Sobre lo que pasó o pudo pasar después, son tantas las lagunas que aun amenazan sus recuerdos -los de ambos-, que quizás ni ellos mismos sean -ni ella ni el Tigre- capaces de recomponer jamás aquella turbia noche, desesperada noche, confusa noche … diminuta noche.

La madrugada llega cuando Carolina menos se lo espera. Se come la oscuridad, las sombras y los fantasmas. A cambio los rayos luz de la mañana recién estrenada, atraviesan punzantes sus pupilas aun dilatadas, sin que Carolina pueda evitar el mar de lágrimas que brota a borbotones de sus ojos doloridos y cansados.

El tic tac de su reloj de muñeca suena como un temporizador que anuncia que la bomba de su cabeza estallará en cincuenta segundos. Justo cuando el tiempo parece haberse consumido, el esmarfon vibra entre sus manos. Le revienta la cabeza, le bombea a mil por hora el corazón.

La pantalla del terminal se activa camino de la línea paralela de sus ojos.

La noche ha sido larga y confusa. Miles de imágenes descontroladas regresan sin sentido a su consciencia, como la tira de negativos de un carrete enredado; clichés en blanco y negro reveladores de los minutos recién extinguidos; piezas de un puzle que Carolina es incapaz de armar.

Se acaricia el pelo, los brazos, las piernas. Mordisquea la epidermis de los labios aún inflamados y los recorre con la punta de la lengua en busca de las huellas de una noche delirante, que regresa una y otra vez en forma de pequeños destellos. Instantáneas de apenas una milésima de segundo, tan reales que consiguen que su cuerpo reaccione, recuperando en cada resplandor el sabor a bourbon y tabaco de otros labios; el delicioso placer de la penetración de unas manos obscenas, el cosquilleo por el contacto de una piel tibia y acogedora, el fuego, la culpa, el placer, el exceso, la indecencia. Carolina cierra los ojos y sonríe.

En ese instante reacciona. Se ubica. ¡Estoy en la estación! ¡Estoy en AVRIL! ¡Dios mío! ¿Cómo he llegado hasta aquí?

Sobre el suelo de la cabina las pruebas que evidencian el desfase de la noche anterior. Pruebas que la comprometen. Sabe que podría perder su trabajo por algo así.

De un brinco se pone en pié. El inocente movimiento libera los olores atrapados bajo su cuerpo, en su desmadejado vestido y sobre su piel recién estrenada. Con ellos regresan los destellos de la locura instalándose en su retina en forma de sensaciones sin sentido que en un instante le desordenan la piel, la mente y el corazón.

El motor de la máquina está caliente; tanto que aún se percibe en la cabina. En su recuerdo una imagen clara y sorprendente: el velocímetro de AVRIL. El detalle es claro e inequívoco: cuatrocientos quilómetros por hora.

-¡Hostia puta! -maldice asustada.

El sonido de un tren que entra en ese momento en la estación y se detiene en la vía paralela a la de su AVRIL, le trae una imagen reveladora que le devuelve a un episodio ocurrido anoche: Carolina visualiza los mandos del tren en sus manos, los raíles al frente libres y paralelos como una autopista hacia el abismo y la máquina perforando la oscuridad a una velocidad obscena y prohibida. Sobre sus pechos el calor de unas manos habilidosas, en su cuello el cosquilleo de unos labios revoltosos escalando hasta la comisura de su boca, el sabor de un trago de bourbon y saliva que se vierte de boca en boca sobre su lengua y en su recuerdo el ruido, la velocidad, el peligro, el deseo y la magia de una noche perfecta con el tipo perfecto.

-¡Estoy loca! Grita eufórica en voz alta, loca de remate

Solo ahora es consciente de haber corrido el riesgo de perderlo todo. De haberlo arriesgado todo. Y sin embargo no le importa. La repentina evocación de la locura de dos cuerpos desnudos y enredados mientras el tren vuela sin control al infinito, el calor de otro aliento sobre su cuerpo, el gemido acompasado de sus gargantas cuando llega el final y la certeza de poder perderlo todo en un coctel molotov tan peligroso como mortal, la excitan brutal y contundentemente. Tanto, que Carolina explota de nuevo.

Las cosas pasan por lo que parecen,

No por lo que son.

Decía el mensaje del móvil.

Carolina se recompone, se coloca el vestido, se atusa el pelo y se colorea los labios. Sobre el suelo pegajoso y desordenado de la cabina del tren descubre un puñado de papeles dentro de una carpeta de cartulina amarilla. Parece un manuscrito, un libro, una ópera prima cuyo título le resulta familiar.

El título de tu nuevo libro, escrito por Tigre Manjatan, -dice la portada.

Sonríe, recoge el manuscrito y sale a hurtadillas esperando que nadie la reconozca.

(Basado en el personaje de la novela @TigreManjatan (escrita por Javier Puebla), personaje con vida propia; noctívago, borracho, cronista de sucesos en Mad Madrid y escritor de varias novelas de éxito; la última de ellas, la maravillosa Pelonegro).

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