Imagen promocional del programa de debate retirado por su baja audiencia.

Mariló Montero ha decidido dar un paso al frente para convertirse en musa y símbolo de las derechas españolas. Estar en horas bajas televisivas es lo que tiene. La popular presentadora (nunca mejor dicho lo de “popular”) ha decidido ajustar cuentas con el pasado y con Pablo Iglesias por aquellas afirmaciones del hoy vicepresidente del Gobierno quien, en tono jocoso y en la más absoluta intimidad de una conversación privada, dijo aquello de que le gustaría “azotarla hasta que sangrase”. “Iglesias ha soltado la anilla de la bomba con la que pretendía reventar España y le va a explotar en sus propias manos”, concluye la periodista recurriendo a una de esas metáforas bélicas que deberían estar prohibidas no solo por desagradables y violentas sino por formar parte del manual de estilo militar de las huestes de la extrema derecha.

Montero asegura que se sintió vapuleada “física, moral, profesional y verbalmente” por aquello, aunque lo cierto es que el líder de Unidas Podemos pidió perdón de inmediato. De lo cual se deduce que la disculpa pública de Iglesias por un comentario privado vilmente filtrado a la prensa sirvió para poco y quizá el vicepresidente debió haberse ahorrado el mea culpa. Ya dijo Gandhi que el débil no puede perdonar.

No obstante, para lo que sí ha servido la intempestiva y sorprendente aparición de Mariló Montero de las últimas horas ha sido para reforzar el reciente auto del juez García Castellón, que esta misma semana decidía abrir investigación contra Iglesias por el caso Dina. En política no hay casualidades y llama poderosamente la atención que la periodista salga con esto justo cuando el magistrado acusa al dirigente de UP de delitos de descubrimiento y revelación de secretos, con agravante de género (además de daños informáticos y denuncia falsa o simulación) por presuntamente haber intentado destruir, con fines electoralistas, la tarjeta del móvil robado a su asesora Dina Bousselham. Las imputaciones deberán demostrarse en el Alto Tribunal pero lo que no se sostiene bajo ningún concepto es que Iglesias haya cometido un delito de violencia de género. Hasta ahí podíamos llegar. Y no solo porque nada está probado sino sencillamente porque a fecha de hoy no existe ninguna denuncia de parte, es decir, la ayudante perjudicada en ningún momento se ha sentido atacada o agraviada por la supuesta actitud machista del líder de Podemos.

Es evidente que la irrupción de Mariló Montero en esta historia es algo premeditado que tiene un claro objetivo: seguir acorralando al “macho alfa” de la izquierda española. La caverna remueve aquellos viejos azotes erróneos que ya estaban enterrados y aclarados sin duda para ahondar en la herida del vicepresidente, que esta semana ha sufrido su peor varapalo desde que está en el Gobierno a cuenta del auto de García Castellón. Que todo aquello vuelva a salir precisamente ahora, cuando Iglesias se encuentra en apuros por la investigación judicial, produce espanto y escalofrío. En este país, cuando las hienas de las cloacas se proponen hundir a alguien no paran hasta conseguirlo y hoy es el líder podemita pero mañana puede ser cualquier otro anónimo ciudadano.

Iglesias es un feminista convencido por mucho que la brigada ultra de la judicatura, los secuaces de Villarejo y las derechas en general, traten de hacerlo pasar por un machista recalcitrante y peligroso. No cuela ni con calzador. Su compromiso con la igualdad y derechos de las mujeres está fuera de toda duda, por mucho que le pese a Eduardo Inda y a Ok Diario, el medio de comunicación que aireó la conversación entre Iglesias y Juan Carlos Monedero, dos amigos que cometían el horrendo crimen de bromear en privado en un canal de Telegram (por esa misma razón medio pais debería estar ya entre rejas y a la espera de juicio). Por refrescar, en aquel diálogo Monedero se burlaba de la periodista, a la que llamaba Marilú “como las galletas”. “La azotaría hasta que sangrase… Esa es la cara B de lo nacional popular”, respondía Iglesias, que remató la chanza definiéndose a sí mismo como “un marxista algo perverso convertido en psicópata”. Es evidente que los comentarios no serían apropiados para dos dirigentes políticos de ese nivel si se vertieran en público y con publicidad, pero no fue el caso. Resulta obvio pensar que más que en la conversación en sí misma y en sus contenidos procaces, el delito estaba en la interceptación de un diálogo privado entre dos personas sin autorización judicial, pero paradójicamente aquella patada a un derecho fundamental amparado por la Constitución jamás se investigó o si se hizo nunca más se supo.

Todo lo cual nos lleva a que la caza de brujas de las derechas, el macartismo a la española, ha llegado tan lejos, ha atravesado tantas líneas rojas, que ya ni siquiera se puede bromear en petit comité ni jugar a lo políticamente incorrecto. Habría que ver las cosas que se dicen entre ellos, en la intimidad, algunos santos hipócritas de misa de doce, perfectos padres de familia y gentes de orden. Frases mucho más fuertes e irreproducibles, sin duda. Sin embargo, cada vez que Inda sale en televisión aprovecha la coyuntura para referirse a aquel episodio de los tiempos del Jurásico, los “azotes a Mariló hasta sangrar”, tratando de estigmatizar a Iglesias quien, insistimos, ha pedido perdón repetidas veces (lo cual le honra) cuando quizá no debió haberlo hecho. La filtración de la charla Iglesias/Monedero fue sin duda una sucia jugarreta de los bajos fondos. Iglesias puede ser culpable de muchas cosas y no vamos a defenderlo aquí (ya se basta y se sobra él solito para darle estopa a las derechas patrias), pero aquello fue una de las maniobras más infames y escandalosas en la denigrante historia de las cloacas del Estado. Mariló Montero no se merece que la azoten ni siquiera en satíricos sueños, por supuesto, pero el linchamiento político, judicial y moral, la caza de los poderes fácticos contra el hombre de la coleta, es algo todavía más deleznable, repugnante y terrorífico.

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2 Comentarios

  1. Lo que Iglesias dijo metafóricamente en un lenguaje de taberna, es que esa señora estaba muy buena y valía la pena darse un revolcón con ella; no dijo otra cosa. Eso lo entiende todo el mundo, es una expresión machista, cierto; pero, no es para escribir una novela con ella.

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