Para entender la realidad, lo que pasa, nos apoyamos continuamente en modelos ya experimentados y hacemos trasvases de una área de conocimientos a otra. Interpretamos hechos políticos a la luz de conceptos de la física teórica, entendemos conceptos económicos usando la psicología cognitiva, las diferentes jergas deportivas se utilizan en las prácticas empresariales de este modo el entretenimiento está asegurado y todos hablamos de los que no conocemos haciendo como si…

Usando estos mimbres o parecidos intentaré hacer una cesta para entender qué ha ocurrido desde la última campaña electoral, el posterior resultado y la elección del presidente del gobierno en un debate bronco en el congreso de los diputados. Para ello me apoyaré en dos eminentes filósofos: Aristóteles y Heráclito.

El candidato a presidente de gobierno, tanto en la campaña electoral como en el debate de estos días para su investidura, se comporta, como dice Aristóteles, como una de las máximas nociones del género trágico de doble caracterización: una, el reconocimiento (anagnórisis) es un recurso narrativo que consiste en el descubrimiento por parte de un personaje de datos esenciales sobre su identidad y esto es debido a otra de las máximas característica que es: la peripecia (peripétia) Una peripecia es un cambio de planes impulsado por un acontecimiento imprevisto que obliga a una reacción. De este modo, al producirse el hecho accidental, el estado de una situación se modifica y se hace necesaria una nueva acción o conducta.

Lo característico de este candidato es que el vuelco, la peripecia y el reconocimiento, coinciden en la misma persona. En el vuelco, el cambio de situación, propicia su reconocimiento. Sin este vuelco, sin esta peripecia, el candidato no se reconocería y esto no lo afianzaría como valedor de ser candidato a presidente del gobierno.

Esta mudanza de la fortuna sufrida por el aspirante sólo puede ser atribuida, si nos guiamos por el fragmento de Heráclito a que «El carácter es el destino del hombre», a la acción libre y moral de nosotros mismos – nuestro “carácter”- determinará nuestro «destino», y a la inversa: nuestro «destino» no es una mera necesidad o fatalidad natural extrahumana sino que justamente depende del «carácter», del «modo de ser y de estar», de la morada interior del hombre. Y sí, el «carácter» es una construcción libre.

Llegamos así de la mano de Heráclito a la conclusión de que nuestro destino está cifrado por nuestro carácter y de esta conclusión se desprenden dos noticias, una buena y una mala: la buena noticia es que nuestro destino no está escrito de antemano, nosotros lo vamos escribiendo a cada instante: la mala es que Heráclito no nos dijo que eso fuera fácil, al contrario, dejó claro que sólo algunos elegidos lo lograban.

De momento podemos ver que a nuestro héroe la peripecia junto al reconocimiento le ha quebrado el carácter y el destino se ha hecho esquivo. Otra forma de verlo más ad hoc sería: el candidato ahora presidente del gobierno a través de una peripecia, de un contratiempo, ha adquirido un reconocimiento de sí mismo que antes no tenía. Ahora ya sabe que no es un milhombres. Este reconocimiento le ha conferido un carácter, una manera de ser, que le ha conducido a su destino. De cestos y mimbres.

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