África, siglo XIX. Hay quien va a ese continente a llevar la “civilización”, pero también quien procura dejarla atrás. Este es el caso de la viajera Isabelle Eberhardt (1877-1904), un personaje profundamente anticonvencional que se apartó de la norma desde su nacimiento. Su madre, la alemana Nathalie d’Eberhardt, era la esposa de un general ruso, pero dejó a su marido para marcharse con sus hijos junto a su amante, Alexandre Trophimowsky. Filósofo y botánico, este antiguo sacerdote ortodoxo se movía en los círculos revolucionarios y era de Mijaíl Bakunin, el mítico líder anarquista.

Con un padre así, Isabelle no podía menos que tener una educación exigente. Hablaba ruso, alemán, francés, árabe. Poseía conocimientos científicos, antropológicos, literarios. Y, en política, compartía el odio a la opresión de los zares y a las injusticias en general. No en vano, a su casa acudían los más variados conspiradores, exiliados a los que su familia trataba de ayudar.

El paraíso de su infancia, como todos los paraísos, acabó por desintegrarse. Acompañó a su madre a Argelia, donde ella no tardo en morir. Poco después su hermanastro Vladimir se suicidó. No fue la última desgracia: Trophimovsky falleció después de que Isabelle aumentara la dosis de la droga que tomara como paliativo para sus dolores. Tomó esa fatídica decisión junto a otro de sus hermanastros, Augustin, con el que estaba muy unida. Por eso, la ruptura entre ambos resultó particularmente dolorosa. Ella seguía fiel a sus sueños de aventura. Él se sumergió en una vida sin horizontes.

En el norte de África, Isabelle llevó una existencia aventurera. Se convirtió al Islam con la misma pasión que ponía en todo. Porque la suya, según sus propias palabras, era una “sangre ardiente”. Trabajó como espía para la administración francesa, pero se adhirió a la causa árabe. La revista que dirigió, Akhbar, da cuenta de su proximidad a las posiciones nacionalistas. Deploraba profundamente que el universo en el que se hallaba se viera corrompido por la influencia extranjera, una modernidad mezquina.

El mundo del desierto la fascinaba. Allí había encontrado la libertad de no rendir cuentas a nadie, sola, apurando con intensidad cada momento. Su radical individualismo la empujaba a no establecerse en ningún sitio, incapaz por naturaleza de adaptarse a cualquier grupo.

Una mujer que iba sola donde quería, vestida de hombre en ocasiones y con seudónimo masculino, suscitaba sentimientos contradictorios. Isabelle se mezclaba con los indígenas y recibió propuestas para contraer matrimonio con hijos de familias prominentes. El reverso de esta fascinación era el rechazo del sector más conservador de la sociedad árabe, que se tradujo en el atentado que casi acaba con su vida.

Consiguió la estabilidad emocional de la mano del suboficial Slimène Ehnni, al que convirtió en su esposo en 1901. Sus diarios (La Línea del Horizonte, 2018) testimonian el romanticismo desbordante con el que le amaba, pese a su diferente forma de entender el mundo. Slimène poseía ideas tradicionales acerca de las mujeres y el matrimonio, por lo que Isabelle llega temer que pueda sustituirla por otra, más dócil.

Juntos pasaron por la angustia de la falta de dinero, siempre insuficiente. Isabelle descubrió así que la épica de una vida errante tenía la amarga contrapartida de la inseguridad económica, aunque no por eso se echó atrás. Por suerte, su educación espartana acudió entonces en su ayuda. Una cosa sí podía hacer, reducir sus necesidades. Desafiaba las reglas del sistema capitalista, en el que se negaba a insertarse. Lamentó, eso sí, que las ocupaciones de la simple supervivencia le restaran tiempo para dedicarse a las tareas elevadas del espíritu.

Sus proyectos para el futuro pasaban por ganar un nombre como periodista y escritora. Sus relatos y novelas breves, como ha destacado la crítica, están marcados por su originalidad. Justo en ese momento, un destino estúpido truncó sus sueños. Murió sepultada en escombros al derrumbarse su casa por el empuje de una inundación.

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