Cuando llego ya está hasta la bola de la bandera. Saludo a mi jefe, que ya está dentro, y sonrío a la chica de la entrada.

-¿Tienes carnet?

Pongo mi mejor cara de Walter Flores.

-Hay que hacérselo.

Es guapísima, con unos ojos de esos que hacen que me olviden de hasta como me llamo. Me hago el carnet y además la sonrío con mi mejor cara de besugo.

-Siéntate donde puedas.

Prefiero deambular por el doble piso de la factoría de los creadores y las ideas. Veo a Maxi Rey, el hombre que más videos de eventos culturales ha hecho en la historia de Mad Madrid City, y al director del circo: Señor Scarpa. También veo a Pablo el poeta cooperante, y a la pantera, que en ese momento está hablando con Don Puebla. Me entra la señora de las tetas, llamada así porque en el piso de arriba tiene montada una exposición con glándulas mamarias fijas y animadas; charla y charla y me fugo como puedo, en busca de una cerveza.

-Hombre hola -digo a un tipo que no me reconoce, pero yo a él sí: el poeta y publicista Sebastián Fiorilli.

-Es el antiguo secretario de Javier Puebla -dice Antonio Rómar explicándome, y Fiorilli asiente.

-Ah sí, el de la Nova Troba Cubana.

Sonrío.

Va a empezar el show y tengo que elegir entre colgarme del techo: lo hago muy bien, hice de doble de Spiderman en la versión gore: El hombre araña en Mad Madrid, o ponerme al pie de la escalera, desde donde no se ve nada, pero se siente el ambiente, que es siempre lo mejor de las reuniones tumultuosas. Elijo el pie de la escalera, tras comprobar que no he echado en la mochila el disfraz de Spiderman. Empieza la fiesta.

Porque ese es el pretexto, que se inaugura la Piscifactoria. Y comienzan a aparecer los artistas como la hierba atravesando el asfalto en África en la época de lluvias.

Abre el director del circo, que ante su público se presenta con su nombre de dni: Gonzalo Escarpa; como casi siempre brillantísimo (una vez le vi fatal, al borde del agotamiento y sin energía, y eso me hizo apreciar aún más la magia y el esfuerzo que logra y hace todos los demás días).

Luego siguen poetas, cantautores, bailarinas, el incalificable Sergio Artero… y muchos más.

Enormes cantidades de talento reunidos en el local suficiente pero no grande que ocupa la nueva sede La Piscifactoria, y cuyos prestigiosos talleres van comenzando gota a gota.

Veo a María Salas, la bailarina, de espaldas cimbreando las caderas y con el pelo brillando como sucede en las películas. Es extraño seguir un espectáculo desde la trastienda; me gusta.

Aún faltan un montón de actuaciones cuando veo que mi jefe, Puebla, que me debe dinero: le he pasado entera al ordenador su nueva novela, se escabulle por la pequeña puerta de metal y negra. Corro tras él, pero me para la chica de los carnets y los ojos con poderes. Intercambiamos cortesías y abrazos: cuando por fin salgo ya no hay rastro de mi jefe. Mala suerte. Aunque seguro que me habría dicho que no llevaba suficientes euros encima.

No importa. La ciudad está llena de vida, y me sumerjo en ella, aún fascinado por la cantidad de talento que cabía cabe y cabrá en la pequeña y guerrillera Piscifactoria.

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