A pesar del confinamiento universal son tantas las urgencias que hay que pensar entre sobresaltos y reflexionar, si se puede, aprovechando algún recodo de la incertidumbre. Sin embargo es necesario e imprescindible intentarlo, pensar y reflexionar al tiempo que hacemos camino al andar, como dijera el inolvidable Antonio Machado, aunque sea tropezando en la misma piedra, hasta que la piedra vaya disolviéndose gracias al aire de la razón crítica y el agua del sentimiento compartido.

Los obstáculos para sobrevivir que tendrán que sortear con denuedo y energías renovadas las gentes que laboran día a día su propia biografía, alimentan a sus familias y escriben con sudor la historia de sus pueblos serán muchos y de extrema dificultad, más que antes de la pandemia que hoy nos está matando. Salir adelante, no obstante, es la consigna, el proyecto ineludible que nos convoca a la inmensa mayoría. Pero un peligro intangible amenaza el futuro, que la memoria se despeñe y caiga en la zanja del olvido. El olvido es el enemigo sin rostro que a dosis adecuadas puede ser medicina sanadora; a escala social es veneno nocivo que anquilosa la mente, borra las emociones y construye fábulas evanescentes a partir de relatos épicos y falaces de dolor, hambre y sed para consumos espectaculares y ligeros en prime time de aplauso inmediato y zapping inquieto.

Ahora mismo, aquí, en el mundo globalizado, la isla de Hart se ha convertido en la metáfora perfecta de la muerte anónima, la que no deja huella indeleble, la que no tiene nombre y apellidos: más de un millón de muertos pobres habitan su silencio sepulcral desde hace 150 años. ¿En qué lugar está Hart? “Allá, allá a lo lejos.” ¿Dónde exactamente? En cualquier mapa “donde habite el olvido.” Son versos del poeta español Luis Cernuda que ilustran estremecedoramente la legión de fallecidos que no importan nada a nadie. Hart está cerca de Nueva York y todas las semanas entierra a sus indigentes en fosas comunes. Hacen de sepultureros convictos de un penal próximo por cuatro monedas de exigua soldada. En estos momentos, Hart abre sus puertas y sus barrancos mortuorios a diario para la residencia eterna de los fallecidos en la marginación a causa del coronavirus Covid-19. Por miedo al contagio, los prisioneros rehúsaron el oficio de enterrador. Otras personas imperiosamente necesitadas de empleo y sueldo ocupan sus puestos de forma eventual. Anónimos prisioneros y obreros anónimos en precario son trabajadores esenciales en la actualidad, según la jerga en boga. Ambos, una vez pasado el pánico, volverán al olvido, como los cadáveres que yacen apretujados bajo tierra.

De trabajadores esenciales al paro, al desprecio, a mera fuerza de trabajo explotable: mano de obra abundante e indiferenciada. Será el trayecto de retorno tras haber sido loados y cantados en balcones por politicastros, trovadores de instintos básicos y medios de comunicación como héroes casi legendarios. Todos somos instrumentos de esta globalidad abstracta en la que miseria al desnudo y lujurioso derroche habitan idénticos espacios segregados por muros culturales y económicos invisibles, sin lazos de convivencia ni proyectos comunes. Harapos y trajes a medida se buscan en el mercado: unos vocean que quieren comer y otros gritan que tienen poder; suele haber trato, libre lo llaman los idólatras de la ley, cuando la necesidad del querer acucia y si el trato se torna difícil siempre le queda al poder la sugerencia del látigo: así es, así ha sido el contrato natural del capitalismo. Casi todos decimos conocer al dedillo esta historieta -y elaboramos planes espirituales de enmienda a la totalidad-, que luego, instantes después de que las crisis pasen, olvidamos sin saber el porqué. Sería bueno recordar en compañía íntima y amistosa con el poeta uruguayo Mario Benedetti, maestro de transformar lo cotidiano en evento sublime, que “el olvido está ahí no lo olvidemos.”

El olvido vive latente, agazapado siempre en el discurrir social; cuando es patente de su oscuridad puede surgir la luz pero para que ello rompa la telaraña sutil de la tiniebla hay que abrirse al diálogo, a la empatía, a compartir experiencias, a mezclarse con la diferencia y el otro. Esa virtualidad silenciosa puede transmutarse en realidad material y sonora con férrea voluntad de escapar del egoísmo propio, de ser crítico con uno mismo, de escuchar al otro y ser escuchado con respeto mutuo. Lo que permanece en la penumbra no tiene existencia. Lo expresó muy bien el genial escritor irlandés Óscar Wilde, célebre y contradictorio, iconoclasta y católico, indigente en su expirar parisino: “Si nunca se habla de una cosa, es como si no hubiese sucedido.” Olvido implícito, la más abyecta de las omisiones.

El grito aparece aquí como el antídoto más eficaz contra el olvido. No ha lugar a amores platónicos, ni misticismos solipsistas, ni dolores llevados en el recogimiento: somos animales sociales, zoon politikón en la terminología aristotélica, que estamos hechos para el otro como el otro está hecho para nosotros. Esa reciprocidad es innata, natural. Negar el grito de dolor -y cualquier emoción- es censurar nuestra idiosincrasia humana. Negárselo a los demás entra ya en el terreno de la ideología y del interés de clase, de la lucha por sobrevivir, de la explotación intencionada de un ser humano por otro dentro de una estructura determinada donde el mito, la necesidad y el relato mediático crean jerarquías y escaleras de dominio concretas. En el fondo, el acto de gritar viene a ser el eslabón inaugural de la liberación del esclavo a la par que el reconocimiento de que nunca, por muy aislados que nos encontremos, estamos solos. Ese grito iniciático construye tanto el yo como el nosotros: compañeros de fatigas, amantes de un abrazo furtivo, colegas de un felicidad compartida.

La Historia, no confundir con la acumulación arbitraria y mención interesada de próceres aupados al pedestal de la gloria y de gestas seleccionadas por los vencedores de cualquier guerra, nos muestra y demuestra leyendo entre líneas que lo que subyace en el devenir humano desde los tiempos inmemoriales es que “la lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido.” La idea es de Milan Kundera, escritor ateo de origen checo. Lucha, combate, pugna de contrarios, contradicción en definitiva. El poder desea escribir a su antojo el relato histórico, intervenir la memoria a su favor. Lo que queda es una magra relación de acontecimientos superficiales para recitar desde pequeños como una verdad dogmática. Esa memoria oficial está confeccionada a base de olvidos, oquedades de dimensiones variables donde las clases populares pierden el derecho inalienable a su sentido histórico de pertenencia: a un saber hacer propio, a un hábitat cultural.

Dependientes del mito o ideología hegemónica, el ser humano derrotado o la masa pasiva no son nadie, simples peleles al albur del destino marcado por las elites -o el mercado fetiche-, ayer esclavos o siervos o súbditos, hoy pomposos ciudadanos portadores de sufragios a la carta sin participación efectiva ni directa en el manejo de la vida colectiva. Olvidar que todo es lucha es entregarse inerme a la manipulación del sistema. Cuando la memoria se difumina, los olvidos son instrumentos en manos de hábiles publicistas y de aviesos políticos inmorales. En esa difusa intersección entre olvido inconsciente y memoria diferida, que podríamos denominar mente de sedimentos subliminales, los hacedores posmodernos de populismos dirigen los pensamientos hacia acciones automáticas: parece que pienso yo pero la realidad profunda es que la estructura nos piensa para pensar lo que le viene bien al sistema, lo políticamente correcto dicho a lo coloquial.

Comprender la compleja realidad resulta una tarea de gigantes. Los hilos y las relaciones que mueven el mundo esconden innumerables incógnitas. No se trata de una lucha maniqueísta donde las fuerzas en liza se identifican con prístina claridad. Las apariencias engañan: el campo de batalla presenta banderías, grupos e individuos compitiendo entre sí dentro de una algarabía confusa. Tal combate de todos contra todos hace casi imposible señalar con el dedo acusador al compositor de tanto colorismo y tanta sangre y tanto sufrimiento. Todos defendiendo estatus, todos atacando para saciar el hambre y la sed, y cuando llega una crisis todos se lamentan, todos se dan cuenta de su existencialismo en cueros. ¿Y dónde ha volado la riqueza que antes disfrutábamos -desigualmente, con tremendas carencias- en cruenta batalla? Algunos descubren que sus ímprobos esfuerzos y desvelos -la saca vacía del pobre y del trabajador en paro- se han convertido en valores y crédito de aquellos que en este preciso momento llaman al sacrificio de la patria, de la unión del país, de cualquier proclama que incluya todos o nosotros para repartir las culpas de forma alícuota: es el habitual proceder de las elites o crema social another time, another place. Montesquieu, filósofo francés del siglo XVIII, sentenció de manera admirable que “los intereses particulares hacen olvidar fácilmente los públicos.” Mientras sigamos ciegos compitiendo con alevosa violencia por aliviar nuestras particulares penas en disputa despiadada con el otro, el interés común pasará a un segundo plano. El interés privado es el combustible inflamable de los furores del mercado; la cooperación, en cambio, sienta las bases del bien común y los sistemas públicos: sanidad, educación y similares. Sin conciencia de los espacios compartidos, solo resta acogerse al lema depredador sálvese quien pueda. La conciencia alienada se nutre de olvidos, olvidos de voluntad y olvidos inducidos por la propaganda.

Morir es la meta del ser humano; vivir una lucha constante por superar las dificultades y sobrevivir con decencia. Y en ese tránsito existencial y cultural las comunidades se van haciéndo a sí mismas, tomando cuerpo mediante mitos, rituales, avances y retrocesos, a través del arte, merced a la lucha cotidiana contra el ambiente natural y las intrínsecas relaciones de convivencia. Levantar un chamizo para guarecerse de la lluvia lleva horas; construir un hogar requiere mayor sabiduría y la ayuda de algún familiar; elevar a la categoría de pueblo un sentimiento compartido solicita siglos de abnegada colaboración entre muchas gentes dispares. Y cada etapa agrega memoria al movimiento incesante. Si el olvido hace presa en ese proceso el pueblo huye en desbandada, el hogar se echa a perder y el chamizo cae por su propio peso. El subcomandante Marcos, portavoz y comandante militar del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) del estado mexicano de Chiapas, lo sintetiza en un aserto fuera de serie: “Morir no duele, lo que duele es el olvido.” Escueto, incisivo, gráfico pensamiento: el ser humano es comunidad, raíces, cultura cooperativa, vinculaciones sociales en régimen de igualdad. El olvido de todo ello es peor que la muerte. Hermosa reflexión. Morir resulta una vulgaridad insultante pero la memoria de tu familia y tu pueblo pueden liberarte del olvido, yendo tu pasar a ser patrimonio eterno de los tuyos. La memoria hace historia; el olvido la destruye con saña.

Entre tanto olvido al borde de la agonía sería aconsejable o apropiado una parada en la sonrisa para tomar aire y continuar la senda propuesta. Normalmente son pasto favorito del olvido la gente del común, la chusma, la clase que trabaja, los marginados. Pero el olvido es un arma muy eficiente de los poderosos, de los criminales, de los que tiran la piedra y esconden la mano -y ordenan tirar bombas a discreción-, de la elite que se traga las plusvalías a montones; un escudo, en suma, para que las responsabilidades de los convictos pero jamás confesos no se adviertan en exceso. De hecho, pasar desapercibido es mejor que dar la nota: de ahí las sociedades anónimas y los inextricables vericuetos de las participiaciones por acciones de una empresa en otra y así ad infinitum. El éxito se resume en una marca; el fracaso, en el silencio del olvido, en este caso como guarida de forajidos. Sin embargo, está la Historia con mayúsculas, magistrada soberana contra la que no cabe recurso. ¿Seguro? Roberto El Negro Fontanarrosa, humorista gráfico argentino, sustenta una postura más ambigua: “La Historia me juzgará. Pero tengo el mejor de los abogados: el olvido.” Verdad ambivalente, pero verdad al fin y al cabo. Malhechores y olvido son compinches de conveniencia, en la vida y en el más allá. Por esa razón fundamental, contra el olvido, en primera línea del frente, siempre se ve a los de abajo; los millonarios duermen cómodos y saludables en colchones de mala memoria.

El texto contiene un olvido voluntario: no hay citas de mujeres, las grandes olvidadas -pero usadas y abusadas a propósito-, más de la mitad del género humano. Está hecho adrede para que a través de su omisión elocuente invoquemos y reivindiquemos su presencia, al menos expresa y simbólica. Y hemos recurrido al gran antipoeta chileno Nicanor Parra y su trabajo de juventud Es olvido. Los versos iniciales dicen “Juro que no recuerdo ni su nombre,/mas moriré llamándola María (…/…).” Después se extiende en remembranzas y detalles, dónde la conoció, cómo era ella, de sus sentimientos; va construyendo una memoria y la comparte para quien quisiere escucharla, abrochando sus vívidas emociones con esta sencilla intensidad lírica: “La olvidé sin quererlo, lentamente/como todas las cosas en la vida.” Parra olvidó a María pero le dio entidad carnal y un lugar privilegiado en el altar de la memoria. Entrañables versos envueltos en elegante misterio y activados dentro en una sencilla paradoja al que ni siquiera serán acreedores los pobres de solemnidad enterrados en el olvido de la isla de Hart.

Como escribió Ramón de Campoamor, poeta español decimonónico, “murió del todo, pues murió olvidado.” Jamás habrá leyenda más triste para una lápida de muerto anónimo. Hasta acabar con el manido y tradicional descanse en paz suena falso, a repetición hueca, a letanía fuera de contexto. ¡Y hay tantos muertos anónimos que ahora mismo se están despidiendo del mundo alejados del aroma de una caricia, de la brisa de una mirada o del calor de una palabra amiga! Olvido, terrible estación sin vuelta atrás.

Para concluir nos viene a la mente un decir de Juan Mairena, aquel personaje creado por la bonhomía de Antonio Machado. Y ese decir dice así: “Por muchas vueltas que le doy, no encuentro manera de sumar individuos.” Cambiemos individuos por muertos pobres y anónimos: uno es todo, con cada pérdida se nos ha ido un mundo y con cada mundo hemos perdido una memoria irrecuperable.

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