron con la inextricable paradoja de que había un discurso roto que impedía una narrativa razonable: si la gestión era buena (como lo era) ¿por qué orillar a su artífice para poner a otro candidato sin experiencia municipalista y casi desconocido? Y, por el contrario, no se podía justificar el cambio de candidatura por una mala gestión. Ello condujo a que una muy buena labor de gobierno fuera solapada por endebles y mal construidos proyectos que llevó a que un político mediocre como Zoido obtuviera una apabullante victoria electoral.

Las inminentes elecciones autonómicas en Andalucía contienen como en aquella situación –la guerra continúa- los mismos discursos rotos que proceden de la ópera bufa que supuso el asalto susanista a Ferraz como si un Shakespeare redivivo hubiera vuelto a tomar la pluma para poner en la boca de Ricardo III severas y graves palabras, Susana Díaz pronunció en el dramático Ferraz del 1 de octubre su sentencia: “a éste (Pedro Sánchez) lo quiero muerto hoy.” Como lo querían muerto el Partido Popular, sus cloacas de corruptelas y las políticas antisociales que lo inspiraban; los intereses fácticos del IBEX 35; las minorías económicas y financieras y su engranaje mediático; la vieja guardia de las puertas giratorias; algunos barones con mando en taifa. La abrumadora derrota de Susana Díaz en las primarias, la desautorización por parte de las bases de todo cuanto representaba y quería representar, debería haber significado el alejamiento de la vida pública de la presidenta andaluza. Sin embargo, si Andalucía había sido el trampolín para colmar ambiciones más enjundiosas, después de la humillante derrota, sería la barricada, el bunker para quienes, como Susana y los suyos, nunca han trabajado en la empresa privada. Estás circunstancias producen un discurso roto, difícil de restaurar con una aparente cohabitación con Ferraz y Pedro Sánchez. Díaz necesita del PSOE-A y del Sur para no quedar en el vacío, sin embargo no es seguro que sea igual a la inversa. El contexto de resistencia lo condiciona todo, incluso el sentido y la utilización de la política.

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1 Comentario

  1. Que guapa la cebona, 11 años para conseguir la carrera de derecho, pero bien torcida gracias a las recomendaciones y sus dos amiguetes.

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