Las derechas están tratando de recuperarse del shock que ha supuesto tener que ver al ídolo caído. El día que Juan Carlos I se exilió de España será para un nostálgico tan dramático como aquella fría mañana de 1975 en la que un Carlos Arias Navarro en blanco y negro y con interferencias compareció en TVE, con rostro compungido y lágrimas de cocodrilo en los ojos, para decir aquello de “españoles, Franco ha muerto”. Para un conservador, y no digamos para alguien de extrema derecha, el emérito siempre ha representado el símbolo de la unidad indisoluble de la patria, el continuismo a través de los tiempos, el engarce perfecto de una democracia a medias e imperfecta con el Antiguo Régimen franquista. Pero de buenas a primeras el tótem, el fetiche, se les ha venido abajo, colorín colorado el cuento de hadas y príncipes se ha acabado, y ahora urge inventar un nuevo relato a toda prisa. Pablo Casado ya ha expresado su “respaldo” a la Casa Real frente a los “ataques” de algunos ministros del propio Gobierno, mientras Santiago Abascal ha advertido de que si de lo que se trata es de avanzar hacia la instauración de una Tercera República “la nación no lo va a permitir”.

Los dos principales partidos del bloque conservador se han puesto manos a la obra en la difícil tarea de reconstruir la monarquía borbónica, una institución que dicho sea de paso se ha buscado ella solita la ruina con los vicios, costumbres y negocios más que inmorales e ilegales de algunos de sus miembros. De lo que se trata ahora es de maquillar a Felipe VI, vestirlo con el traje blanco de marinerito, perfumarlo y que pueda salir lo más limpio e incólume posible de esta marea de fango que ha llegado hasta las escaleras mismas de Zarzuela. Y en esa misión, por descontado, no faltará el apoyo logístico de la poderosa caverna mediática, que ya ha puesto a todos sus generales y vejestorios del periodismo, becarios dispuestos a dar la vida por el rey y rotativas a toda máquina en la misión imposible de salvar al soldado Felipe. Los artículos que se están publicando estos días en los periódicos de la derecha se podrían clasificar bajo dos grandes categorías: el esperpento y el surrealismo. Salvador Sostres, un suponer. El columnista del ABC asegura en uno de sus últimos alegatos que “los reyes, como los papas, no tienen que ver con los hombres sino con Dios. Es estúpido juzgar a los monarcas con criterios terrenales y además no sirve de nada. La monarquía es un don, una encarnación divina; ni es democrática ni está sujeta a las leyes que los hombres nos hemos dado, ni queda totalmente a nuestro alcance comprender su última profundidad y significado. Un rey no nos representa a nosotros sino a Dios. Su idioma es el de la eternidad y es nuestra tarea de mortales tratar con devoción de traducirlo, de descifrarlo, aun sabiendo que el intento no va poder librarse de nuestra natural imperfección”. ¿Pretende tomarnos el pelo el bueno de Sostres o acaso la ola de calor que sufre España le ha afectado provocándole una grave insolación?

En los últimos días, la derecha española ha pasado de guardar un elocuente silencio ante la ignominiosa investigación abierta en Suiza por el fiscal Yves Bertossa a tratar de convencer a la opinión pública de que el rey emérito, pese a estar investigado por fraude a Hacienda, cobro de comisiones y blanqueo de capitales, es una persona privada que puede entrar y salir de España con entera libertad y a voluntad. Es decir, según el discurso de los poderes fácticos reaccionarios, el emérito ya no es nadie, no forma parte de la Jefatura del Estado, por lo que lo justo sería dejarlo en paz y no pedirle cuentas ni responsabilidades. Como si el viejo monarca no hubiese ostentado durante cuatro décadas el trono del Reino; como si no gozara ya del título de rey emérito, un diploma honorífico, pero rey a fin de cuentas; como si allá donde fuese con su muleta, sus gafas oscuras y su campechanía no representara, con todas las de la ley, a nuestro país. Todas esas coartadas caen por su propio peso simplemente por ridículas y carentes de la más mínima base lógica y racional. Y ahora, fracasada la operación para desvincular a Juan Carlos de la importante investigación judicial en curso, lo que se impone es apelar al Derecho Divino y Canónico. El discurso de Sostres argumentando que es Dios quien con su espíritu celestial insufla de legitimidad a la monarquía es propio de hace quinientos años. Ahora resulta que Juan Carlos I es algo así como un encarnado representante del Altísimo en la Tierra, el papa de la Transición, una divinidad que no entiende de leyes terrenales, ni de democracias, ni rinde cuentas ante nada ni ante nadie. El puto amo del Universo. En su intento por devolvernos a la Edad Media, a los tiempos del absolutismo y de la Ley Divina, en su desesperada tarea de justificar lo injustificable, las derechas españolas están terminando de darle la última puntilla a la monarquía española. Todo lo que no sea exigir transparencia, cumplimiento de la legalidad y justicia será echar una palada más de tierra sobre la ya languideciente institución. Si la suerte de Felipe VI depende de Casado, Abascal, Sostres y la Brunete mediática, su futuro es más oscuro que los sótanos acorazados de todos esos bancos suizos donde el emérito supuestamente ocultaba sus prófugos tesoros.      

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