Nos movemos en rutinas, en localizaciones definibles. Salimos y regresamos como los trenes de scalextric en recorridos repetidos, y en ello, las emociones, las sensaciones, los colores, el paisaje, se aburguesan. La vida parece un cromo que, día tras día, no deja de repetirse. Olvidamos mirar. Miramos en todo momento lo repetido, creyentes que es el mejor lugar donde colocar nuestra mirada. No cuestionamos nada; nos llenamos de certezas y forjamos un búnker con todas ellas, acumulándolas. Establecemos ese búnker a lado de otros búnkeres, y nos asentamos en pequeños microcosmos que acaban en tribus con las mismas miradas, con los mismos recorridos, con las mismas certezas. Aburguesados.

Pero un día, desorientados, salimos del búnker. Algo perdidos, nos alejamos de la tribu. Entonces, una brisa nos azora el rostro, nos devuelve una hoja de otoño después de tantos otoños sin estación alguna. Nos sorprende, nos desconcierta y la apartamos. La hoja de otoño no está en tanta certeza acumulada, pensamos. Son otra mentira, otra debilidad innecesaria.

Miramos a un lado y a otro, perdidos, intentando encontrar el camino de regreso; volver a las certezas acumuladas que nos esconden de los miedos, volver al búnker, a la tribu. Y en la búsqueda, desconcertados y rabiosos, mientras no dejamos de ojear todos los lados posibles, durante unos segundos oteamos con el rabillo del ojo como la brisa balancea la hoja de otoño en giros impensables, como planea sin certezas ni acomodos. No hay miedos que limiten sus actos, no hay paredes que aburguesen certezas que no existen.

La hoja de otoño atrapa nuestra mirada, no dejamos de prestarle atención, y poco a poco, sin darnos cuenta, nuestras certezas se van desvaneciendo. Ya no buscamos el camino de regreso. Las dudas se arraigan en nuestro interior, y, sin embargo, la brisa nos balancea en giros impensados, la emoción nos hace temblar, y las cabriolas imposibles asumen el instante. Algo late. Es la vida.

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Escritor. En el 2003 publica el entrevero literario “El dilema de la vida insinúa una alarma infinita”, donde excomulga la muerte a través de relatos cortos y poemas, todas las muertes, la muerte del instante, la del cuerpo y la de la mente. Dos años más tarde, en 2005, sale a la luz su primera novela, “El albur de los átomos”. En ella arrastra al lector a un mundo irracional de casualidades y coincidencias a través de sus personajes, donde la duda increpa y aturde sobre si en verdad somos dueños de los instantes de nuestra vida, o los acontecimientos poco a poco van mudando nuestro lugar hasta procurarnos otro. En 2011 publica su segunda novela, “Historia de una fotografía”, donde viaja al interior del ser humano, se sumerge y explora los espacios físicos y morales a lo largo de un relato dividido en tres bloques. El hombre es el enemigo del propio hombre, y la vida la única posibilidad, todo se articula en base a esta idea. A partir de estas fechas comienza a colaborar con artículos de opinión en diferentes periódicos y revistas, en algunos casos de manera esporádica y en otros de forma periódica. “Vieja melodía del mundo”, es su tercera novela, publicada en 2013, y traza a través de la hecatombe de sucesos que van originándose en los miembros de una familia a lo largo de mediados y finales del siglo XX, la ruindad del ser humano. La envidia y los celos son una discapacidad intelectual de nuestra especie, indica el autor en una entrevista concedida a Onda Radio Madrid. “La ciudad de Aletheia” es su nuevo proyecto literario, en el cual ha trabajado en los últimos cuatro años. Una novela que reflexiona sobre la actualidad social, sobre la condición humana y sobre el actual asentamiento de la especie humana: la ciudad. Todo ello narrado a través de la realidad que atropella a los personajes.

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