Foto: Flickr Rubén Vique

«Las entidades se tienen que tomar muy en serio su conducta con los clientes para mejorar su reputación, lo que tendrá consecuencias positivas para las propias entidades. La reputación se ha visto muy erosionada durante la crisis, debido a las malas prácticas del sector». Estas declaraciones, realizadas en diferentes momentos, corresponden al gobernador del Banco de España, Pablo Hernández de Cos, quien acostumbra a manifestar lo que piensa y opina sobre los hechos concernientes a al ámbito financiero y no lo que otros quisieran escuchar de un alto cargo como es el suyo.

Grandes empresas y grandes bancos han jugado fuerte con sus clientes y les han pillado. Y no ha sido en una cosa, sino en muchas. La principal consecuencia es la pérdida de confianza en estas corporaciones, lo que no es interesante para nadie.

En una muy añorada época de las entidades financieras, la primera etapa de Rafael Termes en la Asociación Española de Banca, se le preguntó a uno de los presidentes de los entonces siete grandes bancos lo siguiente:

– ¿Qué es lo que vende la banca?

– Confianza.

Lo contestó en un instante y sin dudarlo, porque entonces ese era un valor principal y existía un gran empeño en que los clientes lo percibieran porque, no en vano, confiaban al banco su dinero.

Posteriormente, los bancos españoles se «modernizaron» y empezaron a regalar ollas exprés, boletos para el crucero del amor, equipos de HI-FI y otras fruslerías que atraían clientes que buscaban el regalito sin importarles poco o nada la entidad de la que se tratara. El caso era «pillar» algo, aunque fuera un reloj con el logotipo del banco, convirtiéndose de esta manera en hombre/ mujer anuncio sin coste para el que regalaba tan generosamente.

Con el tiempo se depuraron y sofisticaron las técnicas de acción financiera y, con el especial protagonismo de las que se llamaron cajas de ahorro, la banca entregó su corazón al ladrillo con el resultado conocido como crisis bancaria, cuando lo que fue es un problema de mala gestión y de asunción irresponsable de riesgos.

Desaparecieron las cajas, se enterró dinero de los ciudadanos, 67.000 millones de euros, de los cuales, según el Banco de España, se recuperará un tercio, si llega y aquí no ha pasado nada. Tan es así que la comisión parlamentaria que estudió la crisis de las cajas de ahorro dictaminó, con el voto de todos los partidos, que no existía responsabilidad de los políticos ni de las instituciones públicas en lo ocurrido. Juan Palomo de líder espiritual de unos políticos que rechazan las responsabilidades de otros políticos, como ellos, y de sus propios partidos. Ese es el riesgo que se corre cuando todo está intervenido por la política.

Cuando se pensaba que el maremoto bancario se había apaciguado empezamos a conocer que determinadas prácticas de las entidades eran abusivas, injustificadas y, además, ilegales.

Aparecían en escena, además del coste del rescate, las preferentes, gastos hipotecarios, cláusulas suelo, comisiones o la escandalera de las jubilaciones millonarias, incluso en entidades rescatadas con dinero de los ciudadanos. Desde la Unión Europea y sus órganos judiciales, además desde nuestra propia Justicia, se han dictado numerosas sentencias y resoluciones desmantelando el tenderete. Ahora, poco a poco, los clientes van recuperando el dinero que su banco les quitó irregular o ilegalmente.

Bien, hasta aquí llegó la crisis bancaria, que no fue otra que la que las mismas entidades, no todas, crearon. Pues no, porque quedaba una traca final, más grave si cabe y que ha hecho más daño y a más de 300.000 personas, mayoritariamente familias, pymes y profesionales: Banco Popular. Algunos con una goma de borrar desde Bruselas y otros con igual artículo desde Madrid borraron literal y materialmente este banco aduciendo su mala situación. Quizá fue peor cuando empezaron a justificar la fechoría. Mejor que se hubieran callado porque para decir lo que dijeron es mejor estar callados y que se aguataran la risa.

Anacleto levanta las alfombras de la competencia

Estamos en una época en la que las grandes empresas alardean de su transparencia, comportamiento sostenible, responsabilidad social, compromiso con la cultura y el deporte, en especial femenino y discapacitado y de control de sus procedimientos. Buen Gobierno que le llaman. Todo ello trasladado al público mediante enormes cantidades de dinero a veces a través de sus propias fundaciones con lo que conlleva de ventajas varias. Redes sociales, publicidad en varios formatos, incluida la novedosa de «Contenido patrocinado», financiar iniciativas de índole diverso, la malla se extiende con amplitud inabarcable.

Y cuando todo esto está ocurriendo, cuando algunas grandes empresas podrían pensar que a través de la inversión podrían domar al dragón de la opinión pública llega Anacleto, agente secreto, el forma del ex comisario de Policía José Manuel Villarejo, actualmente en prisión, y por eso mismo, para decirnos que iconos de la empresa española BBVA, Caixabank, Repsol, Iberdrola  Santander, Telefónica e Indra, le pagaban presuntamente un dineral por espiar a su competencia o por saber cosas, a poder ser malas claro, de quienes amenazaban su paz por la vía de la legítima y legal de la lid por el control accionarial de la corporación.

Y aquí, otra vez, lo mismo de siempre, lo que ocurrió en la Gürtel, la Púnica y otras celebridades de la corrupción: les terminaron pillando. ¿Qué han hecho mal para que les pillen? Haber hecho cosas que no se deben hacer y no solo porque se encuentran ante un presunto ilícito penal, sino que se juegan su reputación, su fama, su prestigio.

Y lo que es peor, ponen en riesgo el principal valor de sus empresas: la confianza, que es el producto que venden.

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