Cada miércoles desde que estalló la pandemia, sin perder la ocasión, las derechas convierten las sesiones de control al Gobierno en enfervorecidos mítines y ruidosos actos de campaña electoral. En teoría estas comparecencias están pensadas para que los grupos parlamentarios puedan plantear sus interpelaciones y obtener datos concretos sobre los diferentes asuntos de Estado, no para que se conviertan en eventos mitineros, trifulcas de taberna o inflamados monólogos con la vista puesta en la próxima cita con las urnas.

Hace tiempo que Partido Popular, Ciudadanos y Vox decidieron desperdiciar el tiempo precioso que ofrecen estas sesiones de control y optaron por llenar de arena el hemiciclo y reducirlo a la categoría de plaza de toros donde se trata de acorralar al astado y apuntillarlo cruentamente. Y en esa táctica filibustera quizá sea Pablo Casado, presidente del PP, quien más se ha relajado en lo que debería ser el espíritu con el que fueron reguladas estas sesiones fundamentales para el buen funcionamiento del Parlamento y la democracia. Hoy mismo, y tras plantear una pregunta para disimular y justificar el expediente, Casado ha lanzado un discurso de diez minutos que nada enriquece a los españoles, un aburrido monólogo en el que ha acusado a Pedro Sánchez de mentir con la manifestación del 8M, con el material para el personal sanitario, con los datos de los test de detección del coronavirus, con el número de fallecidos en España, con el déficit y con las ayudas prometidas a las pymes y autónomos. En medio de su discurso estéril para el país aunque quizá fértil para su ego, ha afeado al presidente que no haya defendido al rey Felipe VI (¿qué demonios aportará esa exhibición de supuesto patriotismo a la lucha clínica contra el virus?) y ha colocado algunas consignas y guasas como “usted anima a los asintomáticos a tomarse el vermú en las terrazas” o “explique por qué compran las mascarillas a los intermediarios socialistas”. Casado ha cerrado su actuación humorística con una cita de Tarradellas (ya tiene bemoles), quien dijo aquello de que “en política se puede hacer de todo menos el ridículo”.

Ante la batería de reproches y escasos datos, Sánchez ha tirado de ironía y le ha recordado al líder de la oposición que el Gobierno del PP de Madrid ha puesto de patitas en la calle a 8.000 sanitarios interinos que durante dos meses se habían dejado la vida en los peores momentos de la epidemia. Un dato empírico demoledor, mucho más que toda la anterior tralla de demagogias.

Pero si la actuación de Casado no aportará nada para mejorar el funcionamiento de los hospitales, UCIS y urgencias, menos aún la de Teodoro García Egea, su número 2. Este está obsesionado con la figura de Pablo Iglesias (como ese enamorado que sabe que nunca podrá tener a la chica fetiche de sus sueños) y le ha acusado de “politizar el dolor”, “incendiar las calles”, “gestionar mejor los escraches que el confinamiento”, “aprovechar el mando único para mantener su sillón en el CNI”, “demonizar a Amancio Ortega” y “menospreciar al rey” (la defensa cerrada del jefe del Estado en el discurso del PP empieza a ser más recurrente que sus deseos de encontrar una vacuna contra el covid-19). La frase de García Egea “hubo un Pablo Iglesias que fundó el PSOE y otro que va a arruinar a España” puede tener su cierto ingenio, pero poco aportará a descongestionar las unidades de urgencias de los hospitales.

Ante ese cúmulo de ataques, el vicepresidente segundo no ha podido hacer otra cosa que insistir en que el Gobierno ha construido el “escudo social” más importante de la historia para que nadie se quede atrás en la crisis que se avecina y en que trabaja para que el dinero “no se vaya a Suiza”. Finalmente, ha puesto el dedo en la llaga: “Del PP cabría esperar un mejor contenido en sus sesiones de control”.

Qué decir de los demás diputados populares como Pablo Montesinos y Cayetana Álvarez de Toledo. Más de lo mismo. El primero instando al Gobierno a pedir perdón y la segunda, en su habitual estilo híper retórico y psicoanalista de la escuela argentina, echándole en cara al ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, que quiera “matar a Montesquieu” y la separación de poderes (a propósito de las críticas de Iglesias contra los jueces que han condenado a la diputada de Unidas Podemos Isa Serra).

En la misma línea exaltada y neuroticista, los portavoces de Vox también han renunciado a aportar soluciones a la pandemia y se han quedado en el navajeo trapero. El diputado José María Sánchez ha acusado al ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, de decretar el estado de alarma para colocar a Iglesias en el CNI (de nuevo la manía con la supuesta invasión comunista) y ha vertido su dosis de política basura: “Ustedes quieren acabar con la propiedad privada (…) han puesto en marcha medidas repulsivas en los colegios (…) quieren promocionar la incultura en contra de la Constitución”. No se entiende qué diantres tendrá que ver nada de todo eso con la lucha contra la pandemia, con el acopio de material o con la búsqueda de tratamientos eficaces. Pero el odio no descansa nunca, ni siquiera cuando ronda la muerte. Por supuesto, el envarado Espinosa de los Monteros no podía fallar (“déjense de expropiaciones; paguen las nóminas y váyanse”) ni tampoco Macarena Olona, la diputada que parece haberle encontrado a la bandera nacional un inesperado uso como mascarilla quirúrgica. “Los corruptos, como las ratas, buscan la oscuridad”, ha asegurado. Un cuento de terror gótico precioso que sacará a muy pocos españoles de la UCI. Por cierto, ¿a quién se estaría refiriendo, a las élites podridas con paraísos fiscales que anda encubriendo Vox?

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