El hombre occidental moderno ya no sabe lo que desea, ya no puede distinguir con certidumbre mejor de peor, ya no cree que pueda conocer cuál es el orden social justo, el bueno o el mejor. Y dado que nuestra civilización se asienta en un horizonte cultural donde la razón es fuerza activa, la puesta en crisis de la razón implica la puesta en crisis de la civilización.

En ese sentido, aparece como el programa político más pertinente el que prioriza la estrategia de resistencia a la idea de progreso. Con lo cual, estamos empujados a escribir lo contrario de lo que pensamos, con el fin de simular lo que decimos, asumiendo de forma natural la defensa de la hipocresía para indicar el trato respetuoso con los demás por razones cívicas. Porque una sociedad democrática no se puede permitir la patraña de la autenticidad, de la sinceridad o de la pureza.

En una sociedad democrática hay valores superiores a la verdad, como puede ser el caso de la convivencia. La democracia se construye mediante pactos y la honestidad usada como arma arrojadiza, «la honestidad que humilla», arruinaría la civilidad democrática en sociedades pluralistas.

Toda persona convencional es, a priori, sospechosa de hipocresía. Y no digamos nada de la vida sexual. Si alguien es monógamo, por ejemplo, siempre habrá quien crea que lo es por hipocresía.

Además vemos que la democracia se basa en el consentimiento y en la ritualidad, que no pueden existir sin un grado más o menos alto de hipocresía. La falsa modestia y la acusación de hipocresía hacia los rivales son una necesidad de supervivencia para el político. Algo de disimulo, simplemente mejora las relaciones sociales. Un exceso de pureza política (un sentimiento al que muchas veces se aferran los fracasados en política, dicho sea de paso) tiene incluso algo de patético.

No todos los vicios resultan disfuncionales para la vida en común. La hipocresía puede desempeñar un cierto papel a la hora de contener los excesos expresivos en el debate público o articular una saludable fiscalización de la política, especialmente cuando esta se presenta a sí misma como ejemplarmente virtuosa. Como sucede con los venenos y las medicinas, la cuestión estriba en la dosis y en la combinación acertada de los elementos en juego.

Es una obviedad que la democracia genera decepciones y un sentido de ser continuamente engañados.Los románticos y los igualitaristas tienden a detestar la hipocresía, los demócratas –en cambio– la asumen como un componente inevitable del sistema y de la naturaleza humana porque no creen en el máximo bien sino en el menor mal. Una sociedad de franqueza pura y dura sería una sociedad de una crueldad aterradora donde sería imposible vivir.

En todo caso, hay un tipo de hipocresía humillante (que se denomina «esnobismo») que usa la crueldad y que no puede ser aceptada. Pero si se considera hipocresía el hecho de usar el lenguaje con mesura y temer lo bastante al otro como para no dejar escapar cualquier cosa por supuesta “sinceridad”, entonces bienvenida sea la hipocresía si fortalece la convivencia.

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