Cada reflexión suya sobre la igualdad de género y la lucha del feminismo por alcanzar esta meta cada vez más cercana es una sentencia que se eleva a la categoría de máxima incuestionable, pese a los vientos involucionistas que corren, y que Octavio Salazar interpreta como “los últimos estertores de una masculinidad que se da cuenta que tiene sus días contados”. Catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Córdoba y miembro de la Red Feminista de Derecho Constitucional, Octavio Salazar cuenta ya con una amplia obra de referencia sobre la igualdad de género y nuevas masculinidades. En 2017 recibió el Premio Hombre Progresista del Año, concedido por la Federación de Mujeres Progresistas de España, entre otros reconocimientos. En La vida en común. Los hombres (que deberíamos ser) después del coronavirus, editado por Galaxia Gutenberg, aborda la oportunidad real que se ofrece a la sociedad en general para asumir los retos que nos ha impuesto la pandemia con el fin de acometer una transformación radical hacia nuevas masculinidades que faciliten el objetivo de una igualdad real de convivencia entre los sexos. Aunque es claro al respecto: “No pienso que los varones protagonicen esa transformación revolucionaria”.

¿Qué le lleva a pensar que los varones, después de la pandemia, reconducirán su estatus de dominación preponderante en la actual sociedad patriarcal que se prolonga ininterrumpidamente desde tiempos inmemoriales?

No pienso que los varones protagonicen esa transformación revolucionaria, lo único que creo es que la crisis que estamos viviendo, y que no es solo sanitaria, puede ser una magnífica oportunidad para que mujeres y hombres nos replanteemos buena parte de las cláusulas de nuestro pacto de convivencia. Y, claro, eso pasa, de manera esencial, por que los hombres nos bajemos del púlpito público, reconozcamos a las mujeres como sujetas con equivalente poder y autoridad, y asumamos responsabilidades que en lo privado siguen siendo en su gran mayoría responsabilidad de ellas. La pandemia podría ser, de la misma manera que lo está siendo en otras dimensiones, una palanca que nos permitiera, en lo personal y en lo político, avanzar hacia una democracia paritaria. Y, de manera singular en nuestro caso, además,  empezar a desmontar ese mandato de género que vincula masculinidad con omnipotencia. Deberíamos tomar buena nota de todo lo que esta pandemia nos está enseñando sobre la vulnerabilidad que como humanos nos caracteriza. Y, por tanto, también, sobre la necesaria interdependencia de los otros y de las otras.

¿Por qué cree que, precisamente ahora que el feminismo está empujando con fuerza hacia una sociedad más igualitaria y justa, el patriarcado no reaccionará de forma aún más virulenta que la que muestran formaciones políticas y corrientes sociales machistas, negacionistas y patriarcales?

Una de las cosas que nos ha demostrado la historia es la gran capacidad del patriarcado para reinventarse y adaptarse a cada momento histórico, y justo ahora tiene un aliado magnífico en un neoliberalismo, no solo sexual, sino también político y económico, que se nutre del patriarcado y al mismo tiempo lo engorda. Por eso no creo que sea posible cuestionar el sistema sexo/género sin cuestionar también las estructuras de poder político y económico que son la mano que mece la cuna.

“No creo que sea posible cuestionar el sistema sexo/género sin cuestionar también las estructuras de poder político y económico que son la mano que mece la cuna”

El contrato social que propone en La vida en común parte de asumir nuestra necesaria interdependencia entre sexos para poder llegar a una sociedad más humana, igualitaria y sostenible. Ese es el qué. Pero, y el cómo, ¿cómo se pone en práctica para que llegue a triunfar y a calar a todos los niveles en la sociedad?

Para llegar a ese nuevo modelo de sociedad, a ese nuevo pacto, hacen falta cambios personales pero sobre todo cambios políticos. Hace falta remover estructuras de poder y cambiar la prioridades de la política. Hay que reforzar un Estado social que deje de ser “familiarista” y que asuma los cuidados como eje central de su acción transformadora, hay que cambiar nuestro modelo de trabajo y la organización de los tiempos, incluso hay que revisar un modelo impositivo que sigue privilegiando el eje hombre proveedor/mujer dependiente. Y necesitamos un cambio de paradigma, de tal manera que situemos la sostenibilidad de la vida en el centro y que superemos la masculinidad como cultura, como mandato que define no solo a los varones sino también a los poderes, a las instituciones y a nuestra manera de relacionarnos. Se trata, nada más y nada menos, que del cambio revolucionario que persigue el feminismo: ir a la raíz de la desigualdad de mujeres y hombre, que es una cuestión de desigual estatus, y arrancarla con la forma y la sustancia de una democracia paritaria. Hasta que no lleguemos a ella, tendremos un sucedáneo de democracia y una imperfecta igualdad.

Precisamente ahora que el feminismo ha llegado a un punto impensable hasta hace muy poco de visibilidad y protagonismo, parece que las corrientes reaccionarias que niegan la lucha por la igualdad van ganando espacio a pasos agigantados. ¿A qué cree que se debe este fenómeno involucionista?

Evidentemente ante los avances en igualdad y la fuerza global del feminismo, y tal y como ha pasado en otros momentos históricos, hay una reacción machista y un peligroso discurso, que ha llegado incluso a las instituciones, que trata de frenar al feminismo, que niega lo evidente y que genera confusión y mucha ruido, y que no es más, entiendo, que los últimos estertores de una masculinidad que se da cuenta que tiene sus días contados.

Hay muchos hombres que se sienten agraviados, al ir perdiendo el estatus de superioridad que les daba su rol tradicional de proveedores, al tener que convivir con mujeres que ya no se someten, al no ser los únicos que tienen voz pública. De ahí que muchos proyecten por ejemplo en la sexualidad todo esa necesidad de apropiarse de otro, en este caso de otra, para confirmar su virilidad. El consumo de pornografía y prostitución, o el aumento de las agresiones sexuales, son el ejemplo dramático de cómo la sexualidad es el territorio en el que ahora muchos hombres pretenden mantener su rol de depredador. Por tanto, tenemos que estar muy alerta ante esta involución, y aquí los hombres tenemos una imperiosa obligación de no ser cómplices con estas reacciones. Guardamos demasiados silencios y nos acomodamos para no ser objeto de ataques o de cuestionamientos. Y un reto esencial sería comprometernos públicamente contra cualquier individuo, acción o discurso que cuestione la igualdad, que ataque a las mujeres o que ponga en entredicho la justicia del feminismo.

¿Hace algún bien a la lucha por la igualdad que las principales formaciones políticas progresistas exhiban despiadadamente sus luchas cainitas en torno a los inminentes avances del feminismo?

Evidentemente no. Si hay algo que he aprendido del feminismo son otros métodos y otras estrategias, menos competitivas y jerárquicas, más horizontales, para la toma de decisiones e incluso para la gestión de los conflictos. Creo que estas formaciones políticas no hacen sino reproducir comportamientos propios de esos “pactos juramentados entre varones” que tan bien describió Celia Amorós y se exhiben en una especie de reproducción de la clásica competición machista consistente en demostrar “quién la tiene más larga”. Demuestran además que la masculinidad como mandato no afecta solo a los hombres, que el machismo es transversal a todas las ideologías, y piden a gritos unos cuantas lecciones de sororidad. Deberían abandonar la concepción, tan masculina, del poder como algo que se tiene y que otorga estatus, y asumir su entendimiento como “potencia” para transformar la realidad.

“El consumo de pornografía y prostitución, o el aumento de las agresiones sexuales, son el ejemplo dramático de cómo la sexualidad es el territorio en el que ahora muchos hombres pretenden mantener su rol de depredador”

Si el feminismo es sólo uno y no tiene apellidos de ningún tipo, ¿por qué los partidos de izquierdas se empecinan en imprimir su sello personal y partidista a esta lucha transversal, global y en absoluto partidista?

Yo entiendo que el feminismo, en cuanto teoría y pensamiento político, tiene unas raíces y unos mínimos que no son objeto de debate: la lucha contra la subordinación de las mujeres que es paralela al dominio masculino y, en consecuencia, la apuesta por una lógica emancipadora que libere a todos los seres humanos de cualquier tipo de esclavitud y explotación. A partir de ahí, creo que como ocurre con cualquier propuesta teórica, y también con todos los movimientos sociales, puede haber distintas maneras de entender las vías para lograr ese objetivo o las estrategias políticas para ir superando el patriarcado y la cultura machista. Además, el feminismo está necesariamente atravesado por factores interseccionales, por la diversidad de mujeres, mucho más en un momento como éste en el que su dimensión global es innegable. En el mismo movimiento sufragista hubo debates, a veces muy tensos e intensos, sobre los métodos a utilizar. En los años 60/70 se plantearon en Estados Unidos diversas lecturas desde las voces de las mujeres afroamericanas y lesbianas. No creo que esa pluralidad de voces y propuestas sea negativa, al contrario, lo único que me parece peligroso es que ese “mercado de la diversidad” que vivimos en el feminismo acabe siendo una etiqueta vacía que cada cual llene del contenido que más le favorezca.

Un año después de iniciado el confinamiento, y tras duras medidas contra la libertad de las personas debido a la crisis sanitaria, ¿cree que estamos perdiendo la oportunidad de oro que esta situación excepcional nos brindó para hacernos más humanos?

Me temo que sí. Aunque yo nunca fui de los que pensaron que de esta crisis saldríamos mejores, sí que tuve en un primer momento la esperanza de que no tanto en lo individual, que también, sino sobre todo en lo colectivo y en lo público esta crisis sirviera para replantearnos prioridades, estrategias y hasta objetivos. Pero me temo que seguimos enfrascados en unas dinámicas perversas, de luchas partidistas y de poca inteligencia colectiva, donde sigue faltando una dimensión cooperativa de la política, la cual necesitaría a su vez de una ética cívica compartida que, me temo, está ausente. Creo que es urgente que nos situemos en el eje ético y político de nuestras democracias la protección de los bienes comunes, la garantía de los derechos sociales, el valor económico y social de los trabajos de cuidado. Es el futuro del planeta, y por tanto de la Humanidad, lo que tenemos en juego.

Las redes sociales están teniendo un papel protagonista en calar poco a poco en la lucha por una igualdad real, pero al mismo tiempo están contaminando y sembrando un nuevo machismo quizás aún más virulento y ancestral. ¿Cómo logramos que nuestros jóvenes sepan separar la paja del grano?

Es urgente que incorporemos todos esos nuevos lenguajes y espacios de comunicación e interacción social en las estrategias educativas. Seguimos en gran medida educando a nuestros jóvenes con herramientas que son del siglo XIX y difícilmente podemos convertirlos en ciudadanas y ciudadanos responsables y críticos si no trabajamos con ellas y con ellos las luces y las sombras de las nuevas tecnologías. Hace falta una educación en el lenguaje audiovisual, como muy bien explica Yolanda Domínguez en el libro que acaba de publicar sobre cómo se construyen y reproducen los estereotipos. Pero la responsabilidad no es solo de la escuela, también la tenemos los padres y las madres, o las mismas empresas tecnológicas, o de las que dependen medios de comunicación, o que venden publicidad. La responsabilidad social de las empresas sigue siendo un agujero negro de los Estados de Derecho.

La clave de todo seguirá estando en la educación. ¿Por qué las instituciones no redoblan esfuerzos en este sentido a todos los niveles administrativos?

Porque la educación en este país, desde la misma elaboración de la Constitución de 1978, ha sido un arma arrojadiza entre los partidos y ha faltado, y sigue faltando, asumir que la misma, en una democracia, no es solo un derecho social fundamental, sino también un derecho político en cuanto que es clave para la ciudadanía. La educación es la herramienta esencial para lograr que los individuos empiecen a despojarse de cadenas, para que puedan reequilibrarse repartos injustos de méritos y oportunidades, para que finalmente no seamos domesticados por los “poderes salvajes” de los que habla Luigi Ferrajoli. Y justamente por todo eso, y no solo porque sea un vehículo para la transmisión de conocimientos, las políticas educativas deberían ser las prioritarias, en atención y en recursos, en coordinación y en dinámicas cooperativas, en proyección a largo plazo y no con la urgencia del presente. Me temo que todo lo contrario a lo que habitualmente hacen nuestros representantes con esta materia, que además, en los últimos tiempos, tan lastrada está por una concepción muy neoliberal del sistema y por un peso excesivo de la meritocracia que finalmente provoca múltiples exclusiones. En el caso concreto de nuestro país, no avanzaremos, entre otras cosas, mientras que tengamos el lastre de la educación concertada y mientras que no hayamos culminado la transición de un Estado confesional a uno laico.

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