Teo y Ana se casaron hace cinco años. Tienen dos hijos: uno de cuatro años y otro de tres. El marido trabaja en un supermercado situado al final de la calle del Doctor Fleming, a trescientos metros de la Plaza de Castilla. Desde hace tres años Teo engaña a su esposa con Ada, una mujer separada, con quien comparte trabajo.

Un par de veces entre semana, Teo y Ada aprovechan el permiso de dos horas que a primeras horas de la tarde les toca de acuerdo con las normas de la cadena de tiendas que los emplea. Se van al piso donde ella vive, situado en la calle Mateo Inurria, acera de los números impares, muy cerca de la Plaza de Castilla.

Teo vive con su mujer en un chalet propiedad del padre de Ana situado en la calle de Gibraltar, muy cerca de la calle de Bravo Murillo y de la estación de metro llamada Estrecho. El padre de Ana es un rico terrateniente navarro.

Cierto día Ana se encontró con una desagradable noticia: su tarjeta de crédito no tenía fondos suficientes para pagar su compra. Dejó los chicos al cuidado de su empleada de hogar y se acercó en metro a la plaza de Castilla. Caminó unos trescientos metros hasta el supermercado donde trabajaba su marido. Al llegar, él no estaba. La señora encargada de la tienda le indicó que varios días a la semana disfrutaba de un permiso de dos horas, de las trece a las quince y hoy le tocaba.

¿Qué hace mi marido en esas dos horas?, preguntó Ana.

“No sé”, contestó su interlocutora, quien añadió: “también a esa hora tiene permiso Ada, la encargada de la frutería”.

Al día siguiente, Ana vigilaba, discretamente, la salida de su marido; le siguió a unos cincuenta o setenta metros. Le vio cruzar la calle Mateo Inurria y entrar en el tercer portal de esa calle.

Esa tarde le dijo a su marido lo que le había pasado con su tarjeta de crédito el día anterior. Le dijo: “Fui a verte a tu trabajo y no estabas. ¿A dónde fuiste?”, le preguntó.

“Salí a comprar el Marca y lo leí en los Jardines de San Fernando, cerca del supermercado”, contestó.

Ella no lo contradijo. Fue a ver al abogado de su familia a quien contó lo sucedido. Éste le aconsejó demandar un divorcio contencioso.

Ana, muy joven y muy guapa, siguió su vida apoyada por su familia. Se ha vuelto a casar; vive felizmente.

Teo ha conseguido su propia ruina. Llora su pérdida.

Las mentiras se pagan caras.

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