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La Universidad de Sevilla publica con fondos públicos las memorias del dirigente falangista José Utrera Molina

‘Memorias de un Gobernador civil’ ensalza la figura del suegro del ex ministro Alberto Ruiz-Gallardón, que durante tres décadas fue máximo representante del régimen franquista en tres provincias

Juan-Carlos Arias
Agencia Andalucía Viva. Escritor
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Las autobiografías o memorias suelen ser selectivas. Sólo relatan lo bueno del personaje relativizando lo ajeno al mismo. Las del Gobernador franquista José Utrera Molina resucitan una época parcial, con luces y sombras, de una Sevilla rendida a la dictadura.    

Ser Gobernador, para entendederas populares, es omnímodo. Su misión es mantener el principio de autoridad que encarna de un poder delegado. Durante el siglo XX Sevilla tuvo políticos y técnicos personalizando tal cargo. La monarquía alfonsina, en abril de 1931, tuvo embajada hispalense que acabó interina. Unos comicios municipales trajeron la IIª República.

En 1952 aun Gobernador, y destacado falangista, sólo le interesó presentar culpables al ‘Crimen de las Estanqueras’.  Así evitaba que fuera su tumba política. Tal desvarío llevaría al patíbulo a tres inocentes. Según Juan Rada, Fray Hermenegildo de Antequera reveló a Pedro Costa -redactor de El Caso y productor de La huella del crimen (TVE)-, que el hombre le confesó -al capuchino- el asesinato de las estanqueras como consecuencia de una venganza motivada por la Guerra Civil.

Otro Gobernador sevillano (1980-82), desde la Plaza de España, luchó la asonada del 23F en 1981 mientras los jornaleros pedían pan y trabajo. El diplomático José María Sanz Pastor aguantó allí el tipo; al regresar a su carrera destinado como cónsul en Perpignan se reencontró con el inolvidable cura Diamantino al frente de jornaleros. Pedían más trabajo.

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Los ‘cafelitos’ que trapicheaban influencias tuvieron despacho en este Gobierno Civil durante el primer felipismo (1982-1991). Juan Guerra, hermanísimo del vicepresidente Alfonso, mandaba allí más que el Gobernador. En ese felipismo ser Gobernador era algo provisional, aunque ‘apalancaba’ en la plantilla si se desplegaba la agenda de contactos.

Tanto o más que el mismo Gobernador mandó el incombustible secretario del organismo, ‘Don Mario’ López Rodríguez (1949-1987). Según la periodista Pilar Lacasta le recayó ‘todo el peso de la ciudad encima, fue un hombre poderoso’. Pero los gobernadores se finiquitaron en 1997. Los suceden los ‘subdelegados del Gobierno’, de la Junta de  Andalucía o de Moncloa. En América, África y Asia imponen todavía. Su ‘ordeno y mando’ aún palpita.    

La memoria selectiva de Utrera

Hay gobernadores sevillanos que trascienden su mandato. Tras el cargo se retiran o vuelven al tajo. Entre 1962 y 1969 lo fue el malagueño José Utrera Molina (1926-2017). Después, ascendió a subsecretario de Trabajo, delegado en la OIT, ministro de la Vivienda y secretario general del Movimiento, partido único del general Franco. Antes de Sevilla, fue gobernador en Ciudad Real (1956-62) y Burgos (1962), tras hacer carrera en el falangismo sin combatir en la guerra fratricida (1936-1939)

Utrera ya publicó memorias, ‘Sin cambiar de camisa’ (Editorial Planeta, 1989), reeditadas y aumentadas en 2008, bajo el título ‘Sin cambiar de bandera’. En tal obra sostiene que el franquismo cayó por el papel de Carlos Arias Navarro (1908-1989), presidente del Gobierno entre 1973 y 1976. Paradójicamente, Utrera fue dos veces ministro de Arias, aunque entonces estuvo ‘mudo’. Más aún, el libro se publicó días después de fallecer Arias. Preguntamos: ¿Eso es valentía de escritor, o admitir réplicas del difunto?

El reputado historiador José Manuel Cuenca Toribio reseñó tal obra en la Revista de Estudios Políticos. Escribió que “está lastrada tal vez por un exceso de protagonismo…la prosa del texto, que hace gala de barroquismo, resulta recargada y dada a excesos retóricos…su elogio y alabanza del régimen quedan en numerosos puntos desmentidos por la corrupción que lo invadía en buena parte de sus esferas claves”. Al catedrático Cuenca se ve que le encantó una obra que no fue best seller.   

Este miembro del búnker y ex patrono de la Fundación Francisco Franco fue ‘candidato democrático’ del PP al Senado. Antes de morir rechazó la Ley de Memoria Histórica, la norma que le retiró avenida en Sevilla y la Medalla de Oro Provincial

En noviembre de 2020 es la Universidad de Sevilla (US) la que publica más memorias de Utrera. Se centran entre los años 1956 y 1969, cuando fue gobernador. El libro se fecha en 1987, entonces repreguntamos: ¿Por qué se publican estas prescindibles memorias tras 33 años de elaborarse? La obra la introduce, y añade notas, el doctor y profesor en la US de Historia Contemporánea Julio Ponce Alberca.

Según vigentes leyes de memoria histórica, en 2016 una avenida sevillana que llevaba a Utrera Molina como rótulo se cambió por quien dirigiera en dos etapas El Correo de Andalucía, decano de la prensa hispalense –fundado en 1899-, José María Javierre. Se cumplimentaba un mandato del pleno municipal. Otro acuerdo, de la Diputación Provincial, pactó retirarle la Medalla de Oro a Utrera; sus descendientes lograron que el TSJA revise ese acuerdo.

Utrera fue un político del sector inmovilista del franquismo llamado ‘el Búnker’.​ Fue considerado ‘peón’ del jerarca ultra José Antonio Girón de Velasco, apodado el ‘León de Fuengirola’ según Wikipedia. Pero a Girón no lo cita Utrera aunque le debería ser Gobernador. Otra pregunta surge sobre Utrera Molina: ¿Eso es gratitud o amnesia?  

El libro del Utrera gobernador no tiene desperdicio. Nos centraremos en su etapa hispalense. Quien suscribe corrobora al profesor Cuenca sobre la cursilería e irrelevancia de un trabajo focalizado en el ombligo del personaje. La excepción son sus confesas preocupaciones sociales, su ubicuidad en el cargo y las veces que, sólo o acompañado, visitó a Franco en El Pardo reivindicando a Sevilla. La dibuja en clave de ser ‘mi arma’. En Madrid la rememoraría en sus días de Gobernador ‘en provincias’.

Aunque dice resistirse, Utrera Molina bucea en la Sevilla más folclórica para naturalizarse. Relata emocionarse en fervorosas procesiones pascuales, vanidades feriales o tardes de toros; tampoco soslaya la rivalidad del fútbol: ‘tenía al Sevilla en mi cabeza y al Betis en mi corazón’ (página 203).

Además, este sevillano adoptado no obvia su ideología. Es un coherente falangista que escaló en una España vacía de intelectuales. Como tantos otros camaradas de salón apostó por la ‘revolución [nacional-sindicalista] pendiente’. Mientras llegaba o no tan sustantivo cambio, saborea el cargo, sus prebendas y orilla los tejemanejes de un régimen autocrático basado en la victoria de una guerra entre españoles. Le cuesta a Utrera admitir que los tecnócratas del desarrollismo en los sesenta fueron los que sacaron a España del subdesarrollo, del analfabetismo y crearon la clase media. Los falangistas con cargo se limitaron a lucir medallas, entonar cánticos y darse golpes en el pecho o en las mesas.

Utrera se ufana, vía memorias, del populismo que proyectó [Gobernador para todos, jefe provincial –del Movimiento- para todos, página 183] aunque confiesa que “nunca aspiré a la imposible unanimidad” (página 188). Se autofelicita por multar a un aristócrata latifundista, que hasta identifica, por no laborear sus tierras. Califica sus discursos de referente y afirma recibir miles de cartas de adhesión a su persona y al ‘régimen’.  También cita logros presididos por el fracaso o la interrogante (terminar el inconcluso y manoseado Canal Sevilla-Bonanza y crear un ‘Polo Industrial’).

Es incuestionable que las casi cuatro décadas de franquismo (1939-1975) construyeron miles de viviendas sociales, crearon la sanidad pública, fomentaron la formación profesional y llevaron agua al secano. No es menos cierto que otra dictadura, la de Primo de Rivera (1923-30), construyó 7.000 kilómetros de carreteras, erigió presas, creó las confederaciones hidrográficas, empresas públicas (Telefónica, Campsa, Paradores…) y acabó con la desastrosa Guerra de Marruecos con una habilidad incomparable con una ‘guerra civil’ fratricida. De tal conflicto aún supuran heridas. Es difícil cicatricen si encima el dinero público difunde memorias íntimas que ofenden a las familias de miles de sevillanos con sus restos en cunetas o fosas tras ejecutarlos en paredones.

¿La Universidad avala a Utrera Molina?

Vemos en el libro de Utrera Molina que lo publica la editorial de la Universidad de Sevilla tras dictaminarlo, suponemos, sus nutridos Consejo de Redacción, Comité Científico y Comité Editorial. Además de pagar la edición el presupuesto de una Universidad pública cofinancia el libro el Ministerio de Economía y Competitividad más FEDER, fondos europeos de desarrollo regional.  

Se pregunta este modesto colaborador de Diario16 si tan ilustres docentes, doctores universitarios y gestores de fondos paneuropeos han leído lo que relata Utrera Molina al posesionar el cargo de Gobernador sevillano en su discurso del 14 de agosto, en 1962.

Al finalizar el acto, admite Utrera que constató “frialdades impenetrables, miradas obstinadas y amabilidades fingidas próximas a la hostilidad. Sólo el Teniente General Cuesta Monereo asintió vigorosamente… Cuesta representaba a Sevilla… Era un militar de destacado prestigio en Andalucía. A su coraje, a su inteligencia y a su valor se debía gran parte del triunfo del Alzamiento.” (Páginas 176-77). Preguntas retóricas: ¿Eso es apología del golpe, el novedoso delito de odio o francachela de ultras?   

Tan jubiloso día para Utrera, con su camisa azul, medallas y correas, fue a la sede del ‘Movimiento’ para ser más aplaudido. Desde allí se desplazó para atender la “costumbre de depositar después del acto posesorio una corona de laurel en la tumba del general Queipo de Llano en la Macarena” (Página 179). Hay más preguntas de difícil respuesta, pero se dejan para la vida eterna de la que ya disfruta Utrera Molina.

Según varios historiadores, siendo comandante Cuesta Monereo fue “el director de la conspiración militar para Sevilla y provincia, [Monereo] fue el verdadero cerebro del golpe de Estado de julio de 1936 en Sevilla y uno de los encargados de supervisar y publicar el bando de guerra. Sus labores se ampliaron a otros ámbitos… emitió instrucciones para que en la prensa no apareciera información relacionada con la represión que se estaban llevando a cabo”.

Del General Queipo de Llano ya poco queda que añadir. Que sigan reposando sus restos en un lugar de culto, en 2020, ofende a los miles de sevillanos tirados en fosas que su firma los llevó allí por el odio y la barbarie de un conspirador nato. Lo hizo contra la monarquía, la IIª República y el propio Franco. No sabemos si también urdió algo contra su sombra.

Obviamente, las memorias de Utrera Molina pueden publicarse donde sus herederos lo estimen conveniente. Pero que el dinero público de la Universidad de Sevilla, centro del saber y el conocimiento, pague su edición chirría, y bastante. Utrera Molina, parte del búnker y ex patrono de la Fundación Francisco Franco fue –paradójicamente- candidato democrático del PP al Senado. Antes de morir rechazó la Ley de Memoria Histórica. Esa es la norma que le quitó avenida en Sevilla y la Medalla de Oro Provincial.

También lo reclamó en vano, octubre de 2014, la jueza argentina María Servini de Cumbría. La instructora de la causa penal contra el franquismo dictó orden de extradición contra José Utrera Molina y otros 18 cargos franquistas. Le imputó, a Utrera Molina, por convalidar con su firma la sentencia de muerte de Salvador Puig Antich. La Audiencia Nacional no atendió la orden.

Por último, pedirle respetuosamente al recién elegido -por abrumadora mayoría- rector de la US, Miguel Ángel Castro, que mantenga en la editorial de la hispalense su veterana, cultural y excelente labor. Pero que aplique más Química, de la que es catedrático, a la Física de publicar algo afrentoso bajo el amparo del espíritu universitario. Desechar temas o autores que puedan herir parte de la memoria de un pueblo, el sevillano, no anestesiado y que goza de espíritu crítico es parte de un trabajo que parece no haberse realizado correctamente. La didáctica es así, Magnífico Rector.

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