domingo, 1agosto, 2021
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La dieta de los pobres

Jesús Ausín
Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.
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En la cola del banco de alimentos de la Asociación Vecinal de Carabanchel, no se habla de otra cosa. Los ánimos andan soliviantados. Las palabras son cuchillos afilados que se lanzan hacia un objetivo lejano que, sin embargo, está muy presente. Entre hiyabs y pañuelos, entre carros y bolsas del Mercadona,  todas las conversaciones proclaman el mismo mantra: “los comunistas nos quieren quitar la carne”.

Y eso, a pesar de que la cola en la que se encuentran a la espera de que abra el mostrador, es un banco de alimentos gestionado por los mismos comunistas que les quieren quitar el consumo de carne. Lo que más se repite es que lo han dicho en Antena 3 que es como la biblia de esta nueva religión que vuelve a aborregar a las personas en torno al tantra de la libertá,  consistente en hacerte pensar que la libertad es hacer lo que te dé la gana, aunque en realidad te cercenen todo porque no puedes pagarlo.

Teresa, una de las mujeres que ni lleva hiyab, ni tampoco pañuelo en la cabeza, la única que fuma mientras espera con el resto a que abran la puerta de la asociación, es una pelirroja sesentona, con una pensión de viudedad y a la que, hace dos años, justo antes de la pandemia, le sobrevino el marrón de gestionar el regreso a casa de su hija mayor. A ella, le habían desahuciado y no venía sola. Con ella, se acomodaron en el piso de cincuenta metros cuadrados dónde había pasado la infancia y la pubertad, dos nietos de ocho y diez años y un yerno de cuarenta que repele el trabajo como el agua a una pintura acrílica.

Desde entonces, tiene que ir quincenalmente al banco de alimentos de la asociación de vecinos, dónde carga leche para los niños, arroz, garbanzos, aceite de girasol, harina, galletas y pasta. Este suministro lo compagina con el que mensualmente recoge en Cáritas, en la iglesia del barrio. Los alimentos son del mismo estilo. Hace dos años que la carne que consumen es escasa. Carne picada del Mercadona a 1,50 el kilo. Productos precocinados baratos, como San Jacobos, croquetas o flamenquitos. Hamburguesas congeladas. Pollo congelado y en invierno algún trozo de falda que junto con el hueso de caña y los dos de espinazo, añaden a un cocido rico en fideos, escaso en garbanzos y precario en carne aunque abundante en tocino.

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Sus nietos, ahora que están de vacaciones, están todo el día quejándose de que tienen hambre. Durante el curso, la única comida con fundamento que hacen es la del menú escolar. Y eso a pesar de que también deja mucho que desear. Sin embargo, pueden repetir primero y segundo plato hasta saciarse y si no es suficiente, siempre hay algún compañero melindre, al que echarle una mano con su menú cuando la profesora no vigila. Durante la pandemia venían contentos a casa porque habían comido pizza, hamburguesa y sándwiches de Rodilla. Un lujo que no habían podido permitirse desde que tenían cinco años.

A pesar de todo, comparte la opinión de las otras mujeres (los hombres no aparecen por el banco de alimentos) y la sensación de que, con las palabras del ministro, les están robando algo. Todos los que están allí, están en situación de precariedad económica. Tanta, como para no haber visto un chuletón, ni en el mostrador de las carnicerías que visitan de paso o para comprar salchichas o cuarto kilo de falda de ternera para echar al potaje. Y sin embargo sienten que esas palabras iban dirigidas especialmente a ellas. Porque los ricos, comentan, siempre pueden comparar de todo aunque no lo haya en abundancia.

*****

La dieta de los pobres

En este último capítulo de la temporada, no voy a hacer un alegato a favor de la carne. A pesar de que, como muchos españoles, como demasiada. Aunque también es verdad que, con la edad, se ha ido suavizando la apetencia por los chuletones, los guisos de carne o el cordero asado, producto típico de mis ancestros que nunca he sabido degustar y por cuya ingestión, no soy capaz ni de recorrer diez centímetros.

Es verdad que la carne roja no es buena para una dieta sedentaria. Es verdad que junto con la ingesta de alcohol, el nulo ejercicio y los excesos pueden acabar en una Hepatitis tipo B. También, según datos de Naciones Unidas la ganadería intensiva, esas naves en las que meten doscientas vacas o tres mil cerdos, consumen alrededor de 15.000 litros de agua para producir un kg de carne, mientras que para producir un kg de trigo se necesita un únicamente un 10 %, 1.500 litros. Es muy posible que una dieta vegana podría reducir el consumo de agua hasta en un 36 %.  Sin embargo, el 67,1 % del CO2 que produce el ser humano lo emiten los mayores países exportadores de armamento. Entre ellos España. Las vacas emiten sólo el 5 % de las emisiones de CO2 al planeta. Luego la emisión de dióxido de carbono de la ganadería no es ni siquiera un problema para el cambio climático que ha provocado, por ejemplo, en Canadá temperaturas superiores a los 49 º, jamás registradas desde que se toman datos, y con consecuencias terribles como la muerte de más de 100 seres humanos o que mil millones de animales marinos hayan muerto o que los mejillones se hayan cocido en la orilla del mar.

Pero no todo es positivo en la dieta vegana. El aguacate, conocido entre los más “cool” como el alimento total, provoca la destrucción de paisajes forestales con una diversa vida silvestre para producirlo y que se prenda fuego a muchas otras tierras intencionadamente para permitir una recalificación en favor de la agricultura comercial. La utilización de 9.500 millones diarios de litros de agua para su producción provoca efectos irreparables que fomentan el cambio climático así como otros desastres naturales como pequeños terremotos, 3.527 entre el 5 de enero y el 15 de febrero de 2020.

En resumidas cuentas, que lo que en realidad es preocupante para el cambio climático es el excesivo consumo del primer mundo dónde se tira sin reutilizar hasta un 50 % de lo que consumimos cuando nuestros abuelos apenas tiraban un 10 % y sus abuelos ni siquiera el 3 %. La globalización que permite que España exporte carne de cerdo a la Unión Europea, mientras importa millones de toneladas de carne de cordero de Nueva Zelanda. El mercado global que ha deslocalizado las industrias para llevárselas al tercer mundo dónde usa mano de obra esclava a costa de tener que mover millones de kilos de mercancías en avión, enormes cargueros trasatlánticos o hasta en un tren exclusivo de productos manufacturados que sale de China y llega en dieciséis días a la estación de cargas de Entrevías en Madrid.

Mi reproche al ministro de Consumo, más que nada porque se dice comunista, no es por alertar sobre los peligros de la carne roja para la salud, sino por empezar la casa por el tejado. Las dietas de uno de cada cuatro menores, que se encuentran en pobreza extrema, ricas en hidratos de carbono y grasas saturadas, son mucho más perjudícales para la salud que la ingesta de carne roja. Con la dificultad añadida de que condiciona su salud para toda su vida. Pero claro, aquí el problema no es de consumo sino económico. Es lo que pueden comprar o lo que les dan en los bancos de alimentos a los que tienen sus padres que recurrir para alimentarlos. Con 11 millones de pobres, el 22 % de la población española, que no pueden ni llevar tres comidas al día a la mesa, abogar por el consumo mayoritario de frutas y verduras, que son productos de lujo para muchas familias (un kg de brócoli cuesta 5 euros, cerezas 9, tomates entre dos y seis euros, lechuga 2 euros la pieza, cebolletas 3 euros el manojo, …) , es muy indignante y más viniendo, como digo de un ministro comunista que debería abogar por la igualdad y por la erradicación de la pobreza.

En ciudades como Madrid, el país de la libertá, dónde el legislador puede hacer lo que le sale del escroto, mientras el pueblo pueda pagarlo, porque quiénes tenían que preocuparse del cumplimiento de las leyes están más ocupados investigando niñeras, encarcelando raperos, políticos o activistas, respiramos continuamente niveles superiores a 40 microgramos de NO2. Niveles que provocan la muerte prematura de más de 54.000 personas que viven en España cada año. Eso es mucho más preocupante que el consumo excesivo de carne roja. Claro que como en las dietas de los pobres, aquí la economía manda. En esta sociedad de borregos, todo queda supeditado al enriquecimiento de unos pocos, incluso la vida de las personas. Sobre todo si son pobres.

Pero hay algo que me preocupa sobremanera en toda esta polémica sobre el consumo de carne. Me preocupa que tras varios años en los que, primero se nos contaba como anécdota la ingesta de grillos y saltamontes en lugares exóticos de México, para acabar advirtiéndonos que debemos estar preparados para que las proteínas ingeridas en un futuro cercano sean de insectos, en realidad lo que estén es preparando al rebaño para un futuro hasta ahora distópico, pero que da pasos de gigante para ser real, en el que, como consecuencia de la falta de agua potable y por tanto, de carne de animales que consumen gran cantidad de este líquido, tanto el consumo de carne como el de agua, sea elitista y al alcance de unos pocos. Y si esto es así, que el ministro que ya fue utilizado como bobo de Coria en la prohibición de las casas de apuestas y en la extinción de la publicidad de las mismas, haya sido, nuevamente, el tonto de turno elegido por el fraude socialista que dirige el gobierno para limitar los efectos de una crisis de gobierno que nos ha dejado, de nuevo, un giro a la derecha de consecuencias aún inimaginables.

Porque el Régimen del 78 nunca da puntada sin hilo. Y alguien, vamos los de siempre, tendremos que pagar para que ese 1 % pueda seguir aumentando su riqueza hasta el 100 % (ahora acumulan el 87 %). Los avaros siempre son insaciables.

Feliz verano.

Salud, feminismo, república y más escuelas públicas y laicas.

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