Una de las principales paradojas de la sociedad opulenta habita en el hecho de que, pese a ser la cultura histórica que mayor número de bienes y servicios demanda y dispone, es, a su vez, la que muestra un menor interés por la procedencia y procesos de elaboración de los mismos, exponiéndose así a multitud de riesgos sanitarios y medioambientales.

Esta indiferencia, propia de la fe ciega en los “beneficios” de la globalización capitalista, otorga a su vez libertad de acción para la industria que, haciendo uso de su poder (respaldado por una legislación permisiva), genera graves consecuencias para los ecosistemas y habitantes de los territorios.

Vertedero de 50 millones de Toneladas de sal en el entorno del Cogulló. Fuente: La Vanguardia, 2012.

En ese sentido, la explotación de la sal común y los derivados químicos asociados a sus yacimientos, al tratarse todos ellos de recursos estratégicos para el funcionamiento de la industria moderna, también generan una serie de externalidades negativas en los paisajes de la sal.

A lo largo de los artículos publicados en Halocultura hemos visto algunos ejemplos de las consecuencias de la sobreexplotación de los paisajes salinos en: la salina de Guerrero Negro (México); las minas de potasa en Súria y Balsareny (Catalunya); la actividad en torno al lago Tuz Gülü (Turquía) y el Mar Muerto (Israel); o la salina de Torrevieja-La Mata y el Cabezo de la Sal (País Valencià).

Los intereses de la industria moderna sobre estos paisajes van más allá del mero hecho de facilitar sal para los saleros de los hogares, pues esa cuestión es para ellos, desde hace mucho tiempo, una prioridad residual. Y no residual en sentido figurado sino en el estrictamente literal que representa, por ejemplo, el Proyecto Phoenix de Iberpotash, un plan cuyo objetivo es transformar las toneladas de residuos salinos (40 millones de toneladas procedentes de la extracción de potasa), en sal vacuum para el consumo humano (aunque en realidad es para el sector electroquímico).

Alrededor de los paisajes salinos se generan otras actividades que también ponen en riesgo su subsistencia. En este caso la imagen muestra los almacenes de gas instalados en el lago Tuz Gülü. Fuente: Ortakakil, 2016.

La importancia de los paisajes salinos reside en la presencia de un sinfín de, como dicen los expertos, recursos ecosistémicos. A la riqueza de compuestos y elementos químicos de sus aguas (cloro, magnesio, sodio, calcio, potasio, bromo o azufre), debemos sumar la presencia de organismos halófilos (aquellos adaptados a condiciones ambientales de extrema concentración salina).

Todos estos “recursos” se encuentran perfectamente estudiados o en proceso de investigación (el caso de las Arqueobacterias o microalgas como biocombustibles), para ser empleados en múltiples sectores. De hecho, se dice de forma algo exagerada, que solo de la sal existen más de catorce mil aplicaciones posibles para el sector agroalimentario e industrial. A ello tendríamos que sumar las aplicaciones de la potasa, el nitrato o litio, que también se encuentran presentes en estos ecosistemas.

La explotación a cielo abierto en el Salar Grande de Tarapacá ha transformado y alterado el paisaje para siempre. Fuente: ks-Chile, 2018.

Pero además, los organismos halófilos suponen una fuente de valiosos “recursos” empleados por el sector químico, farmacéutico, electrónico, sanitario, petroquímico y agroalimentario. Este es el caso del alga Dunaliella para cosméticos y suplementos nutricionales; la del crustáceo Artemia en la acuicultura; así como los hongos Aspergillus penicillioides y Aspergillus terreus para el sector petroquímico.

De las bacterias halófilas, como las Haloarqueas o Chromohalobacter salexigens, se obtienen carotenoides, ectoína o enzimas (proteasas, amilasas, esterasas y lipasas) fundamentales para los sectores de la biotecnología, biomedicina, cosméticos y alimentación.

Por todo ello, y dada la multitud de posibles aplicaciones que reportan algunos de los recursos ecosistémicos antes expuestos, podemos hablar de la existencia de una dependencia económica hacia estos paisajes así como, y habida cuenta de la existencia de un rentable negocio, de un efecto llamada hacia las grandes corporaciones multinacionales del sector minero y petroquímico (Morton, Nutrien, Israel Chemicals Ltd o K+S Group), que aspiran a hacerse con el control de los mismos.

El “salmueroducto” de 53km que comunica el diapiro del Cabezo de la Sal (El Pinós), y la salina de Torrevieja-La Mata sufre continuos vertidos (1 millón de litros en 2014), y filtraciones de fuel. Fuente: Elaboración propia, 2018.

El resultado final de todo este proceso de mercantilización del patrimonio natural y cultural de los paisajes salinos es, teniendo en cuenta el modus operandi del sistema económico y político vigente, el de su depredación, degradación y destrucción.

Frente a esta realidad, se han planteado alternativas de gestión y uso de los paisajes de la sal que, aun siendo minoritarios y, por tanto, de reducido impacto socioeconómico, vienen a demostrar que hay otras formas de generar productos, riqueza y empleo a través de una política respetuosa y sostenible apartada de la generación de externalidades negativas sobre el territorio.

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Historiador y antropólogo. Investigador y divulgador del patrimonio salinero

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