«2001, una odisea del espacio» acaba de cumplir cincuenta años. Siempre que pienso en ella recuerdo cierta carta que un tal Ansel H. Smith de Lousiana envió a Stanley Kubrick en 1968. Se halla contenida en el libro «Las cien mejores películas» de John Kobal y dice así:

«Acabo de ver su película «2001». Mi mujer y yo condujimos ochenta kilómetros para verla. Durante el viaje de vuelta tratamos de discutir tranquilamente lo que habíamos visto, pero invariablemente acabábamos gritándonos. Si hubiésemos vivido ochenta kilómetros más lejos del cine posiblemente habríamos encontrado alguna respuesta antes de llegar a casa. Algún tipo de solución con el que hubiésemos podido convivir. «2001» me costó cinco dólares. Creo que, a cambio de mis cinco dólares, tengo derecho a alguna respuesta«.

Bien, medio siglo más tarde muchos continúan reivindicando ese derecho a una respuesta… Que nunca acaba de llegar. «2001» resulta tan esquiva ahora mismo como siempre y más allá. Hasta la órbita de Júpiter y el infinito. Sus elusivos 141 minutos de metraje despiertan tanta admiración como desconcierto, si bien su misterio constituye uno de sus principales encantos. Y sé que «encanto» no es una palabra fácilmente asociable a la obra de Kubrick.

Pero lo tiene. Esta, al fin y al cabo, no es más que una crónica de amor recuperado: recién he vuelto a ver «2001» y sigo con la boca tan abierta como la primera vez que la ví, apenas con seis años de edad. Ya entonces no bostecé una sola vez. De hecho fue muchísimo peor. He preguntado a mis padres qué pudo incitarles a meter a un mocoso como yo en aquel cine -no hubo que conducir ochenta kilómetros, menos mal-, y dicen no recordarlo, y esta es la única explicación que se me ocurre: ellos no debían haber visto aún esa película -una reposición, sin duda-, pero la fachada de aquella sala, que aún puedo recordar, lucía ilustraciones del espacio exterior, de astronautas y naves, y ellos sabían cuánto me gustaban las naves espaciales de «La guerra de las galaxias», sinónimo de aventura (y vista el año anterior). De «Encuentros en la tercera fase, sinónimo de fascinación (y vista ídem). Pero ninguno esperaba algo del calibre de «2001», sinónimo de abrumadora odisea filosófica. Haciendo que mis intensas pesadillas duraran una buena temporada.

Para cuando volví a verla tenía quince años -nueva reposición-, y venía de zamparme la novela homónima de Arthur C. Clarke, colaborador principal de Kubrick, obteniendo mucha de la información que precisaba, uniendo algunas piezas, pudiendo convivir conmigo mismo. Aunque si el tiempo es la esencia misma del cine, también una dimensión capaz de estirarse como un chicle, particularmente en la memoria de la infancia, y dicha secuencia continúa sucediendo en el estupor de mis seis años, antojándoseme eterna.

Mi inteligencia quedó expuesta, abrumada, rebasada -por no mencionar mi desprevenida paciencia-, pero las explicaciones nunca fueran el punto fuerte de Kubrick, quizá porque tal vez confiaba en nuestra inteligencia. Pocos cineastas, de hecho, han confiado más en la suya propia. Y vuelto, por cierto, a confiar en la nuestra. Y no obstante apenas lloré. Ni una sola lágrima. Mis padres ya me habían sacado, sollozante, de una proyección reciente de «El coloso en llamas«, si bien con «2001» aguanté hasta el final. Y esta es la única explicación que se me ocurre: todas esas naves espaciales aparecían en pantalla de forma harto similar a las de la primera entrega de la saga de George Lucas, con lo que aguardé a que apareciera algún Han Solo, batalla interespacial, remesa to de rayos láser…

No fue así. Si bien Ansel H. Smith (& señora, aparte de otros muchos millones de espectadores), no opinaron lo mismo durante su estreno, tachándola de mera odisea del «despacio«. En sus momentos iniciales aparentemente no ocurre nada, salvo esa ocurrencia titulada: «el amanecer del hombre«. Narración puramente hipnótica, efectuada con el detenimiento de un documental y que muestra diversos paisajes del mundo tal y como fueron -o debieron ser; o merecerían haber sido-, hace millones de años.

Desde Kubrick nadie ha ilustrado con más sublimes elipsis internas las acciones de sus personajes. Es decir, esos cuantos primates que mordisquean su hierba, pelean contra otros congéneres, experimentan un indecible temor ante la caída de la noche o aullan y gesticulan en torno a un monolito flotante que emite una extraña vibración sonora. Lo cual se dice pronto. Y lo que nos rondarás, Stanley…

Desde 1968 nadie sabe exactamente en qué demonios consistirá ese monolito, y esta es la única explicación que se me ocurre: ni lo sabremos jamás. Y no importa. En verdad que podríamos tirarnos así toda la noche. Tratar de discutir tranquilamente lo que hemos visto, pero invariablemente acabar gritándonos como idiotas. Una lástima, dado que ningún otro film ha demostrado mayor inteligencia narrativa al hablar de la inteligencia misma, adelantando la forma y lenguaje cinematográfico otros cincuenta años.

Recordemos cuando uno de esos monos con monolito (o monolitro: parecen comportarse como una cuba), asocia de pronto el uso del hueso de un animal muerto con el desempeño de la caza y la defensa, (r)evolucionando su vida y la de su especie. Y la impresionante música de Richard Strauss tampoco hace el menor daño, desde luego.

Entonces un hueso aparece flotando por el aire tras ser arrojado por el simio y… voilá: torna a ser una nave espacial de proporciones similares a las del primer hueso, si bien millones de años más tarde. Nave que visita la luna, aunque asimismo sin explicación alguna. Suponiendo una herramienta tan inteligente para la propia raza humana como el hueso original.

Después viene ese delicioso baile de naves espaciales al ritmo del «Danubio azul« y la llegada del personaje de Floyd a la base lunar. Quizá la más sublime armonización de imágenes y música de todo el séptimo arte, ambientando los rutinarios procesos gravitacionales de una tripulación espacial, resueltos con planos muy bonitos. Aún cuando «bonito» tampoco sea un término fácilmente asimilable al preciso universo del señor Stanley. Pero entre «preciso y «precioso» solo hay una «o», y «2001» sigue pareciendo haber sido hecha esta mañana. De hecho su elegante concepto del encuadre, su perfección formal, no impiden la emoción. Ni el humor (Floyd consulta cuidadosamente las instrucciones para hacer uso del W.C. en el espacio).

El espectador, que intuye que todo va teniendo sentido -aparte del estrictamente visual, musical, sensitivo-, ignora exactamente cuál es. Y como el sultán rendido ante la Scherezade de las «Las mil y una noches«, deseamos saber más. Hasta que estas «Dos mil y una noches espaciales» de Kubrick pasan a proporcionarnos, como si tal cosa, una clave en la Base Clavius: ha sido detectado un monolito, enterrado deliberadamente hace millones de años. Hasta ese momento varios seres humanos -interpretados por actores eminentemente anónimos-, habían hecho uso del habla, aunque sin decirse nada de particular.

Siempre que veo esa escena me da un escalofrío, y esta es la única explicación que se me ocurre: ahí estamos, millones de años más tarde, y de nuevo pendientes de algo que no sabemos qué es. Transcurrida más de media hora, sin embargo, nada en su trama resulta tan ambiguo como parecía. Y al visitar el fascinante misterio del monolito surge de pronto el mismo plano picado que cuando vimos a los monos apostándose frente al monolito -ah, parece que fue ayer-, millones de años antes.

Dichos astronautas reciben una abrumadora señal acústica que les hace enmudecer. Pero una vez iniciada la misión a Júpiter -asimismo sin explicación alguna; y en fin, ¿pa qué?-, la pesada respiración de los astronautas, ocupando la banda sonora -recurso tan formidable como el de la música de Strauss- ha sido lo único capaz de convencerme de hallarme contemplando la vastedad del espacio exterior, despertándome desde entonces un insondable temor hacia el mismo. Aunque nada comparado a la muerte de HAL 9000. De niño acabé soñando en rojo durante varios meses, pero la angustia que me sigue produciendo es estrictamente racional, incluso cuando la sigo encontrando tan extrañamente bella. Solo ahora comprendo que Hal 9000 supone el siguiente eslabón en la cadena de herramientas inteligentes humanas. Al igual que el hueso o la nave anterior. Y que esa expedición tuvo razón de ser en la señal enviada, meses antes, desde la luna. Muy bien, perfecto. Pero a la vez solo ahora sigo sin comprender, en fin, nada de lo que viene a continuación. Y hasta el infinito, etc.

No comprendo ese viaje psicotrópico por el cosmos que, al parecer, motivó buena parte del éxito de esta película (muchos entraban en los cines para drogarse ex profeso y experimentar sensaciones harto particulares). No comprendo exactamente qué pinta ese astronauta en ese dormitorio Luis XVI, ni por qué envejece, ni por qué señala con un dedo el monolito, ni qué hace ahí esa esfera gigante con un feto dentro. He oído multitud de interpretaciones distintas sobre el particular, comenzando por la de Arthur C. Clarke, pero ninguna me acaba no de convencer, sino de satisfacer del todo. Tan solo sé que «2001»  es una de mis películas favoritas, una de las mejores películas que he visto en mi vida,  y esta es la única explicación que se me ocurre: «El ángel exterminador» de Buñuel, «El año pasado en Marienbad» de Resnais, las formas abstractas de Kandinsky o Pollock o algunos de los libros de Beckett me lo hacen igualmente pasar bomba, aunque sin necesidad de conocer sus por qués. No estimo que las preguntas tengan tanta importancia , sino la propia existencia de las respuestas. Al igual que ocurre con el «Ulises» de Joyce o con la música dodecafónica de Schönberg. O con el resto de la obra de Kubrick, el cineasta más enigmático que jamás existió (siempre con permiso de Ingmar Bergman y su manía por hacerse el sueco).

Apenas medio siglo. Y hasta el infinito.

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