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La OMS alertó en 2013 de que las patentes de los coronavirus dejaban desprotegida a la población

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En mayo de 2013, durante el encuentro anual de la Asamblea Mundial de la Salud, la directora de la OMS, Margaret Chan, denunció que las patentes relacionadas con nuevas cepas de coronavirus estaban limitando la investigación científica e impidiendo que las naciones ofrecieran una debida protección a sus ciudadanos. Además, el viceministro de Salud, Ziad Memish, expresó su preocupación por el hecho de que los poseedores de la patente del virus MERS-CoV (un antecedente y primo hermano del covid-19) no permitieran a los científicos utilizar el material patentado, lo que retrasaba el desarrollo de pruebas de diagnóstico y de las respectivas vacunas.

Los coronavirus humanos se descubrieron en los años 60 y desde entonces incluso los que tienen origen natural se han manipulado en los laboratorios, no solo con fines científicos, también industriales. Según ABG Intellectual Property, una firma especializada en propiedad industrial e intelectual líder en Europa, la patente con número de publicación EP 3172319B1, solicitada por The Pirbright Institute y concedida por la Oficina Europea de Patentes, protege en realidad a un coronavirus atenuado que comprende una variante del gen de la replicasa, obtenida a partir del virus de la bronquitis infecciosa aviar, perteneciente al género gammacoronavirus.

Pero hay más patentes de virus. Así, la certificada con el número de publicación EP 2898067 B1 “fue concedida por la Oficina Europea de Patentes el pasado 15 de enero de 2020 y protege al virus MERS-CoV, así como métodos in vitro para el diagnóstico de infecciones causadas por este virus y el uso de dicho virus para el tratamiento o prevención de las mismas”. A su vez, la patente con número de publicación US 7220852 B1, “concedida en Estados Unidos (aunque ya no se encuentra en vigor) protege en realidad la secuencia de ácido nucleico del virus SARS-CoV y fue concedida en el año 2007, cuando la Oficina de Patentes y Marcas de Estados Unidos aún admitía la patentabilidad de genes”.

Irene Vázquez, agente europeo de patentes de ABG, recuerda que “las primeras secuencias genómicas del coronavirus de Wuhan se hicieron públicas el pasado mes de enero. Por lo tanto, en caso de existir una solicitud de patente para el nuevo coronavirus, esta debería haberse presentado antes de la publicación de su secuencia”. O lo que es lo mismo, parece lógico pensar que alguna empresa ya tiene en su poder la patente del covid-19.

La existencia de los coronavirus se conoce desde hace décadas pero cada cierto tiempo aparece alguno nuevo. El síndrome respiratorio agudo grave (SARS) fue documentado por primera vez en noviembre de 2002 en la provincia de Cantón, China. En poco tiempo se propagó a las vecinas Hong Kong y Vietnam y a otros países de la zona, generalmente a través de viajes de personas infectadas. La enfermedad ha tenido una tasa promedio de mortalidad global cercana a un 13 por ciento.

Diez años después, en 2012 (los científicos deberían estudiar ese patrón de ocho o diez años, tiempo en el que parece mutar una nueva cepa) entró en escena el coronavirus del síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS-CoV). El primer aislamiento del hasta entonces desconocido coronavirus, fue realizado en un paciente varón saudí de 60 años que presentaba una neumonía aguda y que posteriormente murió por insuficiencia renal en junio de ese año. Curiosamente, el Informe Anual de Seguridad Nacional 2018 elaborado por el Gobierno de España, en su capítulo Seguridad frente a epidemias y pandemias, ya constató el riesgo que para nuestro país suponía la aparición de un brote de este tipo de coronavirus en el norte de África. Los expertos documentan este mal de la siguiente forma: “Enfermedad respiratoria producida por un coronavirus emergente próximo al SARS. Se siguen notificando casos de forma constante”. Y se constata que en ese año ya había afectado a 27 países y a 2.279 personas (más del 80 por ciento notificados por Arabia Saudí) con 806 fallecidos (un 35 por ciento de mortalidad). Este tipo de coronavirus es muy parecido en síntomas al covid-19: cursa con enfermedad respiratoria aguda grave que provoca fiebre, neumonía, tos y dificultad respiratoria, además de diarrea y afectación renal. Si en el caso del coronavirus de Wuhan el principal sospechoso de haber transmitido la enfermedad es el pangolín, un animal exótico que se da en aquellas latitudes, se sabe que las secreciones nasales de los camellos pueden ser transmisores del síndrome respiratorio de Oriente Medio. En España se detectó el primer caso el 1 de noviembre de 2013, una mujer que había viajado a Arabia Saudí con motivo de la peregrinación islámica Hajj y que contrajo la enfermedad.

Los científicos creen que la investigación actual sobre el SARS podría proporcionar un modelo útil para el desarrollo de tratamientos y vacunas contra el covid-19. Por esa razón, laboratorios de todo el mundo se han lanzado a la búsqueda de la vacuna que podría frenar la pandemia. “El coronavirus de Wuhan es, hasta donde se sabe, una cepa de virus silvestre, es decir, un virus que se encuentra como tal en la naturaleza, y que no ha sido objeto de manipulación genética”, aseguran los expertos de ABG. No obstante, la Oficina Europea de Patentes considera que una materia biológica aislada como es el caso del covid-19 es patentable aunque se encuentre previamente en la naturaleza. Por lo tanto, una cepa viral aislada de su hospedador también será patentable siempre que cumpla con los requisitos legales. Una vez más, la lucha contra una enfermedad grave nos lleva inevitablemente a las pugnas de las grandes empresas farmacéuticas y a intereses comerciales que en principio están muy alejados de la medicina. Y aquí la pregunta es: ¿resulta lícito o ético que una empresa privada, al margen del control de los estados (tal como denunció Margaret Chan) pueda ser propietaria de un coronavirus letal que puede causar una catástrofe de proporciones cósmicas como la que estamos viviendo?

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