Una foto inmortaliza el instante: un rider de Uber Eats trata de pasar entre las barricadas de la identidad. Está ocurriendo. Barcelona, España. El capitalismo más salvaje campa a sus anchas, imperceptible para los devotos de la frontera.

Porque de eso va, una vez más, este asunto. De fronteras imaginarias, no aquellas otras que, mal que bien, aceptaron las revoluciones democráticas como decantaciones históricas – arbitrarias, potencialmente superables en un mañana más justo, sí – cuya funcionalidad imperativa tenía validez, pues era la de garantizar dentro de las mismas unidades de justicia y distribución donde se ejercieran derechos y no se reverenciaran mitologías. Las otras fronteras, las étnicas, las de la pureza de sangre, las que asolaron a sangre y fuego medio mundo, para cualquier ser humano limpio de mente son el último eslabón de la indignidad. Por eso sueña con ellas una ideología tan obscena y nauseabunda como el nacionalismo.

El fuego y las barricadas, dicen algunos despistados, son los símbolos de otra Semana Trágica. Pero como dijo Marx, la segunda vez la Historia siempre se repite como farsa. No hay obrerismo aquí, sólo nacionalismo. Y es que las barricadas de la identidad son tan ajenas a cualquier reivindicación social que, ante los ojos de sus fieles, los derechos del explotado rider que trataba de abrirse paso entre las mismas para ganarse una ínfima retribución no son ya secundarios, sino directamente inexistentes.

La prioridad de los manifestantes, espoleados por un gobierno derechista y neoliberal que con una mano les pide que aprieten y con otra les reprime, es hacer sonar bien fuerte la voz del supremacismo tribal: nosotros frente a los otros. No porque seamos de una clase social oprimida o subalterna y luchemos por unos derechos, sino porque nacimos aquí o allá y eso nos hace diferentes, mejores, hasta tal punto de creernos ungidos de la escalofriante potestad de privar a millones de personas de sus derechos, de la condición de posibilidad para ampliar esos derechos. Ya saben: la indignidad de tener el alma controlada por la geografía, como dijo Santayana. Como participamos de una especial identidad, podemos romper el Estado, privatizando lo que es de todos, el territorio político. El privilegio frente a la igualdad. La reacción en marcha.

No hay nacionalismo de izquierdas, aunque en el erial de la falsa izquierda española se siga buscando, como aguja en un pajar, semejante imposible. Porque el nacionalismo es ontológicamente reaccionario. Una ideología enemiga del concepto de clase social, de cualquier reclamación de índole social, de cualquier noción redistributiva. Una ideología que sueña con ciudadanos convertidos en extranjeros, que entiende que un andaluz o un extremo no se merecen la solidaridad y la redistribución de un catalán o un vasco. Algo tan aberrante solo puede estar a la altura moral de la Liga Norte. A la altura del subsuelo, donde la degradación ética todo lo invade. De una liga norte en sentido amplio, la liga norte de allí – hoy Lega, la de Salvini, ya saben, el socio de Vox que apoya a nuestros racistas locales – y la de aquí. Porque en eso, en la querencia reaccionaria, no hay fronteras que valgan.

El supremacismo y el racismo étnico no pueden admitir condenas asimétricas, un no a Salvini pero un sí a Torra. Al menos si nos tomamos mínimamente en serio la hermosa proclama de la Internacional, esa que algunos amnésicos, autodenominados de izquierdas, desprecian cada día: el género humano es la Internacional. La Internacional nacionalista solo cabe en la cabeza de un psicópata, o en la de un impostor. Pueden elegir.

La superstición a la que se apela resulta ya totalmente inútil: seduzcámoslos, nos dicen. Seducir a los que anhelan un apartheid contemporáneo es una idea aberrante. Porque a quien desprecia los más desfavorecidos, al que practica un infame supremacismo para con sus iguales, a quien no quiere redistribuir con los demás españoles esgrimiendo un discurso de pureza étnica, al reaccionario en definitiva, no se le puede rendir pleitesía. Hay que combatirle política e ideológicamente, sin titubeos.

Mientras ignoran la precariedad a la que contribuyen sus políticas neoliberales, mientras implementan recortes sociales brutales y privatizaciones por doquier, mientras saquean las arcas públicas para construir su alambrada étnica, trabajan contumazmente contra cualquier noción de internacionalismo y solidaridad. Exigiendo, en el culmen de la hipocresía, impunidad. Como los peores potentados de la Historia, el estatus de intocables. Así son los devotos de la identidad. Lo peor de la peor derecha. Pero lo peor no es esa derecha nacionalista y racista que ha tomado las calles. Lo peor, lo más triste, es que unos descerebrados usurparon la izquierda para justificar sus desmanes, y hoy todos sufrimos las consecuencias del despropósito.

¿Revolución? Será la revolución de los idiotas. No olvidemos la magistral canción de Georges Brassens: todos los idiotas han nacido en alguna parte.

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Nací en Madrid en noviembre de 1989. Me licencié en Derecho en 2011 por la Universidad Autónoma de Madrid. Máster en Práctica Jurídica por la EPJ de la Universidad Complutense de Madrid en el año 2013. Desde hace más de cinco años me dedico al ejercicio libre de la abogacía en las jurisdicciones civil, penal y social, así como en el Turno de Oficio. Curso estudios de Ciencias Políticas en la UNED. Formé parte del Consejo de Dirección de Unión Progreso y Democracia. En la actualidad, soy portavoz adjunto de Plataforma Ahora y su responsable de ideas políticas. Creo firmemente en un proyecto destinado a recuperar una izquierda igualitaria y transformadora, alejada de toda tentación identitaria o nacionalista. Estoy convencido de que la izquierda debe plantear de forma decidida soluciones alternativas a los procesos de desregulación neoliberal, pero para ello es imprescindible que se desembarace de toda alianza con el nacionalismo, fuerza reaccionaria y en las antípodas de los valores más elementales de la izquierda.

10 Comentarios

  1. Bueno…dices muchas cosas, y muy bien argumentadas, en tu articulo, de las cuales a mi me parece que se puede extraer una conclusion, simple por sintetica, que no por simplista: De donde mayoritariamente no hay, no se puede sacar

  2. Pues a mi me parece que andas algo despistado, lo que tu entiendes como un sentimiento nacionalista catalàn, es mas bien una reacción antinacionalista catalans frente al ultranazionalismo español que campa a sus anchas por toda la pàtria hispana.

    • ¿Pero de qué ultranacionalista español me habla? Si lo único que hay es Vox y, precisamente, nació a raíz de la tomadura de pelo de los independentistas….

  3. Una demostración de que uno puede haber realizado muchos estudios universitarios y coleccionar Masters pero puede continuar con la cabeza hueca como un balón de fútbol, como lo demuestra que alguien que ha formado parte del Consejo de Dirección de un partido filo-fascista como UPyD, ahora presuma de ser de izquierdas y no nacionalista. esto solo puede ocurrir si no se tiene ninguna idea ni convicción concreta dentro de la cabeza.

  4. Un tipo que ha pertenecido a UPyD, muchas neuronas no tiene. Le aseguro que neoliberal era su opción politica. La del govierno de la Generalitat en absoluto. Me puede o no gustar Torra. Y lo de supremacismo y racismo étnico es lo que le ocurrió a su partido. Menos mal que ya no existe.

  5. ¿por qué decimos rider en vez de repartidor? Dejemos de maltratar el idioma contaminándolo con anglicismos.

  6. O sea, si he entendido bien, y extrapolando, España no debe tener fronteras. Y que un magrebí, un subsahariano, un sirio no deben considerarse extranjeros y se merecen la solidaridad y la redistribución de español o un alemán. Y «las fronteras étnicas», «de la pureza de sangre», que «asolaron a sangre y fuego medio mundo», y que «para cualquier ser humano limpio de mente son el último eslabón de la indignidad» y que «por eso sueña con ellas una ideología tan obscena y nauseabunda como el nacionalismo» también se aplicará a las fronteras de España, ¿o a ese nivel ya no es nacionalismo?

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