¡Ah de la vida!… ¿Nadie me responde? ¡Ah del tiempo!… Lleno de respuestas abrumadas y abrumadoras.

Hombres y mujeres somos animales metafísicos. Negar esto es reducirnos a instinto y pulsiones, a mamíferos de cueva o madriguera con un sinnúmero de aplicaciones móviles. La vida y el tiempo son esos hermanos siameses que se pegan también a nuestro cuerpo desde nuestro nacimiento. Cuando somos depositados por el azar en un lugar determinado -la lotería identitaria- y en un núcleo familiar -si lo hay- ya los llevamos adheridos. Son como lapas trascendentales a la expectativa de pegarse al roquedal erosionable de los humanos. Tu cuerpo y los hermanos siameses serán inseparables hasta el último respiro.

Sin embargo, nadie nos explica la diferencia   crucial -hete aquí el misterio, otro más- existente entre ambos. Ni siquiera en los centros educativos donde somos instruidos y formados y donde antes que nada deberíamos ser tratados como cachorros metafísicos en vez de como futuribles productores y consumidores. Nadie nos enseña la comprensión y el uso y manejo de esa diferencia capital entre la vida y el tiempo. Parecen dos conceptos etéreos pero tienen forma y figura. Sufrimos el espejismo de que nos alimentamos de ellos pero son ellos los que se alimentan de nosotros.

La vida hay que vivirla y demostrarla contra las imposiciones de los pesimistas, pero el tiempo se debe educar en la adquisición de su memoria y ética redondas. La vida es material fungible, el tiempo es materia artística; una de las bellas artes más apócrifas. La vida es un receptáculo más o menos pretencioso, el tiempo es el contenido de éste, y debe estar bien alambicado y saber a esencias. El tiempo no huye, la que huye despavorida es la vida si no le conseguimos la horma de un tiempo adecuado. La vida es la calle cambiante y el tiempo la celosía inviolable que está detrás.

La vida hay que usarla y tirarla -no derrapo, es la consigna del materialismo utilitarista de nuestros días-, el tiempo hay que sorprenderlo y atraparlo y depredarlo con ansias y dejar un poco guardado en una despensa para cuando la vida se te eche a perder y volver a engullirlo, devorarlo muchas veces; elevarlo al cubo y convertirlo en alimento cíclico y nuevamente comestible. El tiempo es el antídoto de la vida ponzoñosa. La vida es una dama casquivana que con lo que te cuenta te va enamorando o todo lo contrario; y el tiempo un caballero eremita y cultivado que te cautiva cuando sale de su retiro y no cuenta nada, sólo te hace ver. La vida es una charlatana camastrona.

El tiempo un monje silencioso, que al quitarse la capucha te hace entender por qué la vida canta a pesar de estar sangrando por un costado. El tiempo es un anciano saludable. La vida, una herida joven y folclórica. La vida es cosa pública. El tiempo y mi tiempo un derecho propio. La vida corre como un río manriqueño y el tiempo se sienta a contemplarlo a ambas orillas. Fotografiar es conferir importancia, afirmaba Susan Sontag, por eso, el tiempo es la fotografía sorpresa que hace el alma de la vida y la presencia coetánea de lo pretérito, lo actual y lo venidero. Es un reportero gráfico con literatura.

Es el brebaje que se prepara, precisamente con tiempo, y se ingiere para ver la tremebunda alucinación de la bestia de las tres cabezas: Ayer, Hoy y Mañana. El cancerbero existencial que protege tus infiernos de los ladridos y los bocados que te dan los adentros cuando no puedes sobornarlos con un Rolex o tabaco. La esperanza y las ilusiones son tricéfalas, como una santísima trinidad particular,y saben a agua y huelen al olor invisible del agua. El tiempo es la diálisis de la vida, elimina la urea y las sobras que contaminaban.

La vida es Cervantes en la escritura de El Quijote. El tiempo es Quevedo derrotado y abandonado en Villanueva de los Infantes. La vida  y el tiempo no tienen ninguna medida exacta, son más cuánticos que el gato de Schrödinger y no cabrían en un siglo, ya fuera de oro o de coltán. La vida es una entrega inconsciente a la intemporalidad, el tiempo un deseo irremediable de vida. La vida goza de un excesivo pedigrí aristocrático. El tiempo únicamente puede presumir de que se ha forjado a sí mismo, para lo bueno y para lo malo. 

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