Alerta roja, niñas sin colegio y madre que se va a trabajar al lado del mar, alguna calle inundada pero nada comparado con lo que podía haber sido. Voy escuchando en la radio cómo mas al sur, el agua se ha llevado por delante lo que iba encontrando sin importarle nada.

Mi cabeza viaja hasta la riada en blanco y negro del 14 de octubre de 1957. No soy tan mayor, pero escuché muchas veces cómo mis yayos con mi padre y mi tío, se tuvieron que subir con lo puesto a las alturas con sus vecinos (el señor Joaquín y la señora Ramona, la Juani, la teta Paquita) para mí, casi familia. El agua había entrado en la calle Carles, un fondo de saco donde todos se conocían y no hubo otra opción, con unas mantas y bajo una lluvia torrencial, pasaron la noche encima de sus tejados hasta que con el día, las aguas volvieron a bajar aunque, con el lodazal de mecedoras, ramas, puertas rotas y recuerdos embarrados, tardarían en poder regresar a sus casas.

El 20 de octubre de 1982 el agua, esta vez en color, volvió a ser protagonista en mi tierra, apenas recuerdo la Pantanada de Tous, de no ser por las fotos en las que mi padre vestido con un mono azul y un pelo y una barba negro azabaches ayudaba a devolverle a Alzira el orden.

Y entre recuerdos y curvas entre las huertas, llego a la Malva y todo está en su sitio. Las palmeras despeinadas siguen en pie pero las olas dan miedo sólo de mirarlas, no hace falta ni que pongan la bandera, hoy no hay “pringaos-mira-que-valiente-soy” a la vista, se han quedado en su casita. Y yo, con la agenda llena, me dispongo a una nueva jornada, en la que posiblemente sigan fallando usuarias a pesar de la lista de espera, cosa que agradeceré porque mi ecógrafo murió el primer día y el ordenador y la impresora se solidarizaron con él para darme la bienvenida tras las vacaciones.

Abro la puerta del coche y el mar me regala una sorpresa: el ambiente huele a mejillones y no viene del chiringuito de enfrente que sólo nos envía de vez en cuando el olor a refrito. Es una sensación que no recuerdo antes, difícilmente creíble sin sospechar el consumo de estupefacientes. Puedes saborear el olor por los poros de tu piel ahora apenas descubierta. Y sigo sin ver lo que esperaba, mejillones y clochinas volando que deben estar en una orgía de hermanamiento bajo la manta revuelta de agua y el ambiente está lleno de sus endorfinas. Mira que son raros, porque que te estimule la marejada, no lo había oído nunca. Gallegos que llegaron posiblemente mareados gracias a unas olas de vértigo para encontrarse con sus amigas valencianas. Gaitas y dolçainas deberían probar también a unir sus voces.

En el centro de salud, algún charco en las entradas, el olor a mar es sustituido por el de dolores de huesos y mocos. Ha habido suerte, nos han fallado, podemos salir a almorzar y cambiar los cortacircuitos de mi ordenador y la luz intermitente del paper de mi impresora por sentir de nuevo ese sabor que allá en Laxe hace unos cuantos años, me llenó la boca de mar con unos mejillones que quizás, sean primos de los que vinieron hoy de cortejo a las clochinas de la Malvarrosa.

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Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria. Máster en Fitoterapia, Homeopatía y Medicina China. Máster en Homeopatía (CEDH). Máster en Anticoncepción y Salud Sexual y Reproductiva. Autora de dos libros: “Allioli en la Malvarrosa” y “universo Malva-Free”

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