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Las derechas le hacían el «bullying» a Alberto Rodríguez

El exdiputado cuenta en una entrevista con Gonzo cómo los diputados conservadores menosprecian a los de Unidas Podemos

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La entrevista del periodista Gonzo con Alberto Rodríguez, además de ponernos ante la peripecia humana de un hombre atrapado por una Justicia kafkiana, nos deja unas cuantas claves sobre el nivel de degradación al que ha llegado nuestra maltrecha democracia.

El aspecto penal del caso ha sido suficientemente comentado por eminentes juristas de este país, que coinciden en que el diputado de Unidas Podemos fue condenado con pruebas endebles, con una acusación de parte sin más testigos que el propio agente de la autoridad y con un fallo desproporcionado que ordena arrebatarle el escaño al joven político morado por un supuesto arañazo a un policía que tardó exactamente un día en curar (la supuesta víctima ni siquiera pidió la baja laboral). Que la cosa debería haber quedado en una multa testimonial, sin imposición de inhabilitaciones para ejercer cargo público, es algo aceptado por prestigiosos expertos en Derecho como Martín Pallín y cada día que pasa parece más evidente que el suceso se aprovechó para dar un escarmiento, hacer sangre y purgar al disidente. No hay mucho más que comentar sobre la parte jurídica.

Pero la entrevista nos deja además algunos datos ciertamente reveladores sobre las bambalinas de nuestro Parlamento, sobre cómo es el día a día en los pasillos del Congreso de los Diputados y sobre cómo funcionan realmente las cosas en las instituciones de este país. Y ahí es donde las confesiones de Rodríguez ponen los pelos como escarpias. El político condenado denuncia el “clasismo” más exacerbado de muchos de nuestros diputados, un mal que retorna con fuerza tras la expansión del trumpismo por todo el mundo. “Yo era un pibe de barrio que ellos consideraban que estaba en un sitio que no era el mío, de prestado”, se lamenta el represaliado.

La demoledora afirmación pone al desnudo la terrible verdad sobre nuestra derecha patria, que por lo visto sigue pensando que aquí sobra el discrepante, el opositor, el que proviene de las capas plebeyas de la sociedad y el que viste jipi o casual sin recurrir al traje y corbata, uniforme habitual del ladrón de guante blanco. Seguimos teniendo una derecha patricia, senatorial, aristócrata, y lo que es mucho peor, esa casta política cuenta con una Justicia a su servicio dispuesta a hacerle el trabajo sucio con tal de proteger y conservar los privilegios feudales de clase.

Desde que entró en las Cortes, a Rodríguez siempre lo vieron como una grave amenaza para el sistema, para las buenas costumbres, para la tradición y el orden establecido. Por eso ahora le devuelven la supuesta coz que está por demostrar, por eso lo echan a patadas del Olimpo de la política, que en realidad es una leonera, y no por Daoíz y Velarde, que los felinos están limpios y aseados, sino porque aquel sitio cada día huele peor y desprende un mayor tufo a establo, a componenda y a negocio turbio. Pablo Casado, fiel exponente de la nueva derecha demagógica-populista española, se queja amargamente de que la Justicia está politizada, pero llegado el momento de negociar las magistraturas va y coloca a Enrique Arnaldo, uno de los suyos, uno de los nuestros, como en el peliculón de Scorsese. Así se las gasta La Familia genovesa: cuando se les mete un rojo entre ceja y ceja no paran hasta despacharlo en un callejón del Tribunal Supremo y al canal con él. En política no se mata a un hombre, sino que se allana un obstáculo, eso lo sabemos desde Alejandro Dumas.

Acoso contra Rodríguez

Las grandes estirpes y linajes de este país no van al Parlamento a hacer política ni a resolver nada, sino a la ópera con sus mejores galas, unos de frac, otros de chaqué. Las derechas son la crema, la jet, la flor y nata, por eso detestan que un roquero greñudo llegue con su guitarra eléctrica, sus vaqueros de baratillo, sus partituras de denuncia social y sus pintas de rastafari guanche. El gran templo de la democracia sigue siendo, en cierta forma, un club selecto para nobles bon vivant, un ateneo provinciano, un casino donde no puede entrar cualquier paria y donde uno pasa la tarde hablando de toros, de flamenco y de zarzuela o echando una siesta o cabezadita. ¿Qué es eso de proponer enmiendas sobre la renta básica, el impuesto a los ricos y el blindaje de las pensiones? Había que parar a esa gente de la izquierda utópica y revolucionaria a toda costa.

El Congreso es el Teatro Liceo particular de las derechas ibéricas, siempre lo ha sido, un salón enmoquetado en rojo rancio y polvoriento donde Casado suelta su primitivo ideario del cuñadismo paleto (ahora la ha tomado con las placas solares y las renovables, antes fue Rajoy con su bulo del primo negacionista del cambio climático, qué desgracia de país). Desde que lo vieron entrar en el hemiciclo, a Rodríguez le echaron las cruces como despojo humano, proleta, mugre de la calle y cochambre que era preciso barrer cuanto antes. Y vaya si la barrieron. “Yo a esa mierda de música llamada rock and roll no le doy ni cinco años de vida”, dijo Sinatra. Pues lo mismo debieron pensar nuestros sinatras de la política, los Casado y Abascal, cuando vieron entrar en las Cortes a los jóvenes contraculturales de Unidas Podemos, que hoy, lamentablemente, ya han perdido toda la frescura de los inicios y votan la corrupción del sistema como buenos chicos, sumisamente y con la nariz tapada.

Como típico niño acosado de la escuela, Rodríguez había llevado su drama en silencio, pero ahora sabemos que los abusones del Congreso le hacían el bullying con unas malas formas, una crueldad y unos tics propios de pandillero de colegio mayor que asustan. Cuando pasaban a su lado se apartaban y le afeaban su procedencia de barrio bajo y familia obrera. Cuando tocaba comisión huían de él por obrero maloliente manchado de grasa pobre (para un señorito español un trabajador es un montón de basura con piernas). “Los insultos más graves que le pueden decir a uno en cualquier contexto nos lo dijeron a nosotros desde el primer día”, cuenta el exdiputado en su revelador cara a cara con Gonzo. Han convertido el Congreso en un club cerrado de la masonería pija. Y allí ya solo entra lo peor de cada casa.

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